Eduardo Lalo

Isla en su Tinta

Por Eduardo Lalo
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La década estéril

Es mucho lo que puede ocurrir en una década, sobre todo en una como la que se ha iniciado, que será determinada sustancialmente por las acciones de la Junta.

Hace poco más de 10 años comenzó la gran crisis económica. Este dato desorienta, porque solamente a partir de esta fecha las grandes contradicciones de nuestra economía y situación política resultaron irremediablemente visibles. Sin embargo, un estado colonial, con una población dependiente y pobre, con castas políticas y empresariales subsidiadas por el gobierno y propensas a la corrupción, nunca fue terreno fértil para el desarrollo económico. En realidad, era un sistema sin futuro, pero entonces, muchos se empecinaron en creer que la relación asimétrica con Estados Unidos fungía como una suerte de seguro de vida. El diseño de programas escolares, de asistencia social, de transportación y de tantas otras cosas se hacía casi exclusivamente a partir de la posibilidad de que se allegaran fondos federales. Ya hace 10 años el país carecía de porvenir, porque apenas se contemplaba algo a largo plazo desde nuestras circunstancias reales. Si hubieran existido programas ideados en Washington para incentivar la construcción de túneles submarinos o desarrollar viajes a Marte, nuestros gobiernos habrían aprovechado de ellos, independientemente de si eran cónsonos con sus metas objetivas, ignorando la degradación y subdesarrollo que sufrían sus sistemas escolares, de salud o de energía. Se pensaba para este semestre o, a lo sumo, para el cuatrienio en curso. Si se podían otorgar contratos con cifras infladas a los amigos y fomentar la dependencia económica de los votantes con los fondos federales ofrecidos para una campaña contra el SIDA, la drogadicción o adelantar el uso de trineos de nieve, esto justificaba la acción del gobierno.

El arrebato de corrupción y dependencia, la economía artificial que confundimos con progreso, el “pacto” salutífero con el gigante del norte, las vanas ilusiones de una colonialidad exuberante y listilla, fueron despotenciándose entre 2006 y el presente. En ese periodo engrosaron el exilio puertorriqueño casi medio millón de personas, cerraron millares de negocios, se entregaron al banco decenas de miles de casas y otras propiedades. La salvación venida del norte que era la fe de populares y penepés, de empresarios, profesionales y de la masa receptora de ayudas sociales, nunca se dio y, en su lugar, para pasmo de multitudes, el Congreso estadounidense impuso la Junta por al menos 10 años.

En 2006 pocos hubieran podido imaginar nuestra situación de hoy. Quiero emprender ahora el ejercicio que no se hizo entonces.

Un número enorme de los que en este momento leen esta columna, no vivirá en Puerto Rico en 2017, cuando la Junta llegue al final de un mandato que puede renovarse y extenderse. Esos cientos de miles de ciudadanos pugnarán entonces por abrirse camino en Estados Unidos y otros países en los que vivirán como exiliados o emigrantes económicos. Sus familias y amistades quedarán divididas, sus vidas se habrán partido en dos. Puerto Rico se habrá despoblado y no llegará a tres millones de habitantes. Las ruinas y los edificios abandonados que hoy son legión, se habrán multiplicado hasta convertirse en paisaje. A nadie le sorprenderá ver los centros comerciales sin puertas, ocupados por palomas, jaurías y gente sin casa. En la isla habrán desaparecido dos tercios de los municipios, hospitales, gasolineras, concesionarios de automóviles, recintos de la Universidad, escuelas, restaurantes y tiendas. En ningún sitio se podrá estudiar arte o música. Apenas existirán emisoras de radio que no hayan sido compradas por cadenas extranjeras. Prácticamente todos trabajaremos por contrato y dispondremos de jornadas y beneficios reducidos. Un número de playas y bosques habrán sido puestos en manos privadas. Circular por una autopista será un hecho excepcional y se hará en grupo para poder costear los peajes. Casi nadie pegará manguera ni dejará encendida una luz. Estaremos más enfermos y seremos más ignorantes. Estaremos más aislados y despreciaremos al país que nunca pudo forjar su rumbo.

Mientras tanto, los herederos del bipartidismo se habrán adaptado a la degradación de las circunstancias, ofreciendo al electorado la añoranza de la arcadia anterior a la catástrofe. Para esa época, el ELA y la estadidad habrán sido descartados de los programas de los partidos por inanición, y se barajearán otras fórmulas de unión permanente con Estados Unidos, que serán nuevos juegos de palabras, manipulaciones y vanas esperanzas. Habrá quien proponga que la Junta pase a ser un cuerpo constituido por puertorriqueños. Se cabildeará y negociará en Washington por el gobierno ajeno administrado por políticos y empresarios propios. Es posible que Washington ceda a los reclamos que se harán entonces y los nietos del bipartidismo puertorriqueño llegarán a tener el poder de decidir el monto y el orden de los pagos de la deuda y podrán escoger, dada la limitación de recursos, a quién se opera de apendicitis o de corazón abierto.

Será la nueva aurora del país. Un grupo de hombres y mujeres excepcionales habrá creado una fórmula política única en la historia de la humanidad, sellando un acuerdo imperecedero con los bonistas, acreedores y el Congreso. Por fin el pueblo puertorriqueño podrá ver cómo sus conciudadanos son seleccionados para que los gobiernen a partir de las necesidades y gustos de otros. La colonia más antigua de la tierra se habrá transformado en la nueva súper colonia de la tierra.

Vendrán otras décadas y en 2040 o 2050 descubriremos que vivimos una mentira, que la economía del país no se ha desarrollado, que la deuda ha resultado impagable, que pernoctan más turistas en los hoteles que puertorriqueños en sus casas. Entonces los biznietos del bipartidismo tendrán que volver a Washington a cabildear.

Quizá nos demos cuenta algún día que el problema estuvo siempre a la vista. Se cifra en los que han ganado durante décadas una elección tras otra y en el trato indiferente y oportunista que recibimos de Estados Unidos. El recién formado Frente por Puerto Rico será la Retaguardia por Puerto Rico lo mismo en 2017 que en 2027. Incapaces de identificar y afrontar los problemas del país y de tomar una sola acción que no esté maniatada, los miembros de este organismo fantasmal se empecinan en acompañarnos en nuestro descenso a la miseria. Su única ambición es llegar a ser miembros de la Junta. Nos adentramos en un tiempo familiar, circular y abominable: en otra década estéril.

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