Luis N. Rivera Pagán

Tribuna Invitada

Por Luis N. Rivera Pagán
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Victoria de la equidad

Días atrás, un tribunal de San Juan determinó que tanto Ángeles Judith Acosta Rodríguez como Carmen Milagros Vélez Vega sean legalmente reconocidas como madres de la adolescente Juliana María. Esa decisión es una victoria para la equidad, el respeto a la diversidad humana y la justicia.

Culmina así una década de litigios, años en los que esas dos valerosas mujeres, excelsas profesionales y exquisitos seres humanos, tuvieron que tolerar insultos e ignominias a granel, además de varias derrotas legales. Años de intensas luchas, reclamando el reconocimiento jurídico y social de que, junto a Juliana María conformaban una familia, cultivada por el amor común y proyectos de vida compartida. 

Como generalmente sucede, la decisión del tribunal ha suscitado amargas controversias. Como persona de fe y teólogo lamento los vituperios y voces estridentes que emanan de ciertos sectores religiosos. Sin embargo, en el interior de muchas iglesias y comunidades religiosas se percibe una perspectiva distinta, una mirada diferente, plena de solidaridad y misericordia.

Por afortunada coincidencia, la decisión del tribunal coincide con el inicio del Año Santo de la Misericordia, proclamado por el papa Francisco. Una de las características de ese Año Santo de la Misericordia es la idea, innumerables veces reiterada por el sumo pontífice, de que la Iglesia debe ser una comunidad de puertas abiertas, caracterizada por la solidaridad y la compasión, no por la exclusión y la condena. A contrapelo de la reticencia de sectores conservadores de la curia vaticana, Francisco, cuestionado acerca de las familias homoparentales, sencillamente contestó: “¿Quién soy yo para juzgar?”

David P. Gushee, uno de los más prominentes teólogos éticos de los sectores cristianos conservadores norteamericanos (los llamados “Evangelicals”), acaba de publicar un libro titulado Changing Our Mind (Cambiando nuestra mente). Demuestra en ese escrito que incluso en esos sectores religiosos, tildados de “fundamentalistas”, surge un cambio radical de actitud: de la condena a la tolerancia, de la tolerancia a la aceptación, de la aceptación a la inclusión.

Entiende Gushee que ese proceso culminará, tarde o temprano, en la superación de los prejuicios homofóbicos que caracterizan a muchas de esas comunidades religiosas. Y lanza un reto a sus lectores creyentes: ¿Van a predicar un Dios de amor o de condena? ¿Van a facilitar la apertura de nuevos horizontes de gracia y solidaridad? ¿O serán criticados por nuestros nietos así como nosotros juzgamos a nuestros antecesores que usaron la religión para legitimar el sojuzgamiento de los pueblos autóctonos, la esclavitud de los africanos o la sumisión patriarcal de las mujeres? 

No debemos olvidar la historia. Cuando se citaban ciertos versículos bíblicos para justificar la conquista violenta de comunidades indígenas o la esclavitud de los africanos, se condenaba a innumerables seres humanos a una opresión trágica y deplorable. Cuando otros pasajes escriturarios se han esgrimido para inhibir los derechos civiles femeninos, se ha lacerado gravemente la honra personal y social de las mujeres. Al impedir el reconocimiento pleno de los derechos humanos de ciertas personas, a causa de su orientación sexual o identidad de género, se menoscaba profundamente su dignidad humana.

Pero esa es la carga lamentable del pasado. La decisión del tribunal de San Juan en el caso de Ángeles Acosta Rodríguez, Carmen Milagros Vélez y Juliana María Acosta Vega presagia las primicias de un futuro distinto, marcado por la inclusión, el respeto y el disfrute de la equidad en la diversidad.

Como teólogo y hombre de fe vislumbro en este proceso histórico, además de la ampliación de la justicia social, las señales de la gracia de Dios. Ha llegado la hora de proclamar a Dios como Creador y Amor, no como Gran Inquisidor.

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