El país no está listo para recibir a los miles de jóvenes graduados de universidad en estos días
Por Benjamín Torres Gotay / btorres@elnuevodia.com
Vuelan los birretes, los vivas y el confeti. Vienen las sonrisas y los abrazos. Se inflan los pechos y se aguan los ojos. Son una memoria lejana y manca los sinsabores y los desengaños. Un señor o una señora en atuendo medieval acaba de declararlos graduados y, en ese momento, se sienten invencibles, como si la vida fuera una rueda precisa, una fórmula matemática perfecta.
No es una hipérbole decir que en la colación de grados, los graduandos están unas pulgadas sobre el nivel de la superficie. Es al día siguiente de la graduación, con la resaca de la fiesta aún reverberando en la cabeza, que la realidad empieza a asentarse en la conciencia, como un rompecabezas que se va armando solo.
A nadie le gusta dar malas noticias, pero hay que hacerlo. Los miles de jóvenes que dejaron pestañas, horas de sueño y libras para obtener en estos días sus diplomas universitarios, salen a un país que no está preparado para recibirlos. Son malas noticias. De hecho, para ellos y para nosotros.
Estudios del Departamento del Trabajo, citados recientemente por este diario, indican que casi la totalidad de los empleos disponibles en este momento, y los que lo estarán durante los próximos años, son ocupaciones para las que no hacen falta estudios universitarios, ni lo que se paga lo que vale un diploma: meseros, cocineros, cajeros, dependientes de tienda y guardias de seguridad, entre otros.
El Gobierno cacareaba en estos días que el desempleo se redujo en 0.6%. De lo que nadie habla, porque no conviene, es del tipo de empleos que obtuvieron los que salieron de la dolorosa fila de la desocupación. Las páginas de los periódicos son la mejor crónica de esta triste verdad. Mire y piense cuándo fue la última vez que vio una noticia de una industria de importancia estableciéndose aquí. Ha habido algunas, claro. Pero lo más que vemos, y hasta celebramos, son cadenas de restaurantes y megatiendas estadounidenses.
Se trata, además, de una contradicción demasiado evidente, pero de la que tampoco nadie habla. Aquí escasean las ocupaciones formales bien remuneradas, pero sobra el dinero para consumir. No hay trabajo, pero no falta el billete para comer en restaurantes “trendys”, para comprar televisores hi-tech en megatiendas, el más reciente gadget de la imaginación de Steve Jobs o la pantaleta más exótica de la última tienda de moda. No hay empleos para que el que estudió contabilidad, finanzas o ingeniería. Pero siempre hacen falta dependientes, cajeros y guardias de esos que se paran en la puerta de la tienda a verificar los recibos de todo el que sale.
Así, pues, no es raro que se encuentre usted con jóvenes con bachillerato, o incluso con maestría, preguntándole si desea que le rellenen el vaso de su bebida o yendo a verificar si en el almacén hay el tamaño de zapato que a usted le interesa.
¿Cómo nos pasó esto?
Fácil. Por un lado, los partidos que nos han gobernado han estado por décadas atosigándonos con “ayudas”, creando, en el camino, una sociedad pasiva en la que no hay iniciativa para crear riqueza y avanzar. Por el otro, basaron todo nuestro desarrollo económico en atraer inversión extranjera con incentivos contributivos que solo pueden ser aprobados en el congreso de otro país, el último de los cuales, la sección 936, que fue muy exitosa creando empleos y clase media, cayó víctima de las fratricidas guerras políticas de toda la vida, llevándose consigo, según diversos estimados, cerca de 150,000 empleos muy bien pagos y cientos de millones de dólares que estaban depositados en nuestros bancos.
Y, por último, para completar esta ecuación diabólica, la debilidad institucional de la que padecemos no ha podido evitar el crecimiento desmesurado de una economía informal y criminal, que produce cantidades inimaginables de dinero que no es, sin embargo, la riqueza que puede poner a un país sobre sus pies, sino billetes contantes y sonantes que solo sirven para ser consumidos en el comercio que únicamente crea empleos muy mal pagos y tremendamente inestables.
¿Qué opción le queda, entonces, a todos los que en estos días se apretaron el diploma al pecho, miraron al borrascoso horizonte que les dejamos y se dieron cuenta, con horror, de que aquí no hay espacio para ellos? Tampoco es un secreto: se van de Puerto Rico. Medio millón ha cogido la juyilanga en la última década, 50,000 cada año, llevándose a otro lado el talento al que tan buen uso podríamos haberle dado si hubiésemos creado las condiciones para ello.
Eso es lo que llaman la fuga de cerebros, pero que también es fuga de voluntades, de almas, de corazones, de anhelos y de esperanzas.