Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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“Mister Hyde online”

H ay personajes que, a fuerza de verdad humana, se afincan para siempre en la memoria. Híbridos de carne y mito, pasan a formar parte del álbum de símbolos que cargan consigo los lectores. Un ejemplo extraordinario de esa especie literaria lo ofrece el protagonista desdoblado del famoso relato de Robert Louis Stevenson “The Strange Case of Doctor Jekyll and Mister Hyde”.

La historia es fascinante. El muy respetable Doctor Jekyll, miembro prominente de la “crème de la crème” londinense, se encuentra en la cúspide de su carrera y a punto de casarse con una casta dama de igual rango social. En medio de unos audaces experimentos clandestinos, el científico logra fabricar una poción capaz de transformarlo en criatura primitiva, ajena a toda restricción moral. El civilizado y el salvaje batallan arduamente por quedarse con el cuerpo y el alma del sufrido médico. Hasta que termina imponiéndose el más fuerte: el despiadado e incontenible Mister Hyde.

Quien no haya leído el relato probablemente ya lo conoce a través del cine. Desde principios del siglo veinte, actores de la talla de John Barrymore, Frederic March y Spencer Tracy han encarnado magistralmente al dúo antagónico Jekyll-Hyde. Una gran variedad de versiones del clásico que van desde películas de horror hasta comedias musicales han mantenido vigente el atractivo del drama victoriano de Stevenson. Es más, no me sorprendería que ya estuviera haciendo turno para estreno en el Chiller Channel un “Mister Hyde Online”.

El guión, sospecho, sería medio predecible. Un ciudadano intachable – empresario exitoso, católico practicante, felizmente casado, multiplicado y suburbanizado - lleva una vida secreta turbulenta. En sus ratos de ocio – e inclusive en horas laborables - recurre a un nombre inventado para enviar mensajes de texto insultantes a sus empleados y fotos de sus genitales a la esposa de su mejor amigo. A medida que el pasatiempo se va volviendo adicción, nuestro antihéroe se interna en las entrañas de la “Web oscura” a la caza de pornografía infantil “hardcore”. Allí se topa, de buenas a primeras, nada menos que con la carita sonriente de su hija de siete años junto a la panza enorme de un viejo disfrazado de lobo. El final (seguramente sangriento) queda abierto a los caprichos de la indignación.

Más cerca de la realidad que de la ficción está, por desgracia, esa trama de embuste. Y es que la Red parecería haber sido creada expresamente para validar las polémicas teorías de Sigmund Freud. Podría decirse que Internet se ha convertido en el sustituto perfecto del “id”, ese depósito de pulsiones subconscientes donde - según el célebre psicoanalista - combaten sin tregua el deseo y la muerte. Ante la oferta ilimitada del ciberuniverso en materia de erotismo extremo, la fantasía individual palidece. La imagen desplaza a la imaginación.

Al instalarse frente al monitor de la computadora, el internauta Hyde alberga una ilusión de intimidad. Su mirada voraz se pierde en el laberinto infinito de la tentación. Sin testigo aparente, recorre sitios escabrosos y antros de chat. El anonimato le brinda una excitante - y engañosa - impresión de inmunidad. Con su avidez de sensaciones intensas como único norte, da rienda suelta a los instintos represados. Mientras tanto, su existencia transcurre plácida e inalterada, paralela a la vorágine que ruge bajo el bienestar.

El versátil Mister Hyde tiene otras formas menos truculentas de manifestarse “online”. Hace unos días, CNN presentó un revelador reportaje en torno a los efectos de las redes sociales en un grupo de adolescentes. A preguntas del telerreportero, los jóvenes admitieron experimentar modificaciones drásticas de comportamiento cuando intercambiaban mensajes de texto con sus compañeros de clase. Los estilos agresivos que asumían durante esos enfrentamientos escritos distaban mucho de la cordialidad que normalmente regía sus relaciones en la escuela. Así documentaban una especie de desdoblamiento que ni ellos mismos alcanzaban a explicar.

La mueca sádica de Mister Hyde asoma a cada rato en ciertos comentarios virulentos que figuran al pie de artículos publicados en Internet. El uso autorizado de pseudónimos permite a los comentaristas el ejercicio impune de la crueldad. A menudo se enfrascan en peleas violentas con otros lectores opinantes. Invisibles bajo la máscara del cobarde, descargan frustraciones y resentimientos contra la persona del articulista y contra toda reacción divergente so pretexto de interactividad.

Teléfonos inteligentes y aparatos ordenadores son, por supuesto, recursos inestimables para la información y la comunicación. Pero, como todo adelanto científico, pueden acarrear a la vez repercusiones beneficiosas y destructivas. Ciberacoso, pornovenganza, asesinato virtual y tantos otros delitos inaugurados por el acceso masivo a la tecnología digital reflejan el auge de una cultura del descrédito que pone al descubierto lo peor de la conducta humana.

Por más irritante que resulte, prefiero el exhibicionismo inofensivo de aquellos que postean en Facebook minuto a minuto, con lujo de evidencia fotográfica, los más mínimos detalles de su monólogo interior. Los Mister Hyde, en cambio, no merecerían poder pasear su bajeza por ese prodigioso espacio de libertad.

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