El flechazo de Cupido los llevó a echar raíces en la Isla, seduciendo además a los fanáticos de la gastronomía
Por Luis R. Trelles / Especial para El Nuevo Día
Comida y amor: como en una buena comedia romántica, esos dos parecen estar hechos el uno para el otro. También son la base de una historia que se repite entre varios chefs internacionales que han echado raíces en Puerto Rico. Llegaron a la Isla desde diversas partes del mundo para conocer a sus parejas puertorriqueñas, quienes terminaron por atraer sus talentos culinarios a San Juan.
Ya sea por medio de una pasta italiana hecha a mano, una colorida serie de tapas españolas o las aromáticas especies de Turquía, los chefs Suleyman Yilmaz del restaurante turco Ali Baba, Christian Darcoli del restaurante italiano Pinoli y Gaspar Ballesteros de La Bodega Vasca se lanzaron a la conquista de quienes ahora son sus esposas armados con recetas y lo mejor de la gastronomía nacional de cada cual.
En cada caso el resultado ha trascendido la relación. Los chefs enamorados no solo se ganaron a las chicas boricuas que los atraían, también terminaron por ganarse a una clientela fiel a nivel local. Pero antes de abrir sus puertas en San Juan sintieron el proverbial flechazo, tal parecería que Cupido es un buen crítico gastronómico.
De cara a San Valentín los tres cocineros comparten la historia de cómo conocieron a sus esposas. Estos son, en esencia, relatos de cenas memorables, y de los ingredientes que crean lazos duraderos.
Picnic en Turquía
Cuando Suleyman Yilmaz cuenta cómo conoció a su esposa Brenda Almodóvar, la historia rápidamente se convierte en una fábula. El chef de Ali Baba relata que se encontraba de vacaciones en San Juan cuando la vio por primera vez. “La conocí en una zapatería”, dice. “Y a los 10 días de conocerla ya quería cerrar el restaurante que tenía en Turquía para estar acá con ella”.
Brenda, que se encarga del salón y del servicio al cliente en el restaurante, tiene su propia versión. “¡No fueron 10 días, Suleyman!”, le recuerda. “En realidad volvió unos meses después”, aclara. El trato entre ellos es juguetón y casual, y se nota en la manera en que él tiende a la hipérbole y ella a los hechos que se complementan.
Los seis años que llevan juntos han transcurrido entre Puerto Rico y Turquía. Cada capítulo en su relación parece estar marcado por una comida, lo que reafirma que la ruta al corazón de un hombre, o de una mujer, pasa primero por el estómago. En el caso de Suleyman y Brenda, esa ruta también tuvo una escala en el pueblo de origen de él en Turquía.
“Justo antes de que nos casáramos yo fui a su pueblo de Çanakçi, porque quería conocer su país”. El pueblo queda en la región del mar Negro, y cuenta con una comunidad con lazos estrechos y familiares.
“¡Mi familia extendida es inmensa! Somos como 5 mil”, dice Suleyman emocionado, y no queda del todo claro si ha vuelto a exhibir su talento para una buena historia.
En todo caso, la comida que Brenda experimentó allí, rodeada de las tradiciones de quien pronto se convertiría en su marido, terminó por ganársela por completo.
“Allá suelen comer todos juntos al aire libre, en la grama o sobre alfombras, alrededor de una mesa redonda”, dice. “El manti, que es como una pasta turca, estuvo exquisita. La comíamos todos de la misma cacerola”.
“También me pidió que me casara con él en Estambul, eso fue inolvidable”, añade.
Regresaron a Puerto Rico guiados por la convicción de que este era terreno fértil para un restaurante turco y no se equivocaron: los comensales locales no tardaron en favorecer la sazón de Suleyman. El año pasado abrieron un restaurante nuevo, Ali Baba en el Condado Village, luego de pasar unos años en Turquía.
Pero no todo ha sido amor al primer bocado de cordero y guisos de vegetales, platos característicos de la cocina de Ali Baba. Él también encontró un gusto por la comida criolla. “En nuestro día libre, los lunes, yo le cocino asopao”, cuenta Brenda. “Es lo único que sé cocinar”, añade.
Mientras menciona esto a Suleyman se le encienden los ojos: “Asopao, ¡me encanta!”. Su reacción comprueba la sabiduría popular: los opuestos atraen casi tanto como el asopao y el baba ghanoush.
Amor transatlántico
Antes de que Christian Darcoli abriera el restaurante Pinoli en la avenida De Diego, cerca de la avenida Roosevelt, había estado trabajando en restaurantes en Londres. Eso fue hace 20 años y, según él mismo cuenta, necesitaba un cambio.
“El clima era frío y gris, así que conseguí trabajo en un crucero, para conocer el Caribe”, dice. En el momento no se sospechaba que el viaje que lo llevaría a una isla caribeña que a duras penas podía identificar en un mapa le cambiaría la vida.
Su esposa María Serra también estaba por tomar el mismo crucero. “Esa fue una casualidad tan grande”, menciona ella. “Mi mamá tenía una agencia de viajes y a mí no me tocaba ir en ese crucero, le tocaba ir a una compañera, pero ella tuvo un contratiempo y fui yo”.
Encuentros inesperados, casualidades fortuitas, eso era lo que le esperaba a ambos a bordo del Monarca de los Mares, donde Christian vio a María por primera vez. “Fue un flechazo”, describe. Para evitar problemas con sus jefes, que lo hubieran podido despedir si lo veían invitando a salir a una pasajera, esperó hasta que María saliera del barco en una parada en St. Thomas para hacer su acercamiento.
“Para la primera cita me llevó a Magen’s Bay en St. Thomas”, recuerda María. Y Christian a su lado exclama: “Si no fuera por Magen’s Bay…”.
Aquel primer date encendió una chispa, y ambos terminaron en una relación que transcurrió de manera transatlántica por un tiempo. Mientras María continuaba su trabajo y sus estudios en San Juan, Christian seguía trabajando en restaurantes en Londres y en el estado de Maine en Estados Unidos.
La primera vez que Christian le cocinó a María fue en un momento crucial, pues no solo tendría que prepararle comida a ella sino a sus padres también. Su papá, el conocido poeta Wenceslao Serra del colectivo de poesía Guajana, aún no estaba del todo convencido de aquel italiano que estaba saliendo con su hija. “Mi papá casi tenía la pistola lista”, menciona María en son de broma.
Christian echó mano de su recetario para ganarse la simpatía de sus primeros comensales puertorriqueños por medio de su paladar. “Hizo pescado fresco al horno con risotto”, recuerda María. La sobremesa ha sido grata y extensa: ella y Christian se casaron a los cinco años de haberse conocido, y en el 1999 Christian abrió Pinoli. En el transcurso también tuvieron dos hijas, Sofía y Carola.
Si bien Christian se ha convertido en uno de los chefs más reconocidos de comida italiana en Puerto Rico -con sus raviolis rellenos y el fettuccine mascarpone-, por un momento la pareja casi terminó en Londres. “Yo tenía la visa y todos los papeles listos para mudarme allá”, recuerda María. Al final los lazos familiares en Puerto Rico se juntaron con las ganas del cocinero de abrir su propio restaurante aquí. La decisión fue importante, no solo para la pareja, sino para los clientes de Pinoli que buscan la comida de Christian. Si no hubiera sido por Magen’s Bay y la casualidad de un encuentro, puede que nunca la hubieran probado.
El ingrediente secreto
Gaspar Ballesteros es uno de los cocineros españoles más conocidos en Puerto Rico. Primero con El Bodegón de Gaspar, que estuvo abierto 15 años, y ahora con su Bodega Vasca en la Carretera #2 en Guaynabo, ha cultivado a unos clientes asiduos que lo buscan no solo por sus tapas y sus mariscadas, sino por el ambiente de sus locales, que siempre incluyen música de tríos puertorriqueños.
Lo de la música es un gusto adquirido, y si no fuera por el encuentro con su esposa puertorriqueña Caridad Pascual, el chef vizcaíno quizás no hubiera llegado a Puerto Rico, donde las bohemias en el Bodegón de Gaspar llegaron a ser célebres.
Todo comenzó en Nueva York, en otra época. “Yo andaba por allá en una Feria Mundial, trabajando para un restaurante”, recuerda Gaspar. “Vi a Caridad en un baile y la invité a bailar”.
Caridad ríe a su lado, con la confianza de los 46 años de matrimonio que llevan juntos. “Él es buen bailador, pero yo tengo dos pies izquierdos, así que imagínate”.
Cualquier dificultad que pudo haber tenido en aquel primer bolero no fue un obstáculo para que Gaspar comenzara una relación epistolar con ella. Al acabarse la feria mundial el cocinero regresó a España, y desde allí le enviaba cartas todas las semanas a Nueva York, donde Caridad vivía con su familia.
“Eran otros tiempos”, observa ella. “No había la tecnología de ahora y las llamadas de larga distancia eran muy caras”.
A los dos años Gaspar regresó a Nueva York para participar en otra feria mundial. Esta vez se quedó junto a Caridad, y no tardó mucho en lo que ambos regresaban a Puerto Rico ya casados.
Cuarenta y seis años después, con dos hijas, tres nietas y la experiencia de varios establecimientos de comida a cuestas, la relación se mantiene vibrante: se ve en la manera en que se ríen juntos durante la entrevista, con una complicidad enternecedora. ¿Cuál es la receta? “Mucha comunicación”, responde Caridad como si se estuviera refiriendo a un ingrediente secreto. También ayuda la salsa verde que Gaspar utiliza para la mariscada. “A ella le encanta; cuando cocinamos en casa me la pide”, revela él.
En todo caso, en esos 46 años los gustos evolucionan y a veces se pueden llegar a intercambiar. “A él le encantó la música de aquí desde el momento en que llegó”, recuerda Caridad. “A mí, en cambio, si me das a escoger entre Paloma San Basilio y un trío, me voy con Paloma San Basilio”.
Sus restaurantes
Restaurante Ali Baba
1214 Avenida Ashford, Condado
(787) 722-1176
Restaurante Pinoli
414 Ave. De Diego, Puerto Nuevo
(787) 273-1611
La Bodega Vasca
1 Ramos Mimoso, Carretera #2, Guaynabo
(787) 705-9732