08-Abril-2009

JORGE DUANY

Imagen residual

En oftalmología, “imagen residual” (o fantasma) es una sensación visual que persiste después que ha cesado su estímulo externo. En el libro de Lulu Delacre, “Alicia Afterimage” (Nueva York: Lee & Low Books, 2008), la expresión adquiere un sentido metafórico extraordinario. Aquí evoca la perdurable huella espiritual de Alicia, la hija menor de Lulu y Arturo Betancourt, en los que la conocieron. El 24 de septiembre de 2004, Alicia falleció en un accidente automovilístico a cinco minutos de su residencia en Silver Spring, Maryland. Apenas tenía 16 años.


El conmovedor relato de Lulu, una destacada artista puertorriqueña, se basa en entrevistas grabadas con 13 amistades de su hija, cada una de las cuales revela un ángulo íntimo de su personalidad. La historia comienza aquella noche fatídica en que Alicia salió al cine con un compañero de escuela y nunca regresó a casa. El inexperimentado conductor guiaba demasiado rápido, perdió el control del carro y chocó con un poste telefónico. Aunque el conductor sobrevivió el choque, Alicia murió instantáneamente.


Todos los entrevistados rememoran el terrible accidente, pero van más allá. Erin cuenta que le enseñó a Alicia la rutina del baile de pompones de su escuela y aún guarda el pendiente con un corazoncito que ella le regaló. Corrina recuerda que ella y Alicia improvisaron unos estrafalarios disfraces de ángel y diablo para Halloween. Alicia se reía a carcajadas de los chistes mongos de Gaeb durante la clase de arte. Según Kathlynn, a Alicia le fascinaban las mariquitas (“ladybugs”). Colin editó un vídeo en que sus compañeros de clase describían a “La Pequeña”, como él le decía, como bondadosa, inspiradora y divertida. Lauren no olvida las antenas en forma de mariquitas que su amiga se puso durante su quinceañero.


En un concierto de rock, Vikki y Alicia lograron conseguir el autógrafo del cantante de una banda británica. A Ben le hacían gracia las muecas de Alicia a la hora de almuerzo. En la escuela, Vicky y Alicia comían Pop-Tarts de fresa porque no las dejaban comer “basura” en casa. Madison y Alicia jugaban a ser perritos en primer grado. En su ensayo para entrar a la universidad, Amanda escribió que quería estudiar baile en honor al espíritu vivaracho de su amiga. Chad recuerda que ella le dibujaba arabescos en sus manos y brazos.


Todas estas anécdotas aparentemente triviales palidecen ante el ominoso capítulo, “El conductor”, quien nunca se nombra en el libro. El muchacho no recordaba el accidente cuando despertó de una coma luego de tres días en el hospital. Meses después, le envió una carta a los padres de Alicia diciéndoles que sentía mucho lo ocurrido. Finalmente, Lulu lo perdonó por “aquella noche”.


Este breve recuento de los testimonios calidoscópicos de Alicia no puede hacerles justicia. Cada una de las narraciones te estremece a la vez que presenta detalles jocosos y momentos esperanzadores. Ante la dolorosa ausencia física de Alicia, prevalece el cariño de los amigos y familiares a los que tocó profundamente. Muchos de ellos la siguen sintiendo presente en sus vidas, a veces de maneras misteriosas. La propia Lulu soñó que el espíritu de Alicia le decía: “Estoy feliz, Mami. Sigue adelante”. Durante un ejercicio de meditación, vio “la cara sonriente de su hija menor en persona, a todo color y en tres dimensiones. Mamá casi la podía tocar… Cuando desapareció, Mamá soltó lágrimas de regocijo”.


Lulu Delacre escribió este libro no sólo en homenaje a su “angelita”, sino también para consolar a aquellos adolescentes y sus familias que atraviesan por un período de duelo. Nunca conocí a Alicia, pero ahora siento que la conozco desde siempre. La fotografía de su rostro alegre e inocente, reproducida en la última página, se quedó conmigo como una poderosa imagen residual.