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De Viaje

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27 de enero de 2013
De Viaje
 

Pasaporte al fin del MUNDO

La Patagonia

 
El lago Nahuel Huapi es un clásico de Patagonia accesible desde San Carlos de Bariloche y Villa La Angostura.  (Suministrada/Mariana Lafont)

Por Mariana Lafont | Especial para De Viaje

En el mar o en sus lagos, Patagonia se la puede descubrir con otra perspectiva desde la Cordillera de los Andes hasta la costa del Atlántico sur. 

El lago Nahuel Huapi es un clásico de Patagonia accesible desde San Carlos de Bariloche y Villa La Angostura y punto de conexión entre dos de los destinos más visitados: Isla Victoria y Bosque de Arrayanes. Este espejo de agua está dentro del Parque Nacional más antiguo de Argentina y ocupa 56,000 de sus 750,000 hectáreas. Los primeros colonos comenzaron a navegarlo por la ausencia de caminos, pero desde 1920 comenzó a ser un atractivo turístico y surgieron las primeras excursiones.

El paseo más tradicional va a Isla Victoria y Bosque de Arrayanes, pero también se puede ir a Puerto Blest y Lago Frías partiendo de Puerto Pañuelo, en Bariloche. Una hora de navegación lleva a la Península de Quetrihue, donde se encuentra el famoso arrayanal con ejemplares de hasta 200 años de antigüedad. También se puede ir desde Villa La Angostura, navegando 45 minutos o bien a pie. En el bosque hay un sendero de tablas hasta la casa de té y luego se sigue hasta la Isla Victoria. De 31 kilómetros cuadrados, tiene playas de arena volcánica, acantilados y espléndidos puertos naturales en las bahías Anchorena y Totoras.

Misioneros y conquistadores

Misioneros jesuitas europeos llegaron al lago en 1670 desde Chiloé y fundaron una misión para evangelizar nativos pero ésta fue abandonada en 1718. Casi dos siglos después, el perito Francisco Moreno (científico, naturalista, conservacionista, político, botánico, explorador y geógrafo argentino propulsor de la Patagonia) remontó el río Limay y llegó a la costa este del lago.

La historia de la Isla Victoria data de 1620, cuando el conquistador español Juan Fernández la avistó mientras buscaba la Ciudad de los Césares y encontró puelches y poyas que la llamaban “Isla Nahuel Huapi”, que en mapudungun -lengua de los mapuches- significa “Isla del Puma o Tigre”. 

El nombre de la isla cambió con cada explorador hasta que una expedición en 1883 la llamó “Victorica” y los lugareños (y algunos errores de trascripción) definieron su nombre actual. Por su parte, los orígenes de Puerto Blest datan de 1900 y se vinculan con la Sociedad Comercial y Ganadera Chile-Argentina, que llevaba carga y pasajeros en el vapor El Cóndor (y hacía en siete días un viaje que demoraba sesenta por tierra). 

Por el Fin del Mundo

¿Qué mejor que navegar las aguas por donde pasaron tantos exploradores y aventureros? Una travesía única navega de Punta Arenas a Ushuaia (y viceversa) en tres días y recorre el Estrecho de Magallanes, el Canal de Beagle, el Paso Drake y, si hay buen clima, el Cabo de Hornos. En el viaje se ven la flora y la fauna más australes del continente. Partiendo de Chile, la embarcación surca fiordos solitarios hasta el Parque Nacional Alberto De Agostini para conocer la blanquísima Cordillera Darwin -extremo sur de los Andes- y el Marinelli, el más grande de todos los glaciares que bajan de estas montañas. Una o dos veces al día hay desembarcos en zodiac y, si el lugar lo permite, se hacen caminatas.

En la travesía se ofrecen excelentes charlas educativas sobre historia, glaciología, flora y fauna que se ve en cada desembarco. 

El viaje sigue y se ven más glaciares, entre ellos el imponente Pía y la “Avenida de los Glaciares”, donde se suceden regios ventisqueros: España, Romanche, Alemania, Italia, Francia y Holanda. Pero el punto más esperado es el Cabo de Hornos, el punto más austral del mundo. Este promontorio de 425 metros azotado por ráfagas de 100 km/h fue, por años, el paso clave de las rutas comerciales de navegación hasta que se abrió el Canal de Panamá.

Finalmente se llega a Bahía Wulaia, antiguo asentamiento yámana. A Wulaia llegó Fitz Roy en 1829 y al volver a Inglaterra se llevó cuatro indígenas a los que llamó York Minster, Fuegia Basket, Boat Memory y Jemmy Button. Quería educarlos y devolverlos a su tierra para que civilizaran a sus pares. Pero, si bien aprendieron inglés y vestían como occidentales, apenas regresaron volvieron a sus viejos hábitos. Wulaia es la última excursión del tour, que termina con una cena de despedida frente a la costa de Ushuaia.

Navegar con ballenas

Puerto Madryn, en el Golfo Nuevo en Chubut, es la puerta de entrada al mundo de la ballena franca austral. Este cetáceo peregrina desde las gélidas aguas del sur hasta las costas patagónicas, y al fin del otoño entre 450 y 600 ejemplares arriban a Península Valdés para aparearse, parir y amamantar, transformando al lugar en uno de los mejores sitios de reproducción y cría de la especie del mundo. 

Después de siglos de persecución, en 1937 se firmó el Acuerdo Internacional para la Regulación de la Cacería de Ballenas, que les dio protección total, y en 1984 fue declarada Monumento Natural Nacional. Para observar ballenas basta ir a la costanera de Puerto Madryn o, a 17 kilómetros, apostarse en las playas de El Doradillo, donde las madres juguetean con sus ballenatos a escasos metros de la costa. 

Al nacer las crías miden cinco metros de largo y en la adultez llegan a los 13 o 15 metros, pesando 40 o 50 toneladas. Casi un tercio de su cuerpo lo ocupa la cabeza y en ella se destaca una gran boca curva con más de 200 barbas que cuelgan de la quijada superior y filtran el agua reteniendo el minúsculo plancton, su alimento principal. Pero uno de los rasgos más llamativos son las callosidades que brotan como consecuencia del endurecimiento de la piel, sobre las que se asientan diminutos crustáceos.

Para tener un buen acercamiento, lo mejor es ir a Puerto Pirámides, en Península Valdés, a 100 kilómetros de Puerto Madryn. Además de ballenas, en distintos lugares de la Península se ven elefantes y lobos marinos de un pelo, orcas, pingüinos de Magallanes e infinidad de aves.

Desde Puerto Pirámides (único lugar autorizado para los avistajes embarcados) salen lanchas y catamaranes con gente de todo el mundo deseosa de ver al monumental cetáceo. Las excursiones duran horas, durante las cuales la lancha se transforma en una ballena más moviéndose entre ellas con total naturalidad y sin perturbar su rutina. 

Uno de los momentos más extraordinarios es el apareamiento, ya que el acto se realiza en forma “cooperativa” y varios machos se ayudan (aunque también compiten) entre sí para copular a una sola hembra. También se ven juegos de las madres y las crías, momentos de alimentación de las ballenas y toda clase de saltos y juegos de asombrosa agilidad de estos gigantes del Atlántico. Fascinante.


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