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Estilos de vida

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24 de febrero de 2014
9:34 a.m. Mi bienestar
 

Vivir de apariencias

La trampa de una vida de mentiras y por encima de los recursos económicos

 

Por Ileana Delgado Castro / ileana.delgado@gfrmedia.com

Vivir simulando lo que no eres te puede convertir en una marioneta de las apariencias. (Thinkstock)

Salió del restaurante con su esposa e hijo a esperar que les trajeran el auto de ella y el suyo porque, según dijo, se habían encontrado allí. Se notaba muy contento y se lo demostró a los que también estaban allí esperando por sus respectivos automóviles cuando, con evidente satisfacción, habló de lo feliz que estaba por la cena familiar. Era un hombre muy ocupado, abogado, con mucho trabajo y casi nunca tenía tiempo de hacerlo.

 Luego de uno que otro comentario de aprobación de los presentes, llegó el auto de ella. Pero lo que nadie se esperaba era la retahíla de explicaciones que dio el hombre para que los demás supieran que aquél era un auto alquilado.

 “No se crean que ese  carrito es de ella”, dijo en tono despectivo. “¡Qué va! Ella tiene uno 'brand new', mucho mejor que ese, pero está en un chequeo y no lo pudo sacar a tiempo del mecánico”, dijo entre risas tras asegurar que lo que decía era la pura verdad, aunque nadie lo había puesto en duda.

Luego de subirse a su lujoso auto, hubo miradas de  asombro, aunque nadie pronunció  una palabra al respecto. 

Pero las preguntas quedaron en el aire. ¿Era tan importante para este hombre que unos  desconocidos supieran que su esposa manejaba un auto de lujo? ¿Qué de malo hay en guiar uno que no sea del año o que se vea viejo?     ¿Habrá mucha gente viviendo así,  aparentando  lo que tienen?

Pues, aunque no hay estudios científicos sobre ese tipo de situación, al parecer son muchos lo que viven de las apariencias, del simular que tiene más que el vecino o el amigo, que es más rico, más inteligente o con más posibilidades de sobresalir en la sociedad.  Y este señor, del que no se sabe ni el nombre, es uno de ellos.

Según algunos expertos en conducta humana consultados, es posible que la constante publicidad sobre modelos de vida ideales y la presión social lleven a una persona querer aparentar o buscar la forma de obtener eso que todos ven como exitoso,  aunque sea endeudándose o llevando una vida de mentiras.

“Los medios masivos de propaganda y mercadeo  moldean nuestros gustos, nuestros antojos de comida, lo ‘que debe ser’, lo que es apropiado y lo que no. Y esto tiene su valor. Pero si lo llevamos a un extremo y nos empeñamos en querer ser una copia exacta de esa modelo flaca, alargada, con ropas y calzados caros y finísimos; o como ese joven con los abdominales marcaditos, y varias mujeres detrás, podríamos estar creando la zapata para una frustración profunda e infelicidad existencial de alto nivel”, advierte la psicóloga y gerontóloga Ada M. Padró González.

Precisamente, destaca que cuando las apariencias e imágenes se toman como una verdad, como lo correcto y lo que debe ser, se corre el riesgo de “caer en una vida de apariencias, hueca y en piloto automático”.

“El que el  vecino tenga un Mercedes Benz o viaje dos veces al año fuera de la isla, no quiere decir que me voy a traumatizar porque yo no lo puedo hacer.  Vivir de las apariencias a toda costa, es sinónimo de procesos de maduración psicológica  incompletos. Todos conocemos personas que a lo largo de sus vidas siempre han buscado 'símbolos' materiales para sobresalir del grupo. Tradicionalmente siempre han tenido un auto europeo caro, su residencia es  de show, y todo transcurre como si ningún humano habitase su entorno”, añade Padró, quien cree que esta situación se agrava  cuando la persona   se esconde detrás  una personalidad “maquillada”.

Situación compleja

De hecho, una razón poderosa detrás de esta conducta, dice Padró,  es la necesidad que todos tenemos de “ser aceptados por un grupo X”. 

“Si el grupo (y todos los grupos son cerrados) al cual queremos ingresar y ser aceptados, es uno con características diferentes a nuestro origen, nos esforzaremos por parearnos con los rasgos del grupo al cual queremos ingresar. Hay que vivir en un lugar X, hay que tener un IPhone, último modelo o un Androide, una tableta; hay que comprar en tiendas de lujo (no en las de Todo a Peso, y el ropaje tiene que ser de marca”, agrega la psicóloga.

Pero, según la doctora en consejería profesional Monsita Nazario Lugo, del Centro Calidad de Vida, hay un sinnúmero de factores que responden a esa actitud ante la vida.

 “En ocasiones puede estar relacionada a la presión social. Lamentablemente, estamos viviendo en unos tiempos donde al ser humano se le acepta por lo que tiene o puede ofrecer a otros y no por lo que verdaderamente es como persona”, indica Nazario, tras destacar que existe una falta crasa de valores, como el  respeto, la humildad y  la empatía o capacidad de ponerte en el lugar de otro.

 “Eso  lleva a la sociedad a juzgar sin razón a quienes no pueden competir con las exigencias superfluas de una mayoría influenciada por el materialismo, auspiciado muchas veces por la publicidad excesiva del comercio”, agrega la consejera, quien cree que es  lamentable ver cómo en las tiendas, los bancos y las oficinas se atiende con cordialidad o respeto a las personas según su apariencia física, sus títulos profesionales y su carro, entre otras cosas “y no por el simple pero suficiente hecho de ser seres humanos”.

Por eso, Nazario cree que esa realidad lleva a los más débiles a recurrir a las apariencias para lograr llenar las exigencias vanas de los demás. Y cree que cuando una persona no puede competir con la exigencia social, puede llegar a manifestar este comportamiento negativo de vivir de las apariencias. 

“No podemos dejar de señalar que las personas que canalizan la presión de la sociedad, el miedo al rechazo y/o a la soledad con este tipo de comportamiento, son personas con baja autoestima, que no se sienten seguros de ellos mismos, que generalmente tienen unas carencias en sus vidas que no han sido trabajadas y le dificultan el rechazar el que dirán y vivir de acuerdo a su realidad y a sus posibilidades”, expone Nazario.

Otro de los problemas, agrega la psicóloga clínica Grisell Rodríguez, es que la gente no ha aprendido a posponer sus gratificaciones y gastan lo que no tienen para darse un gusto.

 “No tengo el dinero para el viaje pero cogí una tarjeta de crédito y me di el gusto. Por eso en este país muchos no tienen crédito porque al final no pueden pagar lo que se gastaron. Además, crecen pensando que eso es lo que hay que hacer y buscan lograr lo que quieren como sea, ya sea manipulando, robando o embrollándose”, puntualiza la psicóloga.

En ese sentido, dice que ese  comportamiento es muy peligroso y el que lo practica gasta demasiada energía tratando de construir una realidad que no existe, cosa que no es fácil porque obliga a la persona a fingir y a mentir todo el tiempo.

Educación hogareña

“Hoy día, antes de las personas casarse, además de los exámenes de sangre requeridos, se debería hacer  exámenes del estado crediticio. La realidad es que hay muchas personas que viven de las apariencias, que dan tarjetazos para mantener un estilo de vida”, opina  Rodríguez, quien cree que estas personas abundan en la sociedad actual.

“Y se convierten en entes que se creen que son únicos, que son más importante que los demás. Es el tipo de hombre o mujer que tiende a disminuir a su pareja o, peor, a vivir de ella”, agrega  Rodríguez, tras enfatizar que ese tipo de situación es resultado de la educación que se  reciben en sus hogares desde la infancia.

“Tenemos  una generación de niños a los que los padres prácticamente nunca les niegan nada. Un nene de 3 años que ya tiene un IPhone; el niño que quiere el último modelo de vídeojuegos o la bicicleta más cara. Y los padres los complacen, aunque sea a base de tarjetazos”, señala la psicóloga  , quien cree que hay más de una generación que ha crecido así.

Pero uno de los peligros es que esos niños obtienen gratificación inmediata y no aprenden a ganarse las cosas y que todo debe conllevar un esfuerzo, advierte Rodríguez. A lo que también se suma, la publicidad constante a la que están expuestos.

   “La muñeca Barbie, por ejemplo, es el ejemplo clásico de la chica hermosa que lo tiene todo y hoy, casi todas las niñas quieren ser como ella. De hecho, a las nenas se les enseña a jugar con ese ideal, a tener la casa fabulosa de la Barbie y el carro último modelo”, expone Rodríguez

Vida disfuncional

El resultado de llevar este tipo de vida, sostiene Nazario,  le quita la paz mental a la persona y lo convierte en una persona sumamente insegura de si misma, lo que  afecta más su ya pobre autoestima. 

“Además, pueden surgir enfermedades físicas y/o emocionales ya que la presión de mentir y planificar como mantener escondida su verdadera realidad, provoca mucho estrés y esto, a su vez, puede provocar que surjan condiciones de alta presión, ataques de ansiedad y depresión. También pueden descompensarse otros sistemas del cuerpo que responden a nuestros estilos de vida”, agrega la consejera, mientras resalta que vivir de las apariencias fomenta el aislamiento y la soledad.

“Llega el momento en que estar solo es la única manera en que la persona siente el alivio de ser quién realmente es, pero igualmente angustiado y molesto de tener que utilizar su tiempo preparando su próximo teatro”, analiza Nazario, al tiempo que explica que estas personas suelen tener  mucha dificultad para mantener relaciones de pareja funcionales.

De hecho, son los que  a la primera frustración que haya en la relación de pareja, agrega Rodríguez, se divorcia porque  está acostumbrado a que todo se consigue de la forma que quiere. “No entiende que el matrimonio es una cuestión de persistencia y no están dispuesto a luchar por el matrimonio porque nunca han tenido que luchar por nada”, agrega la psicóloga. 

 Y de la misma forma sucede con la familia inmediata. Por ejemplo, dice Nazario, que en ocasiones niegan su familia, se avergüenzan de ella y llevan una vida de rebeldía en la casa, mientras aparentan afuera e intentan ser “luz de la calle, oscuridad en la casa”.  Una doble vida que, según dice, termina por destruir lo verdadero de su existencia.

Otra consecuencia de esta actitud, a juicio de Rodríguez, es que esa persona nunca crea sentido de pertenencia  con su familia. 

“He escuchado comentarios de personas que dicen 'tanto que esos padres se fajaron por ese hijo y mira que sinvergüenza ha salido, que nunca los viene a ver ni se preocupa por ellos'.  Pues lo que pasó es que esos padres se lo dieron todo y ese hijo no tiene sentido de que pertenece a ningún lugar porque nunca le dieron esa sensación de que es parte de esto y tengo que contribuir a... No sienten la responsabilidad porque nunca lo obligaron a hacer algo, a contribuir”, sostiene Rodríguez.

Por eso mismo, Nazario cree que una persona que vive de apariencias no es confiable “ni tan siquiera para sí misma”, ya que no puede hacer lo que quiere o necesita porque opta por responder a otros antes que a sí mismo.  

“El no querer mostrar su verdadera personalidad, no le permite hablar ni actuar con la verdad. Son personas esclavizadas, carentes de libertad para ser ellos mismos.  Fingir, agota, deprime y drena”, agrega la consejera.

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