Muchos lo describieron como la escena de terror de toda la semana. Un lugar común para representar el morbo que nos consume, que nos habita. “¡Ay, Dios mío, qué cosa más horrible!”. Expresiones como ésta son las que siempre se escuchan en la calle, como si eso fuera el paliativo que subsana nuestro disimulado tercermundismo. La realidad es otra. ¿Qué le está ocurriendo a Puerto Rico?
Imaginen que transitan por la Avenida de Diego a las 7:30 de la mañana. Usted va camino a dejar a su hijo de 7 años a la escuela. Un día normal, según su percepción. De repente, la realidad cambia, y usted y su hijo presencian a un hombre trepado en una de las grúas de una construcción cercana a la intersección donde su automóvil se encuentra detenido. Ven cómo se ata una soga al cuello y se lanza al vacío desde la altura del monstruo mecánico. Semejante a un péndulo, el cuerpo inerte del hombre se balancea de lado a lado, a la vez que azota contra el acero de la máquina. Así se revive la última escena de la novela “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, que es irónico y triste por demás.
La tecnología nos ha vuelto unos insensibles empedernidos. La mediatización, carente de sentido, nos ha tornado en unos seres indiferentes que pueblan el país como autómatas.
Los políticos no abogan por un cambio que atienda la situación mental de la isla. Sólo se empeñan en ganar las elecciones para mantener su poder y así perpetuar el sistema de “prometo hoy y no cumplo mañana y tal vez nunca”. La iglesia se ha conformado con llevar un tibio mensaje de conservar la calma y el sosiego ante los problemas sociales, económicos y políticos que nos aquejan. Puerto Rico requiere de una reforma de salud mental que atienda estos problemas.
Necesitamos serenidad, razón y sentimientos para combatir la desidia.