Hay bastiones, baluartes o fortificaciones físicas, e igualmente hay baluartes, o bastiones morales. El Castillo de San Felipe, de San Juan, conocido como El Morro, es un magnífico ejemplo de un bastión o baluarte físico. Su construcción se ordenó en el año 1539, comenzó al año siguiente y se terminó, con su forma actual, en el año 1776.
Estuvieron doscientos treinta y seis años construyéndolo. Resistió el ataque de 1595 de Sir Francis Drake; el del también “noble” inglés George Clifford, Conde de Cumberland, en 1598; el del holandés Baldwin Hendricks, en el 1625; el del también “noble” inglés Sir Ralph Abercromby, en el 1797; y el más trapero y criminal de todos, porque bombardeó también a una población civil inerme, mató docenas de seres humanos indefensos, hirió a otros tantos, dejando además puertorriqueños impedidos y nos agujeró la fachada de un símbolo de la envergadura de la Iglesia San José del Viejo San Juan, el ataque de la escuadra estadounidense del almirante Sampson, el 12 de mayo de 1898.
Doscientos treinta y tres años después de que se terminara su construcción tal y como lo conocemos hoy, ahí está enhiesto, majestuoso, combativo, nuestro Castillo de San Felipe de El Morro.
Un excelente ejemplo de un baluarte o bastión moral, es nuestro Ilustre Colegio de Abogados de Puerto Rico.
Se autorizó su creación el año 1838, se inició su formación el año 1840 y lleva ciento sesenta y nueve (169) años al servicio del pueblo puertorriqueño.
Como una metáfora de El Morro, ha sido bombardeado, varias veces inclementemente.
Ni aquellos corsarios, ni estos funcionarios, ni aquellos “nobles”, ni estos “honorables”, pueden en definitiva contra estos baluartes.
Un día no lejano, también estos agresores serán, como aquellos, una página percudida de un libro olvidado. Y el Colegio que ampara los derechos del pueblo, continuará su curso reivindicador, majestuoso, enhiesto.