20-Noviembre-2009

MANUEL TORRES MÁRQUEZ

El malestar docente

En el desempeño profesional del magisterio, incide un conjunto de factores intelectuales, socioeconómicos, políticos, físicos, ambientales, emocionales y espirituales. De alcanzar un balance en su respuesta a éstos depende su nivel de calidad de vida para cumplir, saludable y eficientemente, con las múltiples exigencias de su compleja responsabilidad docente.


La pérdida de autoridad, la drástica reducción de recursos de apoyo para la enseñanza y para su educación continua, los bajos salarios, los despidos masivos, así como la carencia de incentivos complementarios sumados a la violencia intraescolar generan desilusión, frustración y desarraigo en el profesorado de las escuelas públicas del País.


Este panorama provoca desgaste y una acumulación de malestar que se manifiesta en insatisfacción con su vocación magisterial. No son pocos los que la abandonan al sentir que sus energías y motivaciones están drenadas. El caso de Puerto Rico se complica aún más por la aprobación de la Ley 7, con la presencia de las alianzas público-privadas hacia las cuales se desviarán fondos para la creación de escuelas municipales y privadas, mermando sustancialmente el presupuesto del cual podrá disponer el Departamento de Educación.


Al virus de la gripe AH1N1 que genera razonables dudas sobre los controles sanitarios y de higiene en las escuelas del Estado, se une el virus de la privatización que podría terminar desmantelando las fortalezas de dicha institución para acentuar sus debilidades.


La conservación de una amplia oferta de planteles públicos que sirvan a los sectores de población más pobres del País está seriamente amenazada, así como los derechos adquiridos por los maestros que en ellos laboran. El liderato de Carlos Chardón, bajo la administración Fortuño, se ha caracterizado por la insensibilidad, la imprudencia, la impericia gerencial y la improvisación, que han desestabilizado el sistema de educación pública para sumirlo en el caos.


El capital social que deberían acumular las escuelas desciende a un nivel deficitario. La gestión de dirigir un departamento de educación se debería caracterizar por el diálogo participativo, la planificación sistemática y la concertación de todos sus componentes.


Los docentes reciben ráfagas de vientos huracanados acompañados de incomprensión y de ausencia de reconocimiento a su imprescindible y sacrificada labor. Ante este panorama, se van definiendo tres perfiles de maestros: el que se sobrepone para cumplir con esmero y a cabalidad sus tareas a pesar de sinsabores e incertidumbre, el que trabaja a un 50% de su productividad y el evasor u oportunista que se queja y cobra su sueldo.


Mientras tanto, las facultades de pedagogía, con frecuencia, continúan aferradas a posturas conservadoras y de negación a los profundos cambios socioeconómicos registrados en la relación profesor-estudiante y en el perfil de éstos últimos. Se continúa teorizando sin involucrarse decididamente en la investigación-acción, lo que representa un obstáculo para ofrecer currículos más pertinentes al acontecer social.


La imposición de criterios y la especulación con la educación pública dominan frecuentemente el escenario. Ante este panorama, ¿qué vamos a hacer? ¿Deberemos aplicar modelos de intervención que respondan a la pedagogía social y no sólo a la pedagogía tradicional? Esta última está anclada en estudiar más cómo se enseña que en contribuir a mejorar la calidad de vida individual y colectiva a través de la enseñanza. Lo más recomendable sería combinar ambas miradas para atender cómo se enseña profundizando en para qué se enseña.


Cuando las comunidades escolares del sector público requieren más apoyo para cumplir sus responsabilidades de enseñanza-aprendizaje, de modelaje de convivencia cívica y democrática, y de prevención de la delincuencia juvenil, el Gobierno de Puerto Rico las arrincona y desmantela.


¿Hasta cuándo el Secretario de Educación nos llevará por el camino de la amargura y de la involución?