Antonio Martorell

Tribuna invitada

Por Antonio Martorell
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No hay que pedir perdón, sino respeto

Perdón, vida de mi vida perdón, si es que te he faltado. Pedro Flores. Perdón. Palabra que nos llega con aroma de incienso desde los altares, excusa cortés tras tropezón callejero, salvaconducto de ingreso a la privacidad del otro, melódico apostrofar de bolero en vellonera escuchado helada botella de cerveza en mano. También se dice que es mejor pedir perdón que permiso. En todo caso se pide, implora o ruega - da igual- por una falta, pecado o delito, ausencia, interrupción, olvido. Perdón por pedir perdón.

En estos días de promesa que enmascara amenaza, la nación puertorriqueña de aquí y la diáspora, al igual que renombradas figuras de otros países, piden con genuino fervor el perdón presidencial de Barack Obama para Oscar López Rivera, quien soporta el doloroso distintivo de ser el prisionero político más antiguo de América al sobrevivir 35 de sus 63 años en cárceles estadounidense lejos de su patria y familia sujeto a vejaciones sin fin, a crueldad sin tregua.

Me pregunto: ¿Perdón por qué? El perdón presidencial ostenta una forma retórica de carácter legal que requiere clarificación. Si aceptamos que se pide perdón por una falta, pecado o delito, cabe cuestionar por qué pedir perdón en este caso. Oscar López Rivera no es culpable de ninguno de estos cargos.

Luchar por la libertad de su país no es un delito sino un derecho inalienable de toda persona amparado en la Carta de Derechos Humanos y en el Derecho Internacional. El supuesto delito por el que fue convicto nuestro compatriota se conoce como conspiración sediciosa. Conspirar para obtener la libertad de Puerto Rico del dominio colonial de los Estados Unidos hermana a Oscar con los ilustres próceres a través de la historia de toda nación que han enfrentado similares circunstancias, incluso en su momento en los Estados Unidos cuando las 13 colonias originales de ese país se rebelaron contra el Imperio Británico.

Es una hiriente ironía que tengamos que pedir perdón para Oscar a Obama. Lo correcto sería que el presidente de Estados Unidos pidiera perdón a Oscar y al pueblo de Puerto Rico por mantener al patriota encarcelado y a esta isla en estado colonial desde hace 118 años. ¿O es que el idioma español heredado desde el primer imperio también ha sufrido el trastorno de significados, la falsificación nominativa, que la fuerza de las armas, la costumbre de obediencia a la explotación y la injusticia nos han cegado al verdadero valor de las palabras? ¿Será que ellas han perdido su valor por ser el valor también una pérdida y se han deteriorado al punto que apenas son formulas de cortesía, jeringonza legal, consonantes casadas con vocales para enunciar la nada?

Sin el perdón de las autoridades, a quienes no hay que reconocerles la potestad usurpada por las armas y sostenida por ellas, me niego a pedirle perdón al señor presidente. Ni por Oscar ni por Puerto Rico. No le pido perdón, le exijo respeto. Respeto a la justicia, a los derechos humanos y a la historia que pretende ignorar y que muy bien conoce. No hay nada que perdonarle a Oscar. Por el contrario hay que reconocer la magnitud de su sacrificio y pedirle perdón a él que es el injuriado como también a este pueblo atribulado. ¿Pedir perdón la víctima al victimario? Perdón no. Perdón jamás. Justicia sí.

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