Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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¿Por qué nos desprecian?

La pregunta ya no es ¿Por qué no nos quieren? Ahora es ¿Por qué nos desprecian hasta regatearnos la vida?

Quienes impugnan la definición como desprecio de la actitud oficial estadounidense hacia su colonia, alegan que más bien se trata de ineptitud de los funcionarios asignados a la emergencia. Cualquiera de ambas cosas es inaceptable de parte del país más poderoso del mundo en la relación con su territorio. Ha sido humillante en su actitud y nosotros demasiado sumisos en la respuesta.

Más enojo han mostrado sectores de la propia prensa norteamericana y figuras prominentes del ámbito liberal – el New York Times, Ellen DeGeneres, Bernie Sanders, entre otros. Nuestra prensa nacional ha sido hasta tímida en sus denuncias de las mentiras, encubrimientos y contradicciones que nos mantienen en un franco estado de caos, una lentitud inexplicable en el auxilio y una apatía que raya en genocidio.

Hemos sido súbditos excelentes por más de un siglo. Nuestra falla ha sido que los gobiernos coloniales no saben administrar bien el dinero. ¿Será eso lo que nos tienen en contra? No creo. El desprecio viene de antes de la deuda impagable. Ese “desastre” que somos desde antes de María, como nos recuerda Donald Trump, siempre ha sido despreciado.

No todos los americanos piensan como él. Claro que no. Pero en el momento en que nos va la vida en nuestra relación con Estados Unidos, Donald Trump es su presidente.

No quisiera estar en el cuero de los que aplaudieron la visita soberbia del amo y no se atreven a enfrentarlo para no contradecir su propia sumisión ideológica. Aceptar la humillación como requisito político es patético y vergonzoso.

Entretanto, nos ocupamos más de la politiquería electoral que no solo es mezquina sino perversa cuando juega con la vida de miles de puertorriqueños pensando en las elecciones del 2020. Eso no debía tener cabida en esta tragedia. Punto.

Lo que no quiere decir que nos quedemos políticamente mudos. La ocultación, los miedos y las mentiras que mueven la rueda no pueden pasarse por alto.

No cobijo odios ideológicos. Odiaría a mi propia familia. Pero tampoco cobijo tolerancia hacia el acomodo ideológico.

La injusticia social y la desigualdad que han llegado a extremos de muerte con esta tragedia tiene que seguirse denunciando. La relación infame con la metrópolis que se pone de manifiesto ahora con un gran desparpajo, también.

No me diga nadie que FEMA sería igual de inepto y abúlico si se tratara de Massachusetts. No me digan que hay que ser pacientes con esa actitud por temor a recibir menos. Tampoco me digan que la especulación, la corrupción y el saqueo son atípicos y excepcionales.

Embuste. Lo que yo estoy viendo es que el manejo de la emergencia a nivel federal es otro negocio capitalista más y así se está bregando. Y que los gansos del patio son los mismos del país que teníamos antes de María.

Hay los que claman por volver a la normalidad del paisito ambivalente y disfuncional que teníamos. Hay los que reclamamos que se aproveche la oportunidad para cambios profundos y necesarios. Sobre todo para que se reconozcan de una vez por todas las verdades que pretenden ocultar bajo un toldo azul añil.

No es cuestión de que no se hable de política. Es cuestión de que se hable de política en serio. No de elecciones, de política de verdad.

Es necesario hablar, entre muchas cosas, de la democratización de la energía, la democratización de la vivienda, el bloqueo comercial de la ley de cabotaje, la pobreza y la desigualdad, de una educación que forje ciudadanos independientes y responsables, y de la necesidad de una economía nacional que pueda bregar mejor en un próximo desastre si nos toca. Eso es hablar de política.

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