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Intolerable renuencia federal a limpiar Vieques

Por deber ministerial y por una cuestión de humanidad, el gobierno de Estados Unidos tiene que abortar su patrón de indiferencia ante un problema catastrófico de salud y emprender la tarea de limpiar los terrenos de Vieques, contaminados a niveles dramáticos durante 60 años de prácticas bélicas en la Isla Nena.

Porque ya son intolerables tantas excusas para justificar el incumplimiento. De hecho, las revelaciones hechas por el renombrado científico puertorriqueño, Daniel Colón Ramos, quien deja al descubierto el verdadero origen de los estudios en que se basan las agencias federales para afirmar que no hay relación entre las actividades militares y la salud de los viequenses, desenmascaran lo que constituye una nueva afrenta al País y una bofetada a los derechos de los enfermos.

El pasado jueves, en la Universidad de Puerto Rico, durante la celebración del foro “Vieques: estado actual y perspectivas sobre la salud”, el también profesor de la Universidad de Yale reveló que la Agencia para Sustancias Tóxicas y Registro de Enfermedades, encargada de salvaguardar la salud de los ciudadanos ante las amenazas ambientales, depende de estudios externos para emitir la mayoría de sus conclusiones.

De ahí que dicha agencia a menudo recurra a la información que le pueda proveer la Agencia federal de Protección Ambiental (EPA), que a su vez depende de la que le facilitan contratistas de la Marina de Guerra. En otras palabras, cuando la dependencia federal responsable de las sustancias tóxicas concluyó, en marzo de 2013 que las actividades de la Marina no eran el origen de la alta incidencia de cáncer y otras enfermedades extendidas entre la población, su fuente de información “confiable” era nada menos que la propia Marina.

Parecería un simple chiste, si no fuera por la tragedia humana que eso representa para tantos viequenses que sufren cáncer, hipertensión, diabetes o asma, en una incidencia desproporcionada en comparación con el resto de Puerto Rico. La seriedad de los trabajos de campo que han realizado científicos independientes, demuestra que el informe publicado por la Agencia para Sustancias Tóxicas y Registro de Enfermedades no tiene credibilidad alguna y que fue manipulado para esconder los hallazgos.

Aparte de eso, el lenguaje mismo del informe era ofensivo. No sólo desvinculaba los bombardeos y otras actividades contaminantes de los catastróficos problemas de salud de la gente, sino que, indirectamente, culpaba a los viequenses de padecer altos niveles de mercurio por el hábito de consumir demasiado pescado. Encima resaltaba que “los niveles de mercurio en los peces correspondían probablemente a los niveles ambientales de la región y no a las actividades militares” que por seis décadas hirieron diariamente las tierras y la vida del pueblo de Vieques.

En resumen: según el cinismo pseudocientífico, los viequenses se enfermaban porque comían pescado, pero ni siquiera esa contaminación de la vida marina era, para ellos, consecuencia de los bombardeos. La recomendación final era un pedido al Departamento de Salud para que “educara” a la gente de Vieques sobre el tipo de pescado que debía consumir.

El pasado junio, en otro intento por posponer su deber de descontaminar las tierras y las costas de Vieques, la Marina alegaba ante el Comité de Asignaciones de la Cámara federal, que podían pasar hasta cinco años antes de que empezara la remoción de las municiones que se encuentran bajo el agua, ya que “la tecnología que permitirá atender su remoción está en etapa de desarrollo”. Alargaban la fecha para completar la limpieza a 2030: una nueva generación nacería y crecería dentro de un Vieques contaminado.

En el foro en la UPR se resaltó la urgencia de insistir en que se reconozca que los bombardeos enfermaron a la gente, y que la peligrosa situación que persiste en algunas zonas (como la fatídica laguna Anones, que sigue supurando tóxicos al mar), tiene que atenderse antes de que se desencadene una mayor crisis ambiental de incalculables consecuencias.

El futuro de Vieques sigue en peligro. Y con él, el de todo Puerto Rico, que debe seguir unido en espera de que la Marina cumpla por fin con su obligación.

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