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Unión sin fisuras por la libertad de Oscar López

La polémica en torno al caso del anciano prisionero político, Oscar López Rivera, y las opiniones en torno a si el expediente está o no está sobre el escritorio del presidente Obama, deben dar paso a un movimiento intenso de voluntad en la diáspora, algo que, unido a los esfuerzos que se hacen en la Isla, puede producir el tsunami de apoyo su liberación.

Es lo que hace falta: una ola de reclamo por su libertad que se escuche donde es más importante, en el corazón de Washington. Camino a los 74 años, de los cuales ya ha pasado 35 en prisión, el preso político más antiguo del mundo, encerrado actualmente en una cárcel de Indiana, no representa amenaza alguna para la seguridad de los Estados Unidos ni para la de Puerto Rico.

Sus alegatos en contra de la violencia así lo demuestran, y sobre todo el hecho de que no se le haya acusado jamás de delito de sangre alguno, sino de conspiración sediciosa, que es el cargo más común del que se acusa a los presos políticos en todas partes del mundo.

A su avanzada edad, este veterano de la guerra en Vietnam, condecorado por su comportamiento valeroso, debe regresar a su pueblo de San Sebastián, y vivir los últimos años de vida en la Isla que lo vio nacer.

Si hemos sido capaces de conmovernos por la situación de otras personas, que han estado encarceladas por menos tiempo y que son mucho más jóvenes que Oscar, ¿cómo en este caso no nos unimos en el justo reclamo para que le concedan el perdón presidencial?

Las normas internacionales de derechos humanos para los prisioneros de todos los países incluyen la posibilidad de que el recluso pueda estar cerca de su lugar de origen y sus seres queridos. Poco se ha hablado del largo, sacrificado y costoso viaje que deben hacer desde Puerto Rico los familiares y abogados que van a visitar a Oscar López. Después de varias horas de vuelo a Chicago y de pagar por un boleto aéreo oneroso para poder llegar a Terre Haute, donde ubica la cárcel donde está preso, hay que cruzar al estado de Indiana y pasar más de cuatro horas en la carretera. Es un empecinamiento cruel, teniendo en cuenta que existen prisiones más accesibles.

El próximo 9 de octubre se llevará a cabo en Washington un evento que se espera sea multitudinario y al que se ha convocado, no solo a la diáspora puertorriqueña de Chicago y Nueva York, sino a todos los hispanos que deseen unirse al reclamo humanitario para liberar a Oscar. Será el último gran esfuerzo antes de las elecciones.

El encarcelamiento prolongado de cualquier hombre o mujer por tratar de adelantar sus ideas políticas, no solo humilla al pueblo del cual procede el encarcelado, sino que denigra también al carcelero. Si el presidente no tuviera sobre su escritorio la solicitud de indulto -como le aseguró, hace varias semanas al artista Lin Manuel Miranda- todos sabemos que en pocos minutos podría tenerla, con solo levantar el teléfono.

El respeto a Puerto Rico, a pesar de todos sus problemas económicos y las graves vicisitudes que enfrenta, pasa también por los pequeños gestos de consideración y humanidad.

No debe haber fisuras ni diferencias en el respaldo a la excarcelación de Oscar López. El verdadero protagonista de esta historia es él, que está pasando su vejez en una celda, resistiendo dignamente todas las discusiones que su caso levanta y las constantes promesas de los políticos estadounidenses, que hasta ahora no se han cumplido.

El mínimo sentido de humanidad les demanda que cumplan.

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