Wilda Rodríguez

Tribuna Invitada

Por Wilda Rodríguez
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Y entonces llegó María

Al 19 de septiembre de 2017, casi la mitad de la población de Puerto Rico vivía bajo los niveles de pobreza. La economía estaba en el piso. Apenas una tercera parte de la fuerza laboral estaba empleada. La emigración estaba disparada. Las aseguradoras habían colapsado el sistema de salud. Gente moría por eso. El sistema de energía había sido intencionalmente deteriorado. La planificación era un término en desuso. La construcción en zonas de riesgo era la norma. La corrupción de cuello blanco, la gansería y el lumpenato competían por el reinado en la decadencia. La calidad del aire y el agua estaba en manos de industrias contaminantes. Las alcantarillas estaban tapadas. El follaje cubría los arrabales.

Y entonces llegó María. Todo lo que era desastre se convirtió en catástrofe. Nos miramos unos a otros en imperfecta desnudez. Comenzamos a echar mano a cualquier trapo para cubrirnos y justificar la desolación física y moral del país. Para achacarle a María todo lo que no queríamos reconocer antes de su llegada.

Al 19 de septiembre de 2017 había una minoría despierta luchando y trabajando por salvarse y salvar el país política y socialmente. Denunciando, rebelándose, resistiendo. Combatiendo la desigualdad y la injusticia social que promovía un país disfuncional. Vociferando contra el colonialismo ilegal.

Y entonces llegó María. Esa minoría se tiró a la calle a salvar físicamente lo que pudiera. En silencio para que no confundieran su intención. Ese ha sido su error. El discurso público se ha quedado sin contenido a causa de ese error. Lo dominan los responsables del desastre. Se hablan entre ellos desesperadamente buscándole excusas a la impotencia del gobierno colonial, la humillación del gobierno imperial y la agonía del paisito.

Los pocos que logramos meter la cuchara y rehusamos unirnos al corillo de Puerto Rico se levanta somos vistos como apátridas.

“Para levantarse hay que despertar primero”, dice mi cómplice Graciela Rodríguez Martinó.

Oportunistas ideológicos nos llaman. Mientras proclaman que cada poste hincado por el Cuerpo de Ingenieros los acerca más a la estadidad. Mientras el gobernador recoge un par de escombros en San Juan para hacer quedar mal a Carmen Yulín Cruz en lugar de ayudar a Lorna Soto en Río Grande o a Betito Márques en Toa Baja con un gesto similar que buena falta les hace. Mientras los politólogos estadistas declararan a Beatriz Rosselló la Evita de los descamisados boricuas.

Al 19 de septiembre de 2017 había hecho crisis la gobernanza. No sabíamos who was in charge. El Congreso ejercía su poder sobre el territorio. El gobernador colonial reclamaba un patético poder electoral. Y entonces llegó María.

Al 19 de septiembre de 2017 nos empujaban sostenidamente hacia el punto del desastre económico que provocara el estado que anticipa la doctrina del schock de Naomi Klein. El momento en que anonadados y confundidos aceptáramos las reformas impopulares más severas -eliminación de agencias de servicio público, privatización del sistema de energía, deformas laborales, reducción de pensiones, eliminación de más escuelas. Y entonces llegó María.

Al 19 de septiembre se discutía el status como responsable del estado crítico del país. Se descartaban las posibilidades de sobrevivencia de la colonia como colonia. Los estadistas sufrían deshojando la margarita -me quiere, no me quiere. Los independentistas y libreasociacionistas hacían pinitos de coalición. Y entonces llegó María.

Al 19 de septiembre de 2017 la diáspora comenzaba a hacerse cargo. Como antes lo hicieron otras diásporas, la nuestra se reconocía como el sector capaz de hablar por y mover al país. Los congresistas puertorriqueños de derecha, centro e izquierda asumían la representación de su pueblo de origen. Nuestra diáspora comenzó a cantarnos, a llorarnos y a redimirnos. Y entonces llegó María.

La consigna para los conscientes no es levantar el país. Es despertarlo primero.

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