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20 de marzo de 2012
Puerto Rico solidario
 

Santa Aula Verde

Santa Quiñones aprendió a valorar más la paga emocional que el salario

Santa Aula Verde
Como voluntaria del mariposario del centro ecológico Aula Verde, Santa Quiñones conoció la capacidad que tiene para aportar a la sociedad y también supo de la satisfacción de trabajar por otros aun cuando la labor es sin remuneración.(EL NUEVO DÍA / CARLOS GIUSTI)

Por Lilliam Irizarry Especial para El Nuevo Día

Los muchos  años en que Santa Quiñones vivió encerrada en sí misma pensó en todas las salidas posibles, incluyendo la muerte. No fue hasta que se convirtió en voluntaria del mariposario de Aula Verde, donde llevaba más de 10 años trabajando, que comenzó su metamorfosis. 

Quiñones perdió su salario en octubre pasado cuando el tribunal federal eliminó los fondos para la investigación de métodos alternos de rehabilitación que se asignaban a una corporación sin fines de lucro como parte del caso judicial por hacinamiento carcelario Morales Feliciano. Pero en vez de irse para su casa, ella decidió quedarse como voluntaria de ese proyecto. 

“Ahora es que he comenzado a conocer la verdadera Santa que vive dentro de mí”, expresa la mujer de 56 años, que llegó allí como parte de un programa que brindaba trabajo asalariado a personas que cumplieron o estuviesen cumpliendo una sentencia suspendida. 

Aula Verde es un proyecto de ecología urbana en Río Piedras que opera como un amplio salón de estudios al aire libre donde se imparten talleres a niños y jóvenes. Cuenta con un laboratorio, un vivero, un mariposario y 3,000 metros cuadrados de bosques, jardines y estanques donde los estudiantes aprenden de ciencias y de protección ambiental mientras disfrutan del contacto directo con la naturaleza. 

Tras la eliminación de los fondos,  la mayoría de los empleados se vieron forzados a abandonar el proyecto en busca de un salario, por lo que ahora Quiñones tiene que hacer de todo, incluyendo viajar por la isla en busca de huevos de mariposa, alimentar orugas, hacer contacto con las escuelas para que traigan estudiantes a conocer el lugar y dirigir los recorridos, entre muchas otras tareas. 

La voluntaria reconoce que “al principio fue fuerte” quedarse sin salario, pero asegura que ya no le preocupa tanto. Por lo pronto, vive del cheque del desempleo y de la satisfacción que le provoca aportar a que las nuevas generaciones aprendan a amar y proteger la naturaleza. 

Cuando se le pregunta si no es demasiado sacrificio permanecer en Aula Verde en vez de buscarse un trabajo remunerado, responde: “esto no se puede dejar caer… Todos tenemos un propósito en la vida y el mío es estar aquí, además de que me encanta”. 

Y es que Quiñones no siente que esté desempleada; lo que no tiene es salario, que no es lo mismo que paga. De esa sí le sobra. “Aquí he aprendido a perdonar, a mirar de frente y a decir la verdad”, enumera entre sus múltiples ganancias. 

“Aquí dejé de ser un esqueleto y adopté la metamorfosis de la mariposa”,  añade sobre el proceso que la transformó en una persona con conciencia comunitaria y responsabilidad social. 

Su mayor paga, sin embargo, la recibe de menores como Elspeth Robinson, una niña escocesa de cuatro años que llegó a deshora a su oficina para preguntar si allí podía capturar mariposas. 

Aunque solo estaban la niña y su mamá,  Quiñones decidió darles el recorrido, en el que les explicó los diferentes componentes de un bosque tropical urbano y los procesos de propagación de plantas y de reproducción de mariposas, entre otros temas. 

Y como siempre, se guardó para el final su mayor retribución: abrir la puerta de entrada al mariposario y observar la cara de emoción de Elspeth al ver las mariposas volar libremente. “La carita de ella vale más que un cheque en blanco”, afirma la voluntaria que, sin proponérselo,  motivó que la niña le pidiera a su mamá que dejaran libre allí una mariposa verde que había traído capturada desde su casa. 

En la actualidad, el proyecto sin fines de lucro no tiene empleados asalariados. Sobrevive gracias al voluntariado y al donativo de entrada de visitantes y estudiantes. Para Quiñones, con o sin salario, en Aula Verde y todo Puerto Rico queda mucho trabajo por delante.  Por eso son tan importantes los voluntarios. 

“Si hubiera más gente haciendo trabajo voluntario, serían menos las personas que se preguntarían ‘qué el país puede hacer por mí’ y más las que se preguntarían ‘qué puedo hacer yo por el país’”, afirma.

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