Ingrid Vila Biaggi

Tribuna invitada

Por Ingrid Vila Biaggi
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Porto Rico

La Real Academia Española nos indica que las dudas sobre topónimos, o los nombres que se utilizan para designar lugares, se plantean cuando surgen lugares nuevos a los que hay que nombrar o cuando ocurren cambios de denominación debido a nuevas realidades geopolíticas. El pasado 13 de enero presenciamos un choque entre la verdadera realidad geopolítica de Puerto Rico y la realidad alterna, que por décadas los políticos nos han querido vender en la Isla. Quedó claro que Puerto Rico sigue siendo Porto Rico.

La importancia de la vista en el Tribunal Supremo federal no fue el que se expusiera lo que muchos en el pasado han denunciado: que Puerto Rico es una colonia bajo la cláusula territorial de la Constitución federal, con  poderes delegados por el Congreso para administrar ciertos asuntos locales.  La importancia reside en que el propio gobierno estadounidense por primera vez declara que Puerto Rico no posee soberanía propia, y que esta realidad no cambió en el 1952, pues la Isla continúa siendo hoy un territorio de los Estados Unidos. Por primera vez en mucho tiempo nos cantan la verdad, sin estrategias de manipulación política ni propaganda.

Y aunque líderes y abogados de los tres partidos políticos interpreten la vista en el Supremo federal  de la manera que más les conviene, lo que el pueblo tiene que comprender es que indiscutiblemente nuestra actual relación con Estados Unidos está llena de ambigüedades y falsas conjeturas. Sé que para muchos puertorriqueños no es fácil escuchar esta realidad, particularmente para esa generación que se levantó en los años cincuenta. No hay duda de que la delegación de mayores poderes lograda en el 1952 trajo consigo una mejoría en los estándares de vida. Pero a la vez tenemos todos también que comprender que la Ley 600 y la Constitución del ELA significaron un paso adicional en el proceso de autogobierno, no un paso en el proceso de autodeterminación. Lo que esto presupone es que tenemos sobre nosotros un techo fijo que limita nuestro crecimiento y potencial, y que nos mantiene bajo el orden de un nivel de autoridad al cual no tenemos acceso y del cual no participamos.

Por eso ahora no podemos cruzarnos de brazos y esperar a que el Tribunal Supremo federal emita su decisión en abril.  Esta es la estrategia de los partidos, mientras buscan como influenciar la decisión para su beneficio.  Me resulta indignante esa postura sumisa, de espera y de súplica, similar a la plegaria que se lleva en el Congreso. Si hay una reafirmación de nuestro estatus colonial es precisamente el estar a la merced de una decisión del Alto Foro federal para que nos digan lo que somos. Ya es hora de que tomemos las riendas de nuestro futuro. 

Y no podemos auspiciar que los partidos principales lleven la batuta en este asunto. Es un tema demasiado importante para dejar que instituciones políticas plagadas de corrupción, de inversionismo político, de patronazgo y que han fracasado en la tarea de administrar la colonia, llevándola a la quiebra, sean las que determinen el destino de nuestra relación política con el mundo. Han tenido numerosas oportunidades para resolver esta situación y ya sea por incompetencia o por complicidad, nunca han formulado un proceso serio que nos encause hacia una relación de dignidad con los Estados Unidos.

Nuestro pueblo tiene mucha más capacidad y sabiduría de la que muestran la mayoría de los políticos de nuestra Isla. Es hora que les digamos que su era terminó.  Tenemos que organizarnos como País en un nuevo frente político coherente fuera del partidismo. El momento es ahora y el objetivo no es la elección de noviembre de 2016, sino iniciar un proceso hacia la definición de nuestro estatus que asegure progreso y bienestar para los puertorriqueños y que sea consistente con el derecho internacional y con la Constitución de los Estados Unidos. Nuestra identidad y nuestro futuro, al igual que nuestro nombre no pueden continuar como ficha de juego en un tablero ajeno. 

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