Roberto Alejandro

Desde la diáspora

Por Roberto Alejandro
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Repensar la crisis y las luchas en la UPR

Lo que sigue es una reflexión temblorosa. No tengo ninguna autoridad más allá de la de poseer unos lazos emocionales muy fuertes con mi Alma Mater, un lugar de querencias y luchas, de memorias siempre henchidas de futuridad. Comienzo con algunos datos urgentes.

Para el 2013, el 56% de los estudiantes admitidos en el sistema universitario público pertenecían a familias con ingresos de $30,000 anuales o menos. Estos datos sugieren que un 45% de los estudiantes provino de escuelas privadas. En el 2012, el 59% de los estudiantes de la Universidad de Puerto Rico (UPR) recibió la beca Pell. En ese grupo, el 95% obtuvo una aportación federal que les permitió sufragar el costo total de la matrícula.

El mensaje es claro: la UPR es la institución que educa a las hijas e hijos de los asalariados y sectores pobres del país. Es y ha sido la fragua que iguala, mediante la educación, a ricos, pobres, y sectores medios.

Me parece imperativo que un proyecto de país debe recurrir al foro federal y demandar que se defina a la Universidad del estado como un servicio esencial y, por lo tanto, fuera de la lógica de los acreedores.

En el 2012, el sistema universitario público contaba con 4,818 docentes. De ese total, 3,533 estaban dedicados a la enseñanza y 2,888 tenían permanencia u ocupaba plazas con posibilidad de permanencia. Eso deja un total de 645 en la categoría de profesores por contrato. Se trata de educadores con grado doctoral cuyo salario es de $2,000 por curso. Con un total de tres cursos, su paga es de $6 mil dólares por semestre.

La propuesta estudiantil tiene que defender salarios dignos para este grupo.

La resistencia universitaria nos convoca a todos los que dentro y fuera de Puerto Rico deseamos otro país. También nos provoca a considerar lo inexplorado. Y desde la distancia de la diáspora es posible articular ideas que, en un espíritu constructivo, nos muevan al menos a tientas entre la niebla de lo incierto. Extraña mucho que el estudiantado aprobara, con inusitada celeridad, una huelga sistémica indefinida. No parece prudente recurrir al último cartucho en un proceso que corto no será. Quizás paros escalonados en distintos recintos hubiesen dado la oportunidad de organizar y persuadir a los no convencidos, especificar mejor las propuestas, educar a la opinión pública, moverse a la calle, exigir negociaciones con la Junta, y todo ello manteniendo la huelga indefinida como arma mayor de presión. Se optó por el método máximo y habrá que ver las consecuencias.

Dentro de la utopía, se puede imaginar que la huelga conmoverá y movilizará a un movimiento sindical bastante fragmentado. Y que tal movilización podrá sostenerse como reto permanente ante la dictadura fiscal. Pero esa es una apuesta riesgosa. En más de una década los sindicatos no han presentado un proyecto de país y mucho menos han logrado concertaciones consistentes. Lo que ha prevalecido es el ritual de la catarsis: un paro de un día, una concentración, o una marcha, y luego a la rutina de la crítica/lamento. Ojalá el apocalipsis del presente cambie ese patrón.

Lo más desconcertante, me parece, es la ausencia de una propuesta de matrícula ajustada de parte del movimiento estudiantil. Esa carencia apunta a algo más profundo. En Puerto Rico, los sectores de crítica y lucha social se han definido por la falta de voluntad en repensar, de manera radical, las prioridades sociales y las formas de gobierno. Lo que siempre impera es ir al Gobierno con la mano extendida. Es una actitud que tiene la máscara de radicalidad pero, en los hechos, refleja un conservadurismo idólatra que ve al estado como centro y norte de lo político. Eso explica porqué nunca se presentan propuestas de nuevas formas de desarrollo económico. Siempre es un llamado a que el estado provea.

La resistencia estudiantil es muestra digna de un levantamiento cívico y necesario ante las osadías de la dictadura financiera. Su exigencia de que la deuda sea auditada es imprescindible. Es también insuficiente. Y lo es por su desmemoria. Por décadas, el país ha sido sometido a la expoliación de una elite tracalera. Conocemos sobre la raquetería de los que compraban petróleo de baja calidad y a bajos precios mientras le cobraban al estado un costo inflado. En el corredor del noroeste se esquilmaron sobre $35 millones para los enchufados de ambos partidos. Se impone un programa de resarcimiento para que los beneficiados y sus socios en la esfera pública devuelvan lo que obtuvieron con malas artes.

“Pero hay otra realidad más punzante. Se me ocurre que el momento de las demandas sectoriales ya caducó. Cuando el país se desangra en la criminalidad y se vacía en la emigración, las estrategias económicas del pasado mueren y el sistema político colonial queda tan destartalado que ni siquiera es pieza de museo, las luchas sectoriales pierden su razón de ser.  Se imponen luchas multi-sectoriales, concertadas y consistentes”.

La lucha estudiantil, en la utopía alcanzable, puede ser un punto de encuentro para desarrollar un proyecto de país. Este debe incluir lo que tantas voces ya han dicho y otras ya han puesto en práctica:

Derogar las leyes de cabotajes.

Fomentar la agricultura local mediante medidas de protección.

Instaurar una matrícula ajustada a los ingresos familiares.

Y una reforma universitaria que saque a los centros del saber de este apocalipsis recurrente.

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martes, 9 de mayo de 2017

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