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El retroceso con Cuba es una política fallida

En un teatro de la ciudad de Miami, ayer el presidente Donald Trump sustituyó la política de cambio en las relaciones con Cuba, que empezó a cuajar en 2014, cuando se dieron los primeros diálogos entre los presidentes Barack Obama y Raúl Castro -que culminaron con la reanudación de relaciones diplomáticas- por una directiva que limita los viajes individuales de los ciudadanos estadounidenses y siembra de obstáculos el camino para hacer negocios.

Apesar de las presiones corporativas y diplomáticas que ha estado recibiendo Trump, así como la aprobación mayoritaria del pueblo estadounidense hacia el cambio de política con Cuba, puede haber pesado en el ánimo del mandatario y de sus asesores, la necesidad de darle un nuevo aire a su imagen y lanzar una cortina de humo sobre la difícil situación política que enfrenta.

Aunque siempre fue parte de las promesas de campaña del presidente Trump revertir la apertura histórica con Cuba, su retorno a la política de mano dura crea suspicacias de que su objetivo real pueda ser lograr apoyo entre los sectores más recalcitrantes, en momentos en que su imagen acusa un gran desgaste, producto de una investigación muy seria.

La admisión por parte del fiscal especial, Robert Mueller, respecto a la existencia de una pesquisa sobre la participación de Trump en la llamada “trama rusa” -que destapó lo que se presenta como sospecha de la intervención del gobierno de Vladimir Putin en la campaña electoral estadounidense- ha creado un mar de fondo que va espesándose a medida que surgen nuevos testimonios.

Buscar apoyo dentro de un Congreso que se muestra cada vez más reticente respecto a las polémicas actuaciones del mandatario, y distraer a la opinión pública de un escándalo que toca la fibra íntima del electorado estadounidense -un electorado para el cual sería impensable que los rusos hubieran influenciado el resultado de la carrera presidencial- pueden haber inspirado el intimidante discurso de Trump en su cita con parte de la comunidad cubanoamericana en Florida.

La prohibición de hacer negocios con un “holding” vinculado directamente a la alta jerarquía del Ejército cubano afecta unos acuerdos que ya rodaban solos. Y aunque se hacen importantes excepciones con sectores, actividades o empresas estadounidenses que tuvieron suficiente fuerza para cabildear en Washington -y por lo tanto, han sido excluidos de las nuevas normas- lo cierto es que la retórica de confrontación del presidente vuelve a crear incertidumbre política. Este es un clima difícil para seguir avanzando en el entendimiento regional y el saludable intercambio que estaba creciendo entre los dos países.

Mal sirve a la democracia este tipo de reversazo. Ni ayuda a mejorar la situación de los derechos humanos y las libertades en Cuba, como equivocadamente se sugiere, ni le reporta a los Estados Unidos otra cosa que no sean dolores de cabeza burocráticos y trastornos a empresarios e inversionistas. Se calcula también que podrían afectarse miles de ciudadanos que ya tenían programadas sus vacaciones en la mayor de las Antillas.

Las intenciones de Puerto Rico de insertarse en el incipiente comercio con Cuba -incluso en el importante espacio de los nuevos fármacos, cuyo mercadeo con las nuevas leyes no se sabe cómo quedará- también se frustran en un momento en que aquí necesitamos nuevas vías de expansión económica.

Nuestro lugar y nuestros pensamientos, como el de todo el mundo libre, están en procurar libertades y relaciones sólidas en el mapa de un planeta ya suficientemente exasperado.

En su momento, apoyamos sin reserva los históricos pasos que emprendió el presidente Obama. Ahora, repudiamos la mezquina estrategia de volver a un pasado donde el conflicto, la amargura y el desconocimiento de la historia, le auguran al presidente Trump un sonoro fracaso.

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