Las responsabilidades que me embargarán en un futuro serán mayores que mi deseo de analizar el proceso de cocinar un pancake.
Por Xiomalys Crespo / Colegio Sagrada Familia, Ponce
Las vacaciones se acabaron y mi reloj biológico es naturalmente un desastre. Para mantenerme despierta, el cerebro me pide azúcar, y yo lo complazco porque nos conviene a ambos: cocinaría un pancake. No lo había vuelto a intentar desde que quemé el último; mi gula había sido tanta, que el pancake dio un salto olímpico del sartén a la hornilla. No había sido un día particularmente alentador -finales- y comencé a llorar cuando vi despilfarrada mi comida de consuelo.
Esta vez sería diferente. El primero terminé botándolo a la basura, pero no dejé que un intento fallido socavara mis intenciones (la hora era alarmante, pero mi hambre, más aún). Un poco más de mezcla con una que otra modificación y al sartén. Espero con ansias y me preocupo cuando le surgen orificios; parezco toda una madre primeriza. Cuando logro voltearlo, la simetría que exhibía me obligaba a preguntarme si me había quedado dormida y solo era un sueño (no, nada de sueño). Ya emocionada, lo volteo para que se siga cocinando e inmediatamente me decepciono: la hermana fea del pancake, en todo su apogeo. ¿Cómo un alimento podía ser tan paradójico? Necesitaba dormir, era evidente. Pero luego, lo pruebo y era la gloria en plato: bastante esponjoso, pero no demasiado, con solo un mero indicio de canela concentrado en la aureola. ¿Lo mejor? Todo mío.
Luego de reflexionar, pensé que las responsabilidades que me embargarían en un futuro serían mayores que mi caprichoso deseo de hacerle un análisis psicológico a los procesos de cocinar algo tan simple como un pancake. En algunos años, tendré que trabajar y cocinar para alimentar a mi familia. Si soy honesta, lo más que me asusta de graduarme en pocos meses, es justo eso: cómo, al madurar, uno olvida comportarse de manera infantil y soñar con cosas consideradas tontas, cómo la juventud no desaparece, sino que la ves escabullirse entre tus dedos y tus intentos de cerrar la mano para mantenerla contigo ya no parecen ser suficientes.
En vez de resolución de año nuevo, entonces, deseo hacer mi resolución de graduanda: no olvidaré que mis años de escuela superior y mi adolescencia fueron tan satisfactorios como la noche en la que cociné un pancake perfecto.