Sergio Gutiérrez Negrón
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Odio a la Universidad

Hay que meterle mano a la Universidad de Puerto Rico. Eso lo sabemos. Volverla más justa, funcional, ética. Nadie que haya pasado por sus pasillos la dirá espejo impoluto. Nadie que haya trabajado allí, lo habrá hecho por la pura bondad y dedicación a un patrono justo. La verdad es que, a menudo, la Universidad brega súper mal.

Pero los ataques a los cuales se atiene actualmente no están motivados por las ganas de mejorar y renovar los once recintos. Habrá quien intentará pasar gato por liebre y argumentará que sí. Para acallar a estos, existen propuestas prácticas que circulan de vez en cuando y que con la misma frecuencia son ignoradas.

El pasado viernes, por ejemplo, el sociólogo Emilio Pantojas García ofreció un modelo interesante de reestructuración en las páginas de este medio. El mismo día, el físico Daniel Altschuler propuso otras igualmente competentes en la revista 80grados. Ninguna de las dos (y las otras decenas que han rondado) importa para quienes sólo ven la Universidad como un “ítem” más en un presupuesto a balancear. Para ellos, lo que importa es el corte de los $300 millones. “No es personal, es negocios”.

No obstante, la perspectiva de los tecnócratas de la deuda no es la que he escuchado en estos días bajar alegremente de la montaña. A pesar de ser quienes despliegan la guillotina, no son los verdugos quienes dan susto, sino las masas que se acumulan frente al aparato y se emocionan de verlo en acción.

Motivados una vez más por el ataque a la UPR, ya ronda la buitrería clasemediera (o de horizontes clasemedieros), emocionada ante la posibilidad de rehabilitar su queja: ¿por qué mantengo yo, con mis santos impuestos, esa improductiva cuna ideológica —ellos, tan libres de ideología—, ese seno de vagos que chupan fondos federales —¡oh, defensores del presupuesto gringo!—?

Desafortunadamente, en ese recinto no hay razón que valga. El odio a la Universidad es el mayor obstáculo para su supervivencia.

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miércoles, 25 de octubre de 2017

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