Colaboradores de don Luis A. Ferré rememoran vivencias junto a él ahora que se celebra el 108 aniversario de su natalicio
Por Tatiana Pérez Rivera / tperez@elnuevodia.com
La aldaba en hierro de la puerta blanca dice claramente quién fue el señor de la casa elegante y el amplio patio desde mediados del siglo pasado: “Luis Ferré”.
Desgastada y con un nuevo dueño, la estructura aún domina el encuentro de las calles Alcázar y Reina Mora, en la urbanización La Alhambra, en Ponce. Y a ella la domina su patio. Extenso, poblado de recuerdos y de árboles cuya altura y el grosor de sus troncos prueban su longevidad. De mangó, de pana, de naranja agria y hasta un níspero sobreviven el tiempo.
También allí sigue igual la vida de Carla, la dálmata que ostentó el título de última mascota ponceña del señor de la casa que, además, llevaba otros sombreros: fundador del Museo de Arte de Ponce, del Partido Nuevo Progresista, exgobernador de Puerto Rico, filántropo, músico y empresario.
Con sus manchas negras se pasea con calma entre varias personas que -en el patio- comparten sus vivencias con Ferré ahora que se celebra el 108 aniversario de su natalicio.
“Esta es Carla Ferré, tiene 14 años”, presenta a la dálmata Héctor Manuel Rodríguez, jardinero de la casa desde el 1989, “don Luis era loco con los perros y les escogía sus nombres. Los papás de Carla eran Polo y Diana”.
Héctor afirma que el silencio en la casa acababa cuando “don Luis llegaba de San Juan”.
“Él siempre iba primero al Museo y almorzaba aquí. Después abría la puerta que daba a la calle, se sentaba en el piano redondito que tenía por allí”, dice señalando el primer piso, “y empezaba a tocar. Aquí en el patio se escuchaba un eco bien precioso”.
Orgulloso de mantener el patio, Héctor recuerda que conoció a Ferré en la playa de Ponce, donde se crió, ya que allí visitaba a Sister Isolina.
“Siempre fue un caballero con nosotros”, cuenta y señala como compañeras en la casa a Teresa Avilés y a Ana Rita Guzmán.
“No se le olvidaba el nombre de nadie, como jefe ha sido de los mejores que he tenido. Cuando estaba en San Juan me mandaba a pedir caimitos y limones, que se daban aquí, y yo se los mandaba”, recuerda entre risas Héctor.
Ángel D. Santiago integra el Laboratorio de Conservación del Museo de Arte de Ponce desde el 1985. “Todas las semanas pasaba por aquí para ver qué estábamos haciendo y cómo lo estábamos haciendo. Estaba muy pendiente de las colecciones”, manifiesta el conservador.
“Y si algún reportero venía a hablarle de política le decía que en otro lugar porque ‘aquí en las salas solo se habla de arte’”, cuenta Santiago.
Ojo biónico
Roberto Rodríguez, quien labora hace 26 años en el Museo de Arte de Ponce, confiesa que extraña la entonación conque Ferré le llamaba.
“Me decía: ‘Robert, quiero cambiar ese cuadro’. Y yo lo llevaba a los ‘racks’ en el depósito para que escogiera. Si era fin de semana yo le explicaba que no tenía gente para cambiarlo en ese momento y me decía que lo hiciera el lunes. Ahora, el lunes te llamaba para ver si el cuadro estaba cambiado”, cuenta y resalta que, además de una memoria envidiable, era dado a dar instrucciones “en buenos modos”.
Otra cosa Roberto no olvida: “Tenía un ojo biónico”.
“Miraba el cuadro un rato y decía ‘está virado’. Y cuando medías bien, estaba virado un cuarto de pulgada. Se arreglaba rapidito porque a él le gustaban las cosas bien hechas”, indica el empleado de la división de Registraduría, quien paseaba a don Luis por cada sala donde apreciaba con detenimiento las obras “porque decía que siempre les encontraba algo nuevo”.
Roberto trajo un álbum de fotos de la inauguración de una muestra de obras de Francisco Rodón. Junto al pintor, Ferré apreció el retrato de otro exgobernador, don Luis Muñoz Marín.
“Recuerdo que don Luis levantó una copa y dijo ‘ese es mi tocayo, ese es mi amigo’”, relata Roberto.
Todos coinciden en que Ferré “inspiraba a mejorar”. “Nos decía, entrar al museo es como entrar a una iglesia”, sostiene Roberto, “y este museo es de ustedes así que quiero que me lo cuiden”.
La promesa, por lo visto, la renuevan cada día.
Toda una vida, en un archivo
Sofía Cánepa lidia a diario con otros recuerdos de Luis A. Ferré. Cientos de documentos que le pertenecieron ahora son catalogados y organizados en el nuevo Archivo Histórico Luis A. Ferré, situado en el Museo de Arte de Ponce, para luego pasar a la etapa de difusión.
Hay manuscritos, documentos, objetos que testimonian su apego a la familia, a la política, a las artes y a las causas benéficas. Cánepa, archivista en jefe, labora junto a la archivista Carline Gutiérrez, a la catalogadora Marieli garcía y a la voluntaria Stephanie Taylor.
“Todos los días el cuadro de clasificación cambia al menos diez veces”, resume la experiencia de toparse con nuevos documentos “que completan el rompecabezas de una información dispersa”. “Todo hace sentido en la medida en que vamos clasificando”, dice.
El archivo llega hasta generaciones previas a don Luis. “En una carta, Antonio Ferré Bacallao comenta que estudió mecánica por correspondencia. Fue un momento mágico para mí porque pensé que esa fue la semilla que dio pie al desarrollo de tantas industrias por esta familia”, señala.
El Museo de Arte de Ponce contempla integrar más los recursos del Archivo en sus ofrecimientos. Ya adquirieron el programa computadorizado de inventario de obras, TMS.
Cánepa aprecia la paz del jardín en la residencia ponceña que perteneció a Ferré y traslada mentalmente hasta aquí múltiples imágenes del archivo.
“Esta hermosa casa fue su centro porque fue su hogar”, subraya Cánepa, “aquí nacieron sus hijos, sus afectos, aquí seguramente disfrutó de triunfos y tuvo el apoyo de su familia y amigos en las derrotas; aquí probablemente se inspiró para escribir sus discursos y escritos, aquí soñó y materializó el Museo de Arte de Ponce, un proyecto fundamental de su vida, recibió a amistades y compartió su pasión por la música”.