Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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La memoria en el balcón

Hace unos días, un tremendo alboroto en la calle Borinqueña provocó la tanda más prolongada de ladridos jamás oída en Santa Rita. Por la intensidad de la reacción canina, supe que no podía tratarse del paso de un perro intruso o de una mera bronca de gatos celosos. Tampoco me sonó a un aviso de asalto de esquina.

Como hacía rato que no se producía un revolú de envergadura en el barrio riopedrense donde he residido por cuarenta años, me precipité hacia el balcón sin pensarlo dos veces. Con razón no se callaban los perros. Desde mi palco preferencial, se descubría una escena parapelos. Allí, casi a mis pies, estaba un nutrido contingente de la fuerza de choque en tenso careo con grupos de estudiantes que coreaban a todo volumen: “¡Fuera, fuera, fuera policía!”.

En aquel momento, yo desconocía la causa del enfrentamiento: la inoportuna visita del presidente del Senado a la Fundación de la exgobernadora Sila Calderón en la vecina calle González. Concertada en medio de una huelga universitaria, la insólita cita había sido interpretada como un desafío. Para agravar el asunto, tal parece que el senador Rivera Schatz había ignorado las solicitudes de diálogo gestionadas por los líderes estudiantiles.

Mientras fotógrafos de prensa y civiles con celulares retrataban el cuadro de todos los ángulos imaginables, una sucesión de instantáneas mentales me allanó el cerebro. Por la vía del recuerdo, me llegó el retumbar de las consignas contra el ROTC y la Guerra de Vietnam a principios de la década del setenta. Entre una bruma de gases lacrimógenos, divisé la carita de Antonia Martínez asomada a la baranda de su mirador. La escuché gritarles “asesinos” a los agentes que repartían macanazos en la avenida Ponce de León. Y el zumbido de la bala que a los veintiún años le arrancó la vida me rozó la sien.

El asesinato de Antonia no ha corrido la suerte de tantos otros que el olvido ha ido destiñendo. Antonio Cabán Vale inmortalizó su nombre en una bellísima canción que, como “Verde luz”, ofrece una emotiva síntesis poética de nuestro drama colonial. Parada en mi balcón, observando aquel nuevo episodio de una historia antigua, no en balde me acordé de Antonia. Y sentí miedo por los estudiantes.

La Borinqueña seguía repleta de gente y de ruido. Enfoqué la mirada en el callejón del cine Paradise. Era la ruta de escape más probable si a los guardias les daba con embestir. Y ahí, otra vez, me salió al paso una imagen perturbadora del pasado: los clientes de una cafetería tipo comivete tratando de esquivar los golpes que descargaban sobre sus espaldas unos salvajes con uniforme.

La represión estatal ha sido, por desgracia, una constante en la accidentada crónica de las luchas estudiantiles puertorriqueñas. Manipulada por gobiernos criollos con el visto bueno (o la vista larga) de los federales, la policía ha provisto la mano de obra para la persecución y el escarmiento eficaces de la disidencia. Confidentes y encubiertos se han prestado para infiltrar organizaciones, carpetear militantes, fabricar casos y, lo que es aún peor, entrampar a jóvenes rebeldes llevándolos —como en el Cerro Maravilla— a ser ejecutados por un pelotón de fusilamiento.

Por eso, pese a las acusaciones de alarmismo y paranoia que recaen sobre quienes se atreven a dar la voz de alerta, no puede descartarse de entrada la eventualidad de una posible intervención de infiltrados en actos destructivos como los cometidos después de la marcha del primero de mayo. Más de medio siglo de manejos siniestros para criminalizar y estigmatizar a los movimientos de protesta explican, por no decir que justifican, la sospecha generalizada.

Está por verse si los recientes arrestos de estudiantes aguantarán el peso del escrutinio judicial. O si, por el contrario, los casos se desmoronarán por falta de evidencia convincente. De todos modos, con o sin la participación de agitadores profesionales, resulta dolorosa la perspectiva de ver encarcelados por quién sabe cuánto tiempo a muchachos impacientes e impulsivos que quisieron responder a la injusticia con la violencia.

La juventud es, por naturaleza, la avanzada del cambio. Se entrega a fondo cuando toma partido solidario en el eterno conflicto humano entre los vulnerables y los intocables. Con el empuje de su energía y la frescura de su mirada, los universitarios han logrado convertir abstracciones como el Plan Fiscal y la auditoría de la deuda en denuncias y reivindicaciones concretas. Inmersos en un presente angustioso, con el rostro vuelto hacia la incertidumbre del futuro, nos han despertado a empujones del letargo de la comodidad.

Aquella noche del corricorre callejero, volví al balcón. La Borinqueña estaba ahora silenciosa y vacía. Una brisita fresca alzaba las hojas de los árboles. Llovizna asegurada. O quizás sólo era la patrulla entrañable de los fantasmas, velando desde Santa Rita por todos nosotros.

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