Fernando Martín

Tribuna Invitada

Por Fernando Martín
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Fidel de América

Aún a los que somos ya viejos se nos hace difícil recordar una América Latina que no tuviera la impronta de Fidel Castro y la Revolución Cubana.  Pocas veces puede decirse con tanta corrección que todo un ciclo histórico esté tan profundamente marcado por la inteligencia, la valentía, la perseverancia y la audacia de una sola persona como es el caso de la América Latina y el Caribe y del autor del ataque al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.

Al derrocar a Batista a Fidel Castro se le abrieron dos caminos.  Pudo haber escogido la ruta del reformismo con el apoyo de las clases dominantes y el respaldo incondicional de Estados Unidos.  Los gobiernos de la región lo hubieran recibido con brazos abiertos, y hubiera tenido ante sí un comodísimo futuro personal y político de éxitos ininterrumpidos sin otra preocupación que la de administrar con docilidad los intereses de los Estados Unidos y de las clases propietarias en aquella isla superdotada por la naturaleza y tan tentadoramente cerca de la Florida.

El camino alterno era uno mucho más atrevido, colmado  de peligros, e infinitamente más difícil. Era el de hacer una revolución social verdadera, creando una sociedad igualitaria que hiciera de la palabra democracia no una mera consigna sino una realidad social.  Pero no se trataría tan sólo de lograr la creación del socialismo en Cuba sino de ser promotores y aliados de esos objetivos revolucionarios en toda América Latina y en el resto del Tercer Mundo.

La ruta revolucionaria supondría la confrontación con Estados Unidos y convertirse en el blanco de la ira y la agresión de Estados Unidos.  Cuando digo agresión contra Cuba estoy hablando de invasiones y ataques militares, y cuando digo ira contra Fidel me refiero a múltiples intentos documentados de asesinarlo.  Más de cincuenta años ha durado el asfixiante bloqueo económico.

Esa lucha titánica por preservar la soberanía de Cuba frente a Estados Unidos se convirtió en la lucha por el derecho a la soberanía de América Latina y el Caribe y su derecho a la libre determinación e independencia tantas veces violentado por Estados Unidos.

Hasta África llegó el brazo solidario de la Revolución donde las tropas internacionalistas cubanas en Angola fueron decisivas en descolonizar a Namibia y romperle el espinazo al régimen del apartheid en África del Sur.  En la América Latina no hubo país donde los luchadores por la dignidad y la justicia social no recibieran de Cuba apoyo, solidaridad e inspiración.

Tuve la suerte de conocer a Fidel y estar con él en varias ocasiones cuando acompañé a Rubén Berríos a La Habana;  en dos de ellas pudimos conversar los tres por muchas horas en las que nunca cesó de sorprenderme su conocimiento preciso sobre Puerto Rico y la intensidad de su compromiso con la causa de nuestra independencia.  A la herencia martiana Fidel añadía su profundo acervo geopolítico en el cual enmarcaba su visión estratégica sobre nuestra lucha. Nunca dudó de la inevitabilidad de nuestro triunfo.  Cuando una vez le agradecí el apoyo de la Revolución a nuestra independencia me reprochó diciendo que “era Cuba quien estaba en deuda con Puerto Rico pues mientras cientos de puertorriqueños habían luchado en la manigua en la guerra de independencia ni un solo cubano había muerto por la independencia de Puerto Rico”.

Fidel nos dejó a todos un legado que no tiene precio.  La posibilidad de una América Latina y el Caribe unida en libertad y justicia haciéndole contrapeso a unos Estados Unidos imperialistas está a nuestro alcance si se cultivan las virtudes de constancia, dedicación y coraje que hicieron posible los logros de la Revolución Cubana y que encarnó el liderato inmortal de Fidel Castro.  Ahí estará Puerto Rico.

 

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