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Hay que producir bien y competir sin estimulantes

El consumo de anfetaminas y estimulantes que se ha popularizado entre los jóvenes, mayormente universitarios, para maximizar su desempeño laboral y académico es una peligrosa práctica que atenta contra la salud de un importante sector poblacional.

Al presente, el compuesto de sales Adderall es considerado el estimulante más utilizado y abusado entre los jóvenes adultos en los Estados Unidos y su uso ha pasado a ser común también en Puerto Rico. A pesar de que se vende por receta para tratar el déficit de atención e hiperactidad y la narcolepsia, su ingesta sin prescripción puede tener repercusiones nefastas pues las anfetaminas son altamente adictivas.

En Estados Unidos, donde se han registrado múltiples muertes a consecuencia del abuso de opiáceos y medicamentos recetados para estimulación, el descontrol en el consumo de tales sustancias ha llegado al punto en que se le considera una epidemia. La han bautizado la “sobredosis epidémica”.

En ese contexto de permisibilidad algunos se refieren a estos medicamentos como “drogas inteligentes” porque sus efectos tienden a la mejorar la concentración, favorecer la agilidad mental y prolongar el estado de vigilia que permite a muchos universitarios estudiar o trabajar toda la noche, sin sentir efectos del cansancio. Lo inteligente es organizarse, recurrir a rutinas naturales y buscar ayuda profesional, de considerarlo necesario.

Sin embargo, ante los retos de competitividad y las exigencias sociales o autoimpuestas de que hay dar el máximo, estas drogas se han erguido como la forma fácil y accesible de aumentar el rendimiento universitario, deportivo, laboral y social.

Debido a los estímulos y la energía fuera de lo normal que despiertan, la ingesta de tales pastillas por parte de los universitarios constituye un acto de deshonestidad intelectual y competencia desleal respecto a los que se hacen a base de esfuerzo y disciplina, el equivalente de los atletas que usan drogas para aumentar su potencial.

Más allá del aspecto ético, están los efectos altamente dañinos sobre la salud, la familia y la sociedad a consecuencia de los efectos negativos del estímulo artificial, que van desde las crisis nerviosas y los trastornos sicológicos hasta la adicción y la muerte. Ataques de ansiedad, alucinaciones, disturbios de pensamiento, cambios de comportamiento y condiciones cardíacas son algunas de las consecuencias más perniciosas conocidas.

El asunto se complica porque los jóvenes no ven estos estimulantes y anfetaminas como las drogas que son y las redes sociales magnifican su popularidad, como muestra un estudio realizado por académicos de la Universidad Brigham y del Departamento de Salud federal y publicado en el Journal Medical Internet Research en 2013. Estos examinaron la frecuencia con la que la palabra Adderall apareció en Twitter de noviembre de 2011 a mayo de 2012 con miras a identificar patrones sobre su uso, efectos secundarios y las mezclas con otras sustancias. Los mensajes confirmaron que los estudiantes visualizan la sustancia como una “ayuda” para los estudios universitarios y que las redes sociales contribuyen a legitimar su abuso y a considerarlo entre las normas aceptables de conducta social.

Por ello es importante que el uso no prescrito de estimulantes sea enfrentado en varios frentes.

Las instituciones de educación superior y sus cuerpos docentes tienen en sus manos la oportunidad de llegar a la población de mayor riesgo, que está en su alumnado, con mensajes sobre el daño de los estimuladores sobre el sistema nervioso y el riesgo de hacerse dependiente de estas drogas.

Los padres tienen un importante papel en la detección de comportamientos y en la búsqueda de remedios mientras que las organizaciones médicas y todas las vinculadas a la salud están llamadas a apoyar los esfuerzos de orientación. También, es necesario que el gobierno promueva campañas informativas en torno a las dinámicas que atentan contra la nueva generación y el sector más productivo del país. La crisis, además, ofrece el momento propicio de impulsar la política salubrista en lugar del enfoque punitivo que va perdiendo terreno en todo el mundo.

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