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6 de enero de 2013
Puerto Rico Hoy
 

Una vida llena de contrastes

Aunque no se ganó su sustento de la forma más encomiable, de alguna manera Isabel la Negra supo atrapar el corazón de muchos ponceños

 

/ jorge.perez@gfrmedia.com

Por Jorge L. Pérez

En la madrugada del 4 de enero de 1974, Isabel Luberza Oppenheimer, mejor conocida como Isabel la Negra, fue abatida a balazos en el interior del centro nocturno Elizabeth’s Dancing Place, su notorio prostíbulo en la ciudad de Ponce.

Fue un crimen que, como muchos, nunca fue esclarecido, llegándose a especular que la mujer de 72 años sencillamente había sido la víctima inocente de una disputa por drogas o que incluso había muerto al tratar de defender a una de sus muchachas, que a su vez resultó seriamente herida en el ataque.

También, de acuerdo con un escrito publicado en 1997 para la Revista Domingo de El Nuevo Día por Luis Antonio Rodríguez, se especuló que pudo haber sido un asesinato planeado por el dueño de un burdel competidor.

A fin de cuentas, en 1976 fueron acusados tres hombres por su asesinato, pero el caso presentado por la fiscalía resultó tan débil que los tres fueron absueltos.

Ya para entonces, sin embargo, escritores como Rosario Ferré y Manuel Ramos Otero escribían cuentos inspirados en ella (Cuando las mujeres quieren a los hombres y La última plena que bailó Luberza, respectivamente).

Y luego, en 1979, el actor y director puertorriqueño Efraín López Neris, con el respaldo de la productora Columbia, filmó, basándose en su vida, la cinta Life of Sin, con libreto del escritor Emilio Díaz Valcárcel y una galaxia de grandes actores puertorriqueños, incluyendo a Miriam Colón en el papel estelar, José Ferrer, Raúl Juliá y Henry Darrow.

Más recientemente, en 2006, la escritora Mayra Santos Febres publicó su laureada novela Nuestra señora de la noche, también inspirada en la vida de Isabel la Negra.

Oriunda de San Antón

Claro, ella tuvo una vida de película o de novela de la cual se conocen pocos detalles.

A grandes rasgos, y nuevamente tomando como base el artículo aparecido en El Nuevo Día, Isabel la Negra nació en el barrio San Antón, en Ponce, el 18 de julio de 1901, hija de una sirvienta y un albañil. En determinado momento, sin embargo, fue “adoptada” por una familia de clase alta, lo cual le permitió estudiar en una escuela católica y, a la postre, trabajar en un taller de costura.

Ya adulta se casó con un norteamericano, al parecer apellidado Lowell, quien luego la abandonó y después, presuntamente, estuvo relacionada con un abogado de San Juan, Fernando Fornaris, quien, allá para 1932, terminó dándole los fondos necesarios para que ella montara su primer negocio dedicado a la prostitución, en el barrio San Antón.

A la larga, cerraría ese burdel y lo trasladaría al barrio Maragüez, donde operaría con gran éxito.

“Lo que ella hizo fue que institucionalizó el burdel al estilo europeo”, comentó recientemente Jorge Figueroa, historiador oficial de la Perla del Sur.

Por contraste con el tipo de prostitución que existía entonces en Ponce, se dice que el Elizabeth’s Dancing Place se caracterizaba por la fastuosidad de sus decorados, la belleza de sus mujeres y el estricto apego a las reglas de salubridad que exigía su madama, Isabel la Negra.

La combinación del lujo con el control de calidad, de paso, propició que el local fuera visitado por figuras de las más altas esferas de la sociedad.

“Allí iban los miembros de la clase más privilegiada de Ponce”, asegura Figueroa. “De hecho, era famoso en todo el mundo porque casi todos los soldados que habían estado en Puerto Rico habían pasado por allí”.

Su reputación fue tal, agregó Figueroa, que incluso el Ejército de Estados Unidos hizo un ofrecimiento durante los años de la Segunda Guerra Mundial para firmar un contrato de exclusividad con el local.

“Pero ella lo rechazó”, dijo. “El contrato era para que fueran solamente los soldados y ella tenía su otra clientela”.

Entretanto, Isabel la Negra vivía una vida doble: “Era un personaje de contrastes”, dice Figueroa. “Por un lado, estaba su actividad, que, por decirlo así, era antimoral, pero también se le conocía por ser una persona muy caricativa, especialmente con los seres marginados, y por su aportaciones a la Iglesia”.

También, era muy dada al lujo.

El artículo de Luis Rodríguez la describe en su negocio “ataviada con un largo traje de noche, luciendo varias pulseras fabulosas, anillos en los dedos con piedras refulgentes y una enorme medalla sobre el pecho... la negra se abanicaba coquetamente, luciendo imponente mientras departía amablemente con los clientes”.

Pero, a su vez, Isabel adoptó, crio como su único hijo desde que tenía pocos días de nacido y a la postre dejó como su único heredero a Manuel González Morales, hijo de una de las muchachas que había quedado embarazada.

Así, por la razón que fuera, el pueblo lloró su muerte y, en los medios noticiosos, se volcó a su favor cuando la Iglesia católica no permitió que llevaran su cuerpo a la catedral como parte de su sepelio.

A su entierro en el cementerio del Barrio Canas, sin embargo, se calcula que asistieron más de 13,000 personas.

Finalmente, en el barrio San Antón se encargaron de mantenerla siempre en el recuerdo: desde principios de los noventa existe allí una calle que lleva su nombre.

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