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Cultura
2 de julio de 2012
10:50 a.m.
 

Salieron de aquí

Visitamos a algunos de los protagonistas del cortometraje “Mi Santa Mirada” en el barrio La Marina en Isabela para ver qué hay detrás de esa mirada

 
Los muchachos de la mirada: Eric González, Jonathan Rodríguez Betancourt, Amaury López López, Manuel Giraud, Alvaro Aponte Centeno,Joseph Martínez Pérez, Walter Lucena y Rafael Mercado Berríos. END / Jorge A. Ramírez Portela

Por Ana Teresa Toro ana.toro@elnuevodia.com

En este lugar decir calle es decir casa. Recostarse en la esquina es como entrar a la sala. Las aceras son lugares íntimos, propios. Un día cualquiera una mujer trabaja con su máquina de coser en el balcón, los niños van de esquina a esquina buscando la sombra, pasan los carros, las motoras.

En este lugar casi todo el mundo se conoce, en los techos se ve alguna que otra propaganda política, hay ropa tendida, un mural del muerto que toca recordar y la vista al mar se interrumpe de cuando en vez por el tendido eléctrico. Aquí decir “aquel se retiró”, es decir que ya no está en la calle, que se ha ido a alguna parte. Aquí decir calle, es decir estar vivo.

Llegamos un miércoles al sector La Marina en Isabela. Después de dos o tres calles, subimos por la esquina de La gozamba del gallo, una promesa de negocio que no llegamos a ver abierta. Nos estaban esperando. En los barrios siempre se espera. 

Elizabeth Berríos Rosario nos invitó a su casa. Allí conocimos a su hijo, el muchacho de la santa mirada. Se trata de Rafael Ángel Mercado Berríos, “Rafito”, el protagonista del cortometraje “Mi santa mirada”, de Álvaro Aponte-Centeno, que recientemente se convirtió en el primer trabajo de un puertorriqueño nominado a la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

La historia no es nueva: violencia, traición, asesinatos crudos. Pero a decir verdad, esta historia siempre lo es, sobre todo cuando es tuya, cuando te toca. Para contarla, el cineasta no buscó actores profesionales, quería otra cosa, un cantazo de verdad tan específico que no apareció hasta que se topó con la mirada de Rafito. 

Hay que entenderlo. Este hombre de 30 años, con un demonio tatuado en el cuello, con un cerquillo perfecto y un arco delgado en las cejas que resguardan sus ojos, tiene por mirada un par de pozos hondos de verdad. Mirarlo te da la sensación de que te pierdes en un abismo extraño donde hay tanta rabia como ternura. 

Había salido de la cárcel el Día de los Padres y en la sala, frente a su madre Elizabeth, habló un poquito, a su ritmo de voz ronca, tímida pero precisa. Rafito personificó a un hombre que traiciona al dueño del punto, lo que se dice “un insecto”. 

“Me identifico con él en el carácter porque yo soy así callaíto pero a la hora de la verdad...”, admite convencido de que era importante contar esa historia. “Son las consecuencias de la calle, él tuvo control del caserío pero no siguió las directrices... Esa es la realidad de la calle, a veces peor, pero es bueno que la gente sepa lo que se vive. La vida no es un chiste”, reflexiona con esa sabiduría del que conoce bien de cerca todas las fracturas del concreto.

Fue la misma lógica de la calle la que lo hizo comprometerse con el proyecto que comenzó cuando Álvaro encontró a Manuel Giraud “Babalú Machete”, un cantante de hip hop y tatuador, en un vídeo colgado en You Tube. A través de él llegó el resto de los muchachos que un día dejaron Isabela para asistir al casting en Miramar. Babalú los llevó, como siempre los lleva para los vídeos y las canciones que graba por el barrio. 

“No podía creer que me habían escogido como protagonista. Después de esta experiencia yo sé que soy alguien. Antes era Rafito, ahora sé que puedo lograr cosas. Si hubiera los recursos, aquí hay talento de más”.

Acción de mentira

Hace un año la filmación se llevó a cabo en el residencial Torres de Sabana y en el barrio La Perla. Los siete jóvenes de Isabela se quedaron durante una semana en la casa de Álvaro. “Dormíamos todos en dos mattress, fue un vacilón”, recuerda Rafito. 

Lo difícil fueron las largas horas de filmación. “Nosotros no estamos acostumbrados a eso, siempre estamos un ratito aquí, diez minutos allá, eso fue un poquito difícil”, dice, “de Álvaro aprendí la paciencia”.

Difícil también fue subir y bajar muchísimas veces los diez pisos de una de las torres del residencial para filmar una de las escenas. “Pero nosotros dimos nuestra palabra y estábamos cansados y eso pero íbamos a seguir”, explica Rafito, “lo más bueno de la calle es la palabra, lo más malo es la traición que se paga con sangre. Lo que te hace valer a tí es la palabra no el dinero”.

“Hicimos un contrato verbal y ellos se comprometieron”, añade Álvaro.

Lo de las escaleras se les quedó en la mente. “Nosotros estuvimos allí solo unos días pero ésa es la realidad de esa gente; veíamos a la señora 

subiendo la compra diez pisos, el abandono”, comenta Álvaro que está sentado a mi derecha y mirarlo después de un rato mirando a Rafito a los ojos es un contraste bien grande. 

Así, un contraste, debió haber sido ese encuentro, entre este muchacho blanquísimo que se quema rojo y se pone rojo también cuando se avergüenza y Rafito, de piel tostada y ojos oscurísimos. “Lo vimos blanquito, de ojos claros y rápido pensamos, ‘este es federal’. Dudábamos al principio pero cuando empezamos a ver las cámaras sabíamos que esto era en serio”, rememora Rafito.

Y es que verlos a todos juntos es ver dos pedazos de país. “A mí'' me da mucho coraje porque sé que hay tantas personas que no han tenido las oportunidades de estudiar que yo tuve, por ejemplo”. Lo dice Álvaro con su gorra de Ismo, con pantalón azul clarito y camiseta blanca, con sus gafas cuadradas y el reguero de rizos sueltos. Lo escucha Rafito con sus pantalones anchos de boxers por fuera, con los tennis blancos inmaculados, recién recortado, limpio.

Hubo un punto intermedio. Cuando acabó la filmación agarraron a Álvaro entre todos y le afeitaron el pecho. Eso de andar pelú no es cosa de este barrio.

“Más con vida”

En Río Piedras ensayaron algunas escenas en la glorieta de la Universidad de Puerto Rico y fueron dándole forma a sus personajes. Álvaro trabajó una dirección más fragmentada, escena a escena adaptándose al hecho de que eran primerizos.

“Lo más importante de todo este proyecto para mi, a nivel espiritual, es que mucho más allá de hacer cine o hacer arte es conocerlos a ellos, que me han servido de puerta para conocer otras realidades que hay en mi país y esto también es un ejemplo de las cosas que se pueden lograr sin palas. 

Para mi significa todo que esto haya salido de aquí, de esta casa (en Isabela) donde hicimos la prueba de vestuario”, reflexiona Álvaro.

La primera vez que Rafito se vio en la pantalla, le gustó lo que encontró. “Me ví hasta más gordo, más con vida, bien, me gustó la sencillez del personaje”, acepta.

La noticia de que el corto viajaría a Francia la recibió en la cárcel. “Me ví en las noticias y mirando el periódico encontré una foto y dije, ‘este es Álvaro’”. 

Ahora que salió de la cárcel sueña con tener su propia barbería. A lo mejor en eso piensa cuando mira al mar de madrugada, le gusta el amanecer y habla de eso con más credibilidad que un poeta.

“Quiero ser independiente de todo, que mis hijos sean felices, que mi ‘mai’ esté sin preocupaciones porque yo he dado mucha candela. Toda mi vida entrando y saliendo de prisión, como doce años llevo en eso. Lo más que me duele es haber perdido el tiempo, eso no se recupera”, confiesa. 

A la casa ya ha llegado Babalú, que tendrá unos diez años más que Rafito y vive en el barrio desde el ‘83. El hombre tiene una sonrisa contagiosa, un par de pantallas de brillantes que distraen y un deseo de hacer cosas, una energía que dan ganas de irse con él a trabajar.

“Vamos buscando oportunidades. Para nosotros era importante enseñarle a la gente que pueden hacer otra cosa, siempre se piensa mal de la gente en los guettos pero aquí hay mucho talento... Gracias a Álvaro fuimos parte de esto, somos parte de la historia”, aporta Babalú. 

Al rato nos fuimos a la calle a hacer un par de fotos. Allí Joseph Martínez “Lagarto”, de 23 años, nos habló de esa “experiencia que nunca me imaginé vivir”.

“Me gustó, me gustó mucho eso de actuar. A fuego”, dijo por el otro lado Jonathan Rodríguez “Fosforito”, de 21 años.

Nos despedimos en la esquina, a dónde regresan, ese epicentro de todos los barrios en el que todos los días pasa de todo y no pasa nada. 

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