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De Viaje

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2 de julio de 2013
10:37 a.m. Modificado: 11:50 a.m. De Viaje
 

Sube y baja en el cerro del Bolo

Llegar a El Fogón del Bolo, en el corazón de Orocovis, es una aventura apta para toda la familia en la que se experimenta la típica vida puertorriqueña de campo. Mira el vídeo

 

Por Yaritza Rivas / yrivas@ELNUEVODIA.COM

Ya sea en un vehículo todo terreno,  o un camión 4x4 bajando por los riscos de la finca Guaraguao de Orocovis, la misión es llegar a El Fogón del Bolo. 

Los variados tonos verdosos motivan a inhalar profundo, mientras vamos por el camino pavimentado del barrio Pellejas  -que advierte probar los frenos porque es hora de bajar la jalda-. Esta es la ruta para vehículos regulares o todo terreno donde hay casas de campo y vecinos amables. La ruta  4x4 es aún más empinada, en tierra, con vacas y llena de adrenalina.  

Uno llega  por su cuenta a la finca del Bolo. Voy junto a Lorimar Santo Domingo,  directora del Departamento de las Artes, Turismo y Cultura del Municipio de Orocovis, y  el oficial Luis Colón, de la recién estrenada Unidad Turística del Departamento de la Policía de Orocovis. 

 Al bajar, una casa en madera con techo a dos aguas y un balcón en cemento antiguo invita a sentarse a mirar el verdor. Los sentidos despiertan en esta finca  del sector Pellejas antiguamente cultivada con café y yautía,  y en la que hoy se levantan  platanales y se cosechan calabazas de un amarillo-naranja brillante.


El Bolo llega a recibirnos con ímpetu, como solo sabe hacerte sentir un campesino hospitalario de pura cepa. 

 De inmediato el fotoperiodista, Tony Zayas,  bromea con su apodo: “ya veo por qué te dicen Bolo”. Y el Bolo se soba la cabeza pelada y se ríe con ganas. Antes, me comentó  que este apodo (su nombre es Raúl Colón Torres) se lo dio su padre Luis Colón Meléndez, a quien le encantaban los gallos.

 Fue de don Luis y su madre Angelita Torres Ortiz que el Bolo aprendió a querer el río y la tierra; a lanzarse por los riscos sin pena, a pescar buruquenas y guábaras. Aún pesca en familia en el río Bauta, que pasa por la propiedad de tres cuerdas. Otras 14 cuerdas están cosechadas con plátanos y calabazas.

Bolo compró estas tierras a sus hermanos quienes  como él emigraron a la ciudad y habían dejado la finca deshabitada.  Decidió restaurar la casa de sus padres que el huracán Georges hizo trizas.  

 De la casa solo queda el antiguo balcón, donde recita con orgullo una placa en madera en la que honra a sus padres y hermanos. 

Adentro, hay una sala rústica con ventanales, guitarras, mesa de dominó y un guaraguao disecado. 

  “El guaraguao dura 70 años. A los 40 muda su plumaje, uñas y vive 30 años más”, dice El Bolo.

La casa  está rodeada por mesas, bajo un techo de zinc,  que tienen vista a la montaña y otras mesas, estilo picnic, al aire libre. 

Al  frente hay  una piscina de cuatro pies con acceso para personas con alguna discapacidad. 

Cerca se ubica el fogón, que ya está encendido y huele al sazón del  hogar. 

 Junto al fogón están las jaulas de guábaras y buruquenas (suena como bru-que-na). 

“Las tengo por dos semanas, le doy maíz en lo que se limpian, como los jueyes”, explica El Bolo mientras su familia merodea la finca y disfrutan de la piscina. 

Este crustáceo es endémico de  Puerto Rico y se considera una delicia. 

Bolo dice que cuando estos cangrejos marrones de agua dulce comen, se ponen vagos y suelen echarse una siesta. Se pescan de noche y hay que tener cuidado con sus fuertes bocas. 

De la cocina salen en salmorejo, a la criolla  y  guisada con arroz. Las guábaras también se guisan en un gustoso arroz criollo acompañado con habichuelas guisadas. 

 Además, en el fogón hacen arroz blanco o  guisado con gandules, mollejas en salsa,  pollo en tiras al ajillo, pernil asado, carne frita, maduro, tostones, y algunos  domingos preparan viandas con bacalao y  sancocho prieto, el cual lleva viandas que manchan como el guineo y el plátano. Cuando hay camarones, también los confeccionan y se piden como todos los platos desde una ventana en la puerta del fogón. Los platos empiezan en $8.50.   

“Cuando me quedé sin trabajo como contratista, me acordé de lo que me dijo mi padre: ‘Los bueyes aran con lo que tienen’. Y esto era lo que tenía. Compré el terreno a mis hermanos y  quise hacer este lugar. Me decían: ‘Estás loco’. Pero a mí me gusta estar en la casa de mi niñez.  Ya quisiera que todos los locos fueran como yo”, dice el Bolo de la casa de su infancia ahora convertida en un lugar donde los visitantes pueden experimentar las estampas del campo, ir al río, mojarse, pescar o bajar en un anfibio hasta la charca las Calderas, donde hay una cascada. 

“A los niños les encanta El Bolo Loco”, dice del anfibio donde va campo abajo con los chicos.

 El restaurante abre sábados y domingos. Conviene llevar binoculares, muda de ropa y  toalla. Además, zapatos como para enfangarse.

En el lugar no hay sistema de tarjetas. Solo efectivo. Y es que en la alejada finca, la  señal de celular está ausente. 


El Fogón del Bolo

Barrio Pellejas #1 Sector Los Colones, Orocovis

Carr. 590 Sec. La Francia (Entrando por Guaraguaito)

• Abre sábados y domingos

• Se alquila la casa para actividades privadas de lunes a viernes.

• Se puede pernoctar en habitación rústica, por $100 la noche

• Se puede acampar

787.359.5921


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