Fernando Martín

Tribuna Invitada

Por Fernando Martín
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La Cumbre en contexto

Lo que pasó en la Séptima Cumbre de las Américas en Panamá no tiene precedente en la relación entre América Latina y el Caribe y Estados Unidos, ni con relación al caso de Puerto Rico. Ambos desarrollos están -como es de suponerse- interrelacionados; y ambos son, también, un augurio de aquella “restauración del balance del universo” que animaba el proyecto independentista de Simón Bolívar, que incluía, como sabemos, Puerto Rico.

El gran drama histórico de la relación de Estados Unidos con América Latina y el Caribe ha sido la incesante y más que centenaria lucha entre el afán de dominio por parte del norte sobre lo que siempre concibió como su zona de influencia exclusiva o “patio trasero”, y el correspondiente afán por parte de los países del sur de afirmar su derecho a la autodeterminación y soberanía propia, libre de intervención extranjera.

El caso de Puerto Rico ha sido un ejemplo extremo y emblemático de este enfrentamiento puesto que la forma que tomó la voluntad de dominio de Estados Unidos sobre este pedazo de América Latina y el Caribe fue -y sigue siendo- el ya universalmente despreciado y condenado modelo de subordinación colonial.

En la Cumbre de Panamá floreció plenamente la semilla que venía germinando desde las cumbres en Puerto España, Mar del Plata y Cartagena, al lograrse finalmente la participación de Cuba en este cónclave del cual había sido excluido por “fiat” de Estados Unidos.

El ultimátum del sur de que habría cumbre con Cuba o no habría cumbre, constituye una señal de los nuevos tiempos, particularmente cuando la respuesta de Estados Unidos fue anunciar la rectificación de su política histórica que pretendía estrangular la Revolución Cubana. Estamos ante un cambio de fondo en la correlación de fuerzas entre los dos hemisferios.

Se trató de un enorme triunfo para la causa de la autodeterminación de nuestros pueblos y de una derrota aplastante a las políticas injerencistas estadounidenses. El segundo triunfo contra el intervencionismo fue el frente unido -virtualmente unánime- que presentó América Latina y el Caribe en repudio a las amenazas injerencistas de Estados Unidos contra Venezuela, independientemente de las diferencias que algunos gobiernos pudieran tener con el presidente Nicolás Maduro.

No debe ser sorpresa, por lo tanto, que el tema de Puerto Rico y de su derecho a la libre determinación e independencia surgiera como nunca antes en este encuentro interamericano, tanto en las intervenciones públicas como en las conversaciones privadas de la Cumbre.

Ya sabemos que la prensa (vinculada en este caso a las posiciones estadounidenses) ha señalado que fue la discrepancia entre Estados Unidos y la mayoría de los países latinoamericanos con respecto al tema de Venezuela y sobre el planteamiento de que el independentismo puertorriqueño debería estar permanentemente representado en estas cumbres lo que impidió la resolución política consensuada. ¡Quién lo hubiera dicho!

Si más hubiera faltado para constituir una metáfora perfecta del cambio de época ahí está la foto de Rubén Berríos hablando con el presidente Barack Obama en la cena formal de los jefes de estado reclamándole que Estados Unidos descargue sus responsabilidades descolonizadoras. Nicaragua, honrando a Sandino, había traído a ese líder histórico del independentismo puertorriqueño a la mesa de la cual el colonialismo nos ha excluido.

Los que creemos en poder lograr ejercer plenamente pronto nuestro derecho a la libre determinación e independencia tenemos que estar satisfechos y optimistas con los nuevos desarrollos que marcan un antes y un después en las relaciones de América Latina y el Caribe con Estados Unidos. En la medida en que se fortalezca la causa de la no intervención y del respeto a la soberanía de los pueblos, en esa medida se fortalece y se hace posible nuestro reclamo descolonizador.

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