Cuando Luis Palés Matos y Luis Muñoz Marín comentaban la divertida barbaridad del jíbaro aguzao que nombró a su cafetín con el apelativo sonoro y significativo de Agapito´s Place, seguramente no alcanzaron a imaginar que un día algunos alcaldes y alcaldesas puertorriqueñas harían lo propio a escala mayor.
Por lo menos Agapito era el dueño y señor de su mostrador y de lo que en él había. Los alcaldes de marras bautizan a su antojo lo que le pertenece al pueblo. Así, por arte de birlibirloque, la calle José de Diego, en Guaynabo, se nos convirtió en José de Diego St. (como para que se revuelque en su tumba el Caballero de la Raza); en “opening” la reapertura del teatro municipal de San Juan que honra el nombre de Alejandro Tapia y Rivera; en “city police” el cuerpo policíaco municipal; el centro del pueblo de Guayama en “downtown” y en “main street” la vía que allí conduce.
Se comprende, y hasta cierto punto enternece, que alguna egresada de la Hollywood Academy en pos de “glamour” comercial bautice como Jenny´s Beauty Parlor a la peluquería que con mucho esfuerzo inauguró en la marquesina de su casa.
Se comprende también, aunque enternece menos, que urbanizadores sin urbanidad hayan preferido Flamboyán Gardens a Jardín de los Flamboyanes o Caparra Heights a Alturas de Caparra. Pero que las honorables asambleas municipales contribuyan tan empecinadamente a la esquizofrenia lingüística del paisaje urbano y del patrimonio público puertorriqueño se comprende menos.
No hablo a nombre de la pureza lingüística ni en contra de la lengua inglesa, a la que tanto respeto y cuya defensa me ha imputado algún desavisado. Ni siquiera me rasgo las vestiduras con el discurso de la identidad. Hablo desde el sentido común, que como bien se sabe es el menos común de los sentidos. En qué cabeza cabe que Guaynabo City se oye, cuando se dice en el contexto puertorriqueño, o se ve, cuando se escribe en ídem, más bonito que Ciudad de Guaynabo. En qué cabeza cabe que cualquier turista de mediana inteligencia que visite París, por ejemplo, agradezca que las placas de las calles ostenten Voltaire St. en lugar de Rue Voltaire. O que el alcalde de la Villa de Madrid decida rotular “downtown” al entorno de la Plaza Mayor y “main street” a la Gran Vía en deferencia a los miles de visitantes norteamericanos e ingleses que allí acuden todos los años. Quien viaja agradece la diferencia, no la culivicencia.
Quiero pensar que la estulticia lingüística de ciertos alcaldes no es hija de la ignorancia ni de la mala fe, sino el producto de profundas convicciones. Tengo para mí que algunos de nuestros honorables regentes municipales han abrazado, sin saberlo, el credo nominalista.
El nominalismo, como bien sabe cualquier asambleísta, es una corriente filosófica que afirma que las cosas en su sentido general no existen. Nociones como el hombre, la nación, el pueblo, la ciudad, la cultura, la bondad y la patria, por supuesto, son, de acuerdo a esta doctrina, meras abstracciones, sonidos de la voz que sólo existen en la mente de quien los pronuncia.
No hay que ser muy perspicaz para concluir que los propulsores del nominalismo municipal puertorriqueño apuestan a que la idea de Puerto Rico, tal como lo hemos conocido y valorado hasta el presente, comienza a hacerse sal y agua en la conciencia de quien se acostumbra a decir o a leer “city” en vez de ciudad, “downtown” en vez de casco del pueblo, “street “en vez de calle, “opening” en vez de inauguración, y siga por ahí.
Falta por ver cómo habrán de traducir al inglés, en su día, palabras como Guaynabo y Guayama.