Silvia Álvarez Curbelo

Tribuna Invitada

Por Silvia Álvarez Curbelo
💬 0

Fernando Picó o la vida de curiosidad sin pausa

¿Qué pensar, qué decir, cuando te avisan que Fernando Picó ha muerto?  A las mermas del País y de la Universidad que fue su casa de trabajo y también morada de vida, se suma su partida.

Él diría: Es la vida…Así nos calmaba cuando sus siempre discípulos pensábamos que el mundo se venía abajo; cuando- sin hacer caso de admoniciones médicas o consejos de amigos y colegas- seguía en ese afán sin límites que era su vida propia, un magisterio de doble vía y de curiosidad sin pausa.

Sus aulas – donde enseñaba y aprendía- fueron muchas.  Caimito, barrio de entrecruces entre campo y ciudad, entre lo tradicional y lo moderno, entre la picaresca y la violencia; las cárceles, donde impartía clases y llevaba a profesores y artistas para que se curtieran más allá de los claustros protegidos; la Universidad de Puerto Rico de muchas generaciones a las que guió entre columnas griegas, caminos romanos, abadías medievales y las múltiples y enredadas capas de la Isla en la que le tocó nacer y morir.

Otras aulas igualmente entrañables para él fueron las fondas y librerías de Río Piedras.  Ay, de quien se atreviera a mancillar a su maloliente y desordenado Río Piedras. Su gusto por la comida criolla de empanadas y tostones era legendario para gozo de las cocineras de El Nilo, El Guatajaca y tantos otros comedores que lo esperaban para almorzar. Su parada habitual en La Tertulia o La Mágica, terminaba con un inevitable cargamento para sus muchachos confinados.

Lo que tenía de espíritu monacal se desplegaba con un fervor extraordinario, que no admitía reposo ni interrupciones, en el Archivo General de Puerto Rico y en la Colección Puertorriqueña. Los archiveros, bibliotecarios, los investigadores viejos y noveles terminaban por pensar que no había misterio más atrayente o aventura más seductora que las que se iniciaban con el primer folio de un expediente perdido y vuelto a encontrar por Fernando Picó.

Su Historia General de Puerto Rico es un ejercicio de síntesis que organizó nuevas miradas y distinguió a personajes, grupos y cotidianidades que apenas habían figurado en las crónicas históricas del País.  Con Amargo café y Libertad y Servidumbre trazó geografías de dolor y redención de los de abajo. Hasta libros infantiles escribió con una peineta colorada de imaginación y los dibujos mágicos de María Antonia Ordónez.

Y entonces, también, estaba su sacerdocio.  De poca pompa, de entendimientos profundos de lo sacro y desmemorias más o menos simpáticas de la liturgia.  Así era él.  Y así, diría él ahora mismo, es la vida. 

💬Ver 0 comentarios