Con la publicación de “Más allá del principio del placer” en 1919, Sigmund Freud propone una comprensión diferente de la complejidad del alma humana. Superando su propio entendimiento que sugería entender al ser humano como un espacio de tensión entre el principio de realidad y el principio del placer, Freud dirá que la cosa es más complicada. Propondrá que el conflicto medular que nos habita en tanto animales culturales es la profunda y continua tensión entre Eros y Tánatos, entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte.
En tiempos más recientes el pedagogo español José Antonio Marina ha sugerido una manera muy sencilla de sintetizar esa comprensión freudiana. Marina nos convoca a no olvidar que el ser humano ha sido capaz de hacer música de cámara, pero también de construir la cámara de gas. Todos tenemos el potencial de crear y destruir. Pero no nos quedamos incólumes ante esa realidad.
En su acostumbrado afán de excluir y segregar, nuestras sociedades han recurrido a sospechosas dicotomías para ubicar esa capacidad para la violencia del lado del otro; otro al que destituimos como incapaz de un supuesto ejercicio de la voluntad y un uso efectivo de la razón, que mantendría dormida esa dimensión oscura, intemperante y pasional del alma humana. Conforme a la vieja dicotomía entre civilización y barbarie, nos contentamos pensando que la capacidad para la barbarie sólo existe en la cancha del otro. Y lo que es peor, desde una pretendida estatura moral superior, acusamos al otro cuando da rienda suelta a lo que interpretamos como violencia y emitimos un juicio condenatorio como si eso que el otro ha hecho nos resulta totalmente ajeno a nuestra condición humana de seres superiores.
Pero como suele pasar, tarde o temprano esa capacidad para la violencia que condenamos en el otro, se manifiesta igualmente en nosotros. O lo que es peor, tomamos como excusa la violencia del otro para responderle con una buena dosis de la propia. Un ejemplo reciente muestra esto de manera más que elocuente.
Uno de los muchos que se rasgaron las vestiduras condenando al artista René Pérez de Calle 13 por sus expresiones sobre el gobernador Luis Fortuño fue el alcalde de San Juan, Jorge Santini. Con la virulencia que parece caracterizar muchas de sus reacciones públicas, el alcalde propuso que no se puede responder con flores a lo que calificó como una muestra de violencia e irrespeto. Incluso los medios señalan que llegó a calificar al cantante de drogadicto, ganándose en respuesta un emplazamiento para hacerse una prueba de dopaje en el estado de Michigan, invitación que el Alcalde aparentemente declinó.
Lo curioso es que esta semana comenzó, entre otras cosas, con una noticia en la que se relata cómo, a una intervención policíaca en un bar de un barrio de la Capital, el Alcalde, en vez de colaborar y respetar la intervención del orden público, aparentemente respondió a los miembros de la Uniformada con una serie de improperios que si fueron como se relata en el informe policíaco, no tienen mucho que envidiarle a la intervención de Calle 13.
De modo que, ¿de qué estamos hablando? ¿No será que algunos líderes políticos del patio se han convertido en peligrosas encarnaciones de Tánatos con preocupantes consecuencias para nuestra convivencia?
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