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13 de junio de 2011
4:18 p.m. Modificado: 4:20 p.m. Baloncesto
 

Orgullo boricua José Juan Barea

Fufi Santori habla del base boricua de los Mavericks

 
Barea empezó desde muy niño a jugar baloncesto. (Xavier Araújo/Enviado especial)

Por Fufi Santori

Hablar hoy sobre José Juan Barea es lo mismo que llover sobre mojado.

Puerto Rico vive mareado por Barea. Y yo unirme al coro de sus idólatras es poco añadir considerando que lo vi jugar a los cuatro años cuando su madre Marta todavía era mi compañera de trabajo en el Colegio de Mayagüez y con quien allí competía regularmente en las canchas de tenis ganándome el título de campeón femenino de ese deporte en nuestra Alma Máter. ¿Qué les parece?

José Juan, también jugaba muy bien al tenis y me sospecho de que, a no ser porque Jaime, su padre, no jugaba ese deporte, quizás los Mavericks todavía estarían buscando ese primer campeonato de la NBA. Y digo esto porque Jaime Barea enseguida matriculó a sus dos hijos: José Juan y Jaime Javier en la Liga Jaime Frontera donde, bajo la dirección de Gorilón Alicea, el chiquitín empezó a demostrar que era un fenómeno en baloncesto. Así es la vida.

Ya para el verano de 1992 todo mayagüezano sabía que el mejor baloncelista de Puerto Rico de doce años era el hijo menor de Jaime y Marta. Y de ahí en adelante era cuestión de tiempo. Cuando primero lo vi driblear y correr para ganar un juego en el último segundo (fue en la cancha del Colegio San Benito) me impresionó el que pudiera manejar el balón tan bien con la izquierda como con la 'mano de comer'. Los que no han jugado mucho baloncesto no saben que, por más que un derecho aparente dominar el balón con su mano izquierda, nunca o casi nunca, logra la misma destreza en el 'dribble' o en el pase que con su mano diestra.

Barea era y es excepcional.

Solo faltaba ver cuán bien dominaba la más importante de las tres destrezas: el tiro. Y no lo vi jugar mucho más en su adolescencia ocupado como estaba yo en mis asuntos de trabajo y un nuevo hogar. Me fijé otra vez en él cuando jugara con Mayagüez y enseguida me di cuenta de que no era un tirador natural como lo era, digamos un Carlos Arroyo. Y se lo dije. Sin entrar en detalles (que él mejor que nadie puede decirlos) José Juan entendió que, para un canastero que no llega a los seis pies de elevación, ser un profesional exitoso en ese deporte, tenía que poder encestar a distancia con alguna frecuencia y que el lance valiera tres puntos.

No fueron pocos los técnicos del basket que dudaron sobre si Barea pudiera destacarse en la NBA. Y con varios discutí, siendo mi argumento central el que su habilidad para manejar el balón perfectamente con las dos manos combinado con su velocidad, le garantizaba ese destaque porque siempre le permitiría librarse para ejecutar, bien fuera tirando al canasto o pasando.

Trabajó mucho y concienzudamente con su tiro a distancia y verán que la 'receta' de lanzarlo yendo hacia su izquierda o de frente al canasto (como en las tiradas libres) desde el piso mejoró grandemente su efectividad ya que yendo hacia su derecha 'sacaba el codo' demasiado y eso afectaba su precisión. Lo que vimos este año con él en Dallas y muy particularmente en las series de playoffs nos confirma que el boricua, ha mejorado su lance a distancia y ya es una estrella en la NBA.

Pero mucho tiene que ver con ese calificativo un detalle que no es asunto de técnica y sí de personalidad. José Juan Barea, además de ser simpático y humilde, es un competidor de 'siete pares'. Esa confianza que demuestra en sí mismo la desarrolló desde niño haciendo siempre o casi siempre lo que pocos baloncelistas hacen: meter el canasto de ganar. Y para hacer eso se necesitan tres cosas: la cría para querer hacerlo, la confianza en que lo puede hacer; y la habilidad para lograrlo.

De eso se trata, ese orgullo de Borinquén que responde al nombre de José Juan Barea.

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