Enseña a las mujeres con cáncer a realzar sus rasgos positivos
Por Lilliam Irizarry Especial para El Nuevo Día
A Gisela Román le pasa a diario por el corazón una imagen: la de aquella mujer que aceptó con una fortaleza casi infinita que le extirparan un seno, pero lloró a lágrima viva cuando se le cayó el cabello.
“No le importaba el seno, era el pelo lo que le importaba. Fue bien duro. La reacción de ella me impactó”, expresa la estilista de 34 años sobre la experiencia familiar que le inspiró, años más tarde, a realizar trabajo voluntario con víctimas de cáncer.
Para Román, esa vivencia con su entonces suegra fue una especie de preparación, pues tan pronto abrió su salón de belleza llegó una mujer y le dijo: “túmbame el pelo que me acaban de diagnosticar cáncer”.
Esa primera mujer y la docena que llegó después sembraron la semilla para que su salón de estilismo se transformara en un oasis donde las pacientes de cáncer reciben la palabra y el abrazo necesarios para poder desapegarse del cabello como parte de un proceso de sanación interior.
“Todos somos hermosos, con o sin pelo… En realidad, la verdadera belleza es la humildad, la solidaridad, la sencillez, la bondad”, afirma.
No es raro llegar a su peluquería y encontrar a todas las empleadas con sombreros, gorras, bandas o turbantes en la cabeza. Es su forma de solidarizarse con las pacientes y demostrarles que hay otras formas de belleza.
Desde octubre del año pasado, Román colabora con la Sociedad Americana del Cáncer, que le refiere a mujeres como Yoalis Mirles González, quien a sus 35 años recibió como un balde de agua fría el temido diagnóstico de cáncer de seno que, hacía ocho años, también había escuchado su mamá.
El esposo de Mirles González, Richard Muñiz, recuerda el día que llamó angustiado a Román tras llegar a la casa y encontrar a su esposa desesperada, cortándose el cabello encerrada en el baño. Tan pronto escuchó su llamado, la estilista abandonó el salón y llegó volando a la residencia.
“Más que la ayuda de cómo maquillarse, de cómo enfocar los rasgos positivos para que se viera más bonita de lo que es ella, es el apoyo emocional… Sentarse con nosotros a llorar juntos, darnos un abrazo, no hay dinero que lo pague”, manifiesta el hombre aún conmovido.
Román, quien está convencida de que el trabajo voluntario puede salvar del egoísmo a la humanidad, también recuerda ese día como si fuera hoy: “Yo decía: ‘Señor, dame la fortaleza para poderlos levantar’”.
Aunque su tarea es enseñarles a las mujeres a realzar la belleza a través del uso de maquillaje, prendas, pelucas o turbantes, entre otros métodos, su misión es hacer más llevadero el tratamiento médico e incluso, en algunos casos, acompañarlas en el camino de poner todo al día y dejar todo claro antes de partir.
“Yo no sé medir distancias. Yo me asumo hasta su dolor”, reconoce la estilista, que vive las llamadas de las pacientes de cáncer como si fuera “un 911”.
De su trabajo voluntario valora la sonrisa que florece en el rostro de las mujeres a medida que aprenden que el cabello no es sinónimo de belleza y que a veces la simple aplicación de lápiz labial o el uso de pantallas largas pueden hacer una diferencia en su imagen.
“Yo lo que hago es regalarles mi tiempo, mi espacio. Eso me satisface más que cualquier competencia de belleza”, sostiene la peluquera, que sueña con que más estilistas y voluntarios se unan a su misión.