Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
💬 0

María y la subluxación vertebral

La doctora Patricia Zayas me dio los resultados de mi evaluación. Los huesos de mi columna vertebral estaban desalineados, torcidos, hechos un nudo. Un espasmo localizado en la espalda baja me hacía la vida imposible. Esta subluxación vertebral, que es el nombre técnico que se le da a este desajuste de huesos y vértebras, requería atención médica inmediata. Un tratamiento prolongado a razón de varias visitas semanales, nada menos que en Plaza Las Américas.

Pensé en los tapones “marianos” a toda hora, y en la odisea de conseguir un parking en la catedral del consumismo boricua. Después de meditarlo un poquito, acepté la sensata propuesta de Patricia.

El descuadre severo de mi esqueleto comenzó con los preparativos acelerados para el súper huracán Irma. Colocar las tormenteras de mi casa a buena cantidad de persianas, me exigió fuerzas y contorsiones a las que mi veterano cuerpo ya no está acostumbrado.

A las dos semanas de este desarreglo volví al corre-corre de las tormenteras, esta vez, para proteger a un número mayor de persianas porque, como todos saben, María venía con muy malas intenciones.

La puerta de la entrada principal, de dos hojas, quedó abierta de par en par con los primeros vientos mañaneros del huracán. Con la ayuda de mi hijo Gabriel estuve largas horas forcejeando para que mi puerta no se fuera volando o se hiciera añicos. La trabamos con un alambre milagroso que consiguió mi esposa. Así logramos salvarla.

Cuando el matrimonio tiene una garata en una comedia romántica de cine o de televisión, el marido termina durmiendo en el sofá, y al otro día amanece con el cuerpo estropeado. Algo parecido me pasó a mí. Como las persianas de los cuartos seguían cubiertas con tormenteras, me fui a dormir al sofá de la sala, cuyos ventanales se habían librado de las láminas protectoras. Los pies me colgaban, así que tuve que encogerme para caber en el mueble. Por la mañana me enfrentaba al doloroso estiramiento de ese esqueleto comprimido por horas.

Luego comencé a ir casi todos los días a la casa de un amigo a buscar agua. Era de las pocas personas en este país que para entonces contaba con el “preciado líquido”. Yo cargaba cubos y candungos que comenzaron a hacer estragos en mi pobre espina dorsal. A eso sumamos los pesados bidones de gasolina que un día sí y el otro también, tenía que levantar para meter en el baúl del carro. También los levantaba (y los sostenía sin aflojar la tensión) para alimentar la sedienta planta eléctrica.

En cada visita que hago a la oficina del quiropráctico en Plaza Las Américas, veo las caras de las multitudes que abarrotan los pasillos del emblemático centro comercial. Plaza es el último reducto de un mundo falso que se ha venido desmoronando desde hace más de una década. El huracán María ha sido el zarpazo final de este proceso de aniquilación. Un zarpazo que podría ser definitivo y postrero.

Un golpe brutal que pulverizó el mundo chulo que conocíamos, el mundomoderno dominado por la tecnología que nos hacía creer que éramos clase aparte. María nos dejó en la prángana, en el aire y, sin transición, nos devolvió al subdesarrollo que tanto despreciamos, al Puerto Rico atrasado y pobretón de los años cuarenta y cincuenta que vemos en las fotografías tomadas por Jack Delano, donde aparecen las caras macilentas de jíbaros plagados de parásitos y caries. Ya no somos la “Perla del Caribe”. Somos lo que siempre hemos sido, “Caribe” a secas. Como Cuba, República Dominicana, Haití, Jamaica...

El huracán María desarticuló el esqueleto de nuestra patria. Lo zarandeó. Lo trituró sin piedad. Asimismo, María dislocó los huesos que forman nuestra espina dorsal. La desintegró. Tras la destrucción, sobrevino el caos y la desolación.

Es la desolación que se revela en los rostros que invaden a Plaza Las Américas, o en los rostros que forman filas en las farmacias, los supermercados, las gasolineras, los bancos, las hieleras, las panaderías, los restaurantes. Y mejor no hablar de los rostros que se consumen en los tapones kilométricos de nuestras carreteras rotas.

Ante este desamparo desconocido y espantoso pocas opciones nos quedan. O echamos mano de nuestras reservas y comenzamos a trabajar juntos para recoger los escombros y llevar aliento a los más necesitados, o nos refugiamos en nuestros paraísos de embuste, o nos largamos del país. Esta temible opción parece aventajar a las primeras dos. Y es que miles de boricuas, acorralados por las circunstancias adversas que todos conocemos, han decidido abandonar la isla. No debemos juzgarlos.

Se estima que cerca de quinientos mil puertorriqueños se irán de Borinquen antes del año 2020. En su mayoría, son boricuas en edades productivas. Puerto Rico se queda sin futuro si los jóvenes desaparecen.

No acepto la muerte de esta nación. Rechazo la idea de que seamos incapaces de resurgir como pueblo, de que no podamos levantarnos sobre nuestros pies. Me niego a pensar que este pueblo inteligente, talentoso y trabajador, no pueda hacerse cargo de su propio destino. ¿Qué más debe suceder para que despertemos del letargo en el que hemos estado sumidos por siglos?

Los puertorriqueños necesitamos reconstruir el esqueleto de nuestra confianza. No vamos a arrastrarnos como hacen algunos animales que no tienen vértebras, que no tienen espinazo. Nosotros vamos a rescatar cada uno de los huesos de nuestra espina dorsal, para empezar a caminar erguidos y con dignidad.

Otras columnas de Juan Antonio Ramos

sábado, 26 de agosto de 2017

Carniceros

Cuatro estampas narran vidas caninas en este texto del escritor Juan Antonio Ramos

💬Ver 0 comentarios