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Estilos de vida

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16 de septiembre de 2012
Mi bienestar
 

Sandy Moreau y la fuerza de las ganas

A sus casi 76 años el camarógrafo Sandy Moreau se mantiene activo documentando la historia diaria de la Isla

Por Ana Teresa Toro / ana.toro@elnuevodia.com

Sandy Moreau llega cantando. Te mira a los ojos con una seguridad que fácilmente se confunde con coquetería. Canta y el extrañamiento de la gente -sobre todo de aquellos que no le conocen- en un par de segundos se torna en una sonrisa espontánea, se relajan los rostros de ceño fruncido y la gente se deja ir un poco. Al menos, mientras la duración de la canción que casi siempre es algún éxito de José José, a quien considera su amigo. Se conocen, han reído juntos.

El otro día, como casi siempre, llegó a una oficina de gobierno con su cámara y su trípode a cuestas. Cada uno pesando poco más de veinte libras que sus brazos cargan sin protestar. Con ejemplos como el suyo es fácil entender eso de que los músculos tienen memoria.

En el vestíbulo de la oficina compañeros periodistas esperan. Sandy llega y casi les da un concierto.


-El siempre canta, dice una de las periodistas.

-Para mí todas son la única y la más hermosa, les dice Sandy.

Sobran las carcajadas. Allí todo el mundo lo conoce y no es para menos, a sus 76 años es el camarógrafo activo que durante más tiempo ha servido ininterrumpidamente en un canal de televisión. En su caso, lleva 43 años en Telemundo. Ha conocido y filmado a todos nuestros gobernantes, ha documentado algunos de los momentos más duros en nuestra historia como la tragedia del barrio Mameyes en Ponce en el 1985 o el fuego del Hotel Dupont Plaza del Condado en el 1986; el Caso del Cerro Maravilla, los recibimientos a nuestras múltiples reinas de belleza, nuestros artistas de diversas disciplinas, momentos felices y siniestros como asesinatos y masacres. Décadas de historia han desfilado por el lente de más de una de sus pesadas cámaras.

Verlo cargándola es un acontecimiento. Es delgado, pecoso aunque dice que “esas son nuevas, me han salido después de viejo”. Arrugas tiene pero se le ve una fuerza que las disfraza. Agarra la cámara, se la trepa al hombro y camina por ahí colándose entre la gente para hacer su trabajo.

“Lo mío es que lo que yo filme sea lo que pasó de verdad. No creo en eso de poner cosas que no son”, revela sobre su ética de trabajo que no le permite entender cómo es eso de que hay gente que no quiere trabajar. “Ahora mucha gente es vaga de nacimiento. Yo los cogería a todos y los metería en una olla”, dice medio en broma y medio en serio.

Le gusta el chiste y el relajo sin dejar de ser un caballero. Es atento y amable con todos. Galante pero sin pasarse, es alegre sin ser payaso, sencillo sin ser aburrido.

Nos encontramos con él un miércoles al inicio de su jornada laboral.

Eran las seis de la mañana y Sandy ya estaba en el canal. Salimos con él en ruta hacia Lares. Una mujer asesinada por violencia doméstica, una de las muchas escenas que Sandy ha documentado en su vida. Al rato una conferencia de prensa, más tarde una entrevista con un actor.

Caballos y aventuras

Antes de todo ese trajín de vida Augusto César Moreau Figueroa -el nombre que le pusieron- era un niño que se crió por Hato Rey. Su padre era zapatero. “Hacía botas, zapatos a la medida, sillas para jinetes. Mi mamá era ama de casa y después fue la presidenta del sitio donde mataban las vacas. Yo iba por allí pero nunca maté ninguna, eso no me gustaba”, cuenta Sandy, quien obtuvo su apodo luego de que uno de sus hermanos le añadiera el Sandino a su nombre tomando como referencia el nombre del revolucionario nicaragüense Augusto César Sandino.

“Cuando entro a la escuela se dan cuenta de que no me habían inscrito porque mi papá corría, pero no es que fuera atleta”, dice entre risas y añade que en su casa eran tres, dos varones y una mujer. Pero habían otras casas y otros hermanos, uno de los cuales lo inscribió y así quedó Sandino.

Su padre murió cuando él tenía 4 años y su madre cuando tenía 12.

De esos años recuerda su pasión por los caballos. Abre su cartera y nos enseña una foto vieja. Se ve un niño pequeño que quería ser jinete. “El esposo de mi hermana era jinete y me habló de eso y a los pocos días ya yo estaba en el hipódromo, montado en los caballos todos los días”.

Pero un día cometió un error. “Había uno que no quería correr y lo toqué con una batería y me sacaron. No podía volver en cinco años”, recuerda y nos explica cómo eso de las baterías y los caballos. Aquella era una yegua y se llamaba Misrocul.

El suceso tuvo un poco que ver con su mudanza de la Isla a Nueva York. Allá se fue a los 12 años detrás de una amiguita a la que nunca llegó a ver. Se fue a vivir con un tío y trabajaba vendiendo discos en su tienda. “Fueron años buenos, de buena música, buena ropa. Yo vestía de guille, trajes hechos a la medida. Había baile todos los viernes, sábados y domingos. Íbamos mucho al cine, al Teatro Puerto Rico”.

Algún lío con alguna dama -que no está muy claro en su memoria- lo trajo de vuelta a Puerto Rico. “Llegué de 21, 22 años y empecé a trabajar en ebanistería pero me empezó a hacer daño el polvorín”.

Poco tiempo después, recibió la llamada que le cambiaría la vida.

Televisión y adrenalina

“La primera persona que me puso una cámara en mis manos fue Bilín Ruíz que era el gerente general de este canal y que Dios lo tiene en la gloria”, narra.

“Él me conocía y me preguntó: ‘¿qué tu sabes de televisión?’ y yo le dije: sentarme a verla. Entonces el me dio su cámara y me dijo: ‘Esta es la cámara mía. Vete a la calle y tráeme lo que tú creas que es bueno para tí’. Yo nunca había cogido una cámara de esas pero fui, le dí el rollo y me quedé con la cámara. Aquí antes no habían escuelas para enseñarle a los técnicos. Desde ahí me dijeron: el trabajo es tuyo y vas para noticias”.

Entonces, se convirtió en Sandy Moreau.

“Del trabajo me gusta todo, la acción, uno siempre está ahí, es el primero en llegar... Llegará el día en que me digan mira, Sandy coge tu maleta y vete, pero yo no me voy por voluntad mía. Yo no encuentro hueco para irme. Los sábados y domingos estoy metido en casa y no encuentro qué hacer. Yo de aquí salgo, duermo un rato y me voy a jugar billar a El Humito en Trujillo Alto”.

Tuvo dos hijos con su esposa Antonia Cintrón con quien estuvo casado 44 años. Ella perdió la vista y cuentan quienes lo conocen que Sandy siempre iba a buscarle audiolibros para que ella los escuchara. “Fue mi ángel guardían”, dice. Él también pasó sus malos ratos, tres infartos y uno con cirugía incluída. La cicatriz la muestra orgulloso. Es finita, casi imperceptible.

En el oficio mucho ha cambiado, antes eran menos canales. “Ahora hay canales y canalitos y de todo”, y la competencia es más fuerte. La digitalización ha transformado los modos de trabajar y según dice, muchos reporteros no son como los de antes. “Había una sensación de equipo, ahora cada cual va a lo suyo”, reflexiona.

También ha visto cambios en el escenario político. “Ya no se ve al político comprometido con la gente, que está ahí porque quiere ayudar, ahora los ves entrar descalzos y salen trajeados, quieren ayudar, pero ayudarse a ellos mismos”.

Algunos políticos, incluso, relajan con él. -Cántate algo ahí, Sandy.

Pero en medio del trabajo no hay tiempo para esas cosas. Se pone serio, prende la cámara y sigue.

Eso sí, cuando la jornada acaba y nos sentamos a hablar sin prisa dice que lo de cantar le viene de niño, que en su familia todos cantaban y que al sol de hoy si hace falta su voz para un trío de serenata está más que dipuesto. “¿Quieres una?”

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