Lyanne Ortiz Roman

Tribuna Invitada

Por Lyanne Ortiz Roman
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Indignación en la corte

Observar los procedimientos en los tribunales supone vivir un mar de emociones.  Allí se pueden apreciar los contrastes en la forma de ejercer el criterio discrecional de los distintos jueces y la manera de llevar un caso por distintos abogados. Hay controversias de hecho y de derecho similares, pero distintas de ejecutar en el litigio. Esa es precisamente una de las maravillas del derecho, que permite escoger nuestras posiciones, la manera de interpretarlas, pero sin que se nos olvide, actuar de forma adecuada, por la ética profesional en el ejercicio de la abogacía. 

Las salas, los pasillos y también a las afueras de las cortes los alumnos de derecho aprenden lecciones que no surgen en la academia. Pero también es la escuelita de funcionarios del Gobierno, así como del ciudadano que se sienta en las butacas a observar los procesos y otras dinámicas.

Los otros días, una conocida me contaba una decepción que vivió observando un procedimiento en el Tribunal de Ponce. Ella desconoce del todo los procesos de derecho, pero me decía que presenció un momento desagradable.  Entró a la sala un poco desorientada, pues desconocía la materia objeto de discusión. Me contaba que había un médico, tres funcionarios del Departamento de Corrección, los funcionarios del tribunal, y en una pantalla (mediante transmisión de circuito cerrado) un reo en vivo desde la institución carcelaria, quien asumía su propia representación legal.

Ella, alterada e inundada por la confusión, me confirmaba su decepción ante los procesos. Pues esa tarde, según narró, había visto como un reo, a los cuales la sociedad muchas veces llama criminales, desde su propio juicio, se había expresado sobre algo que no todos se atreven a decir. Habló sobre su situación, reveló que tiene cáncer, que había sido atendido con quimioterapia y pedía a gritos que se le continuarán dando sus medicamentos, ya que en prisión se las negaban. Explicó que el reo, en su defensa relató el dolor que sufre y reclamó al menos un tratamiento provisional.

Ella me relataba que arrebataban suspiros sus alegaciones, y que fueron varias veces las que con voz alterada insistía "el que está pasando el dolor soy yo". Contó que antes de terminar su intervención, hizo denuncia sobre el calvario que vive encerrado y opinó que lo tienen castigado por haber comenzado un proceso judicial. Para el record dijo que lo castigan, al no permitirle bañarse y que lo dejan pasar hambre. También explicó cómo se baña con el agua de inodoro. Además, denunció que sus cartas, dirigidas al Tribunal, no llegan, por considerar que se las rompen.

Mientras me contaba sus tediosos minutos en una sala judicial, es inevitable pensar que ciertamente en ocasiones está en juego la dignidad del ser humano. Que sea reo o no, le cobijan unos derechos constitucionales. Pensé en cómo podía alentarla y hacerle cambiar la opinión negativa sobre el sistema, pero la confusión también me arropaba.

Cuando estoy a punto de responderle, me dice también que su disgusto no es solo con el Departamento de Corrección y con funcionarios sin escrúpulos si no también con algo que presenció luego de terminado el procedimiento, habiéndose apagado ya las grabaciones en sala.

Al respecto cito textual sus palabras: "Que carnicería, vendieron al reo. La jueza y los del Departamento de Corrección, luego de que apagaron el récord, comentaban y se burlaban de lo que había expresado el reo sobre el agua de inodoro, sobre que era un mentiroso, y decían que si no hubiera delinquido, tendría las pastillas para su cáncer". 

Me aseguró que durante las grabaciones los funcionarios del Tribunal y de la agencia estatal, actuaron muy formales, pero al apagarse la grabadora, pronto cerraron el telón y comenzó la “carnicería de incompetentes”.

En medio del relato de su gran decepción, que también es mía, se detuvo y me preguntó, ¿Esa es la profesión que quieres ejercer? Ciertamente son duras interrogantes, de esas que te calan en lo más profundo.

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