Jorge Duany

Punto Fijo

Por Jorge Duany
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Ser latino: etnia, raza u origen

La próxima vez que alguien llene un formulario censal, probablemente tendrá que contestar una pregunta sobre su raza u origen étnico. Podrá escoger una o más de las siguientes categorías: (1) blanco; (2) hispano, latino o español; (3) negro o afroamericano; (4) asiático; (5) indígena de las Américas o nativo de Alaska; (6) de Oriente Medio o del norte de África; (7) nativo de Hawai u otra isla del Pacífico; (8) alguna otra raza, etnia u origen.

En septiembre de 2015, el Negociado del Censo ensayará diversas formas de frasear las instrucciones y los términos utilizados en el cuestionario, con una muestra de 1.2 millones de hogares, incluyendo a Puerto Rico. De implantarse en el 2020, será la primera vez que el censo enumera a los hispanos junto a otras razas (excepto en 1930, cuando los mexicanos fueron considerados como una raza). Hasta ahora, la pregunta sobre origen hispano se había separado de la de raza.

Recientemente fui invitado como académico visitante a las oficinas del censo cerca de Washington, D.C. Allí me recibieron varios demógrafos latinos como Merarys Ríos Vargas, Fabián Romero y Belkinés Arenas. También me reuní con representantes de distintas ramas del Censo, entre ellas las de estadísticas raciales, etnicidad y origen, estimados poblacionales, migración internacional y población nacida en el extranjero.

Una cuestión recurrente en estos encuentros era qué yo pensaba sobre combinar las preguntas sobre origen hispano y raza en el próximo censo. Les advertí a mis anfitriones que dicha propuesta podría contribuir a racializar aún más a los latinos en Estados Unidos como grupo intermedio entre blancos y negros, soslayando la diversidad dentro de la población de ascendencia latinoamericana.

En mi ponencia sobre identidades raciales en el Caribe hispánico, destaqué la incongruencia entre las extensas terminologías raciales populares en la región y el esquema binario dominante en Estados Unidos, que divide rígidamente a blancos y negros, sin reconocer públicamente la mezcla racial. Así, por ejemplo, a los inmigrantes del Caribe hispánico y sus descendientes se les dificulta traducir múltiples términos raciales -como jabao, moreno, trigueño, mulato, mestizo, indio o “café con leche”- a las categorías censales estadounidenses, reglamentadas por la Directiva 15 de la Oficina de Gerencia y Presupuesto, revisadas en 1997.

El principal motivo para combinar las preguntas sobre origen hispano y raza es reducir la cantidad de personas que se clasifican como de “alguna otra raza” o que no contestan la pregunta sobre raza: un 43.5% de todos los hispanos en el censo del 2010.

La composición racial de la población latina representa un dolor de cabeza estadístico para producir conteos válidos y confiables que informen las decisiones de política pública y para documentar el progreso socioeconómico de las minorías étnicas y raciales, según las leyes estadounidenses vigentes.

Me llamó la atención que los funcionarios censales se ven obligados a imputar la raza de un número creciente de personas que no utilizan los códigos oficiales, siguiendo una serie de 12 reglas estandarizadas. El procedimiento culmina con la asignación racial de una persona partiendo de la raza reportada por un vecino cercano.

En Puerto Rico, una pregunta combinada sobre raza u origen étnico podría generar confusión y discusión. Es posible que muchos residentes de la Isla marquen solo la casilla de “origen hispano, latino o español” y luego indiquen su ascendencia puertorriqueña, sin identificarse con ninguna raza. En tal caso, se perdería información sobre los orígenes europeos, africanos e indígenas de la población boricua y sería muy difícil medir las disparidades socioeconómicas entre diferentes categorías raciales.

Irónicamente, ese resultado revertiría a una época anterior, entre 1950 y el año 2000, cuando el censo “criollo” de la Isla no incluía una pregunta racial y todos los puertorriqueños parecían pertenecer a la misma raza.

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