ISRAEL MALDONADO
En este momento que nos encontramos en medio de otra campaña política local y en Estados Unidos, podemos reflexionar en un breve análisis de Alfonso Aguiló, autor del libro “Libertad y tolerancia”.
Sin duda el fanático es uno de los más grandes enemigos de la libertad. El fanatismo es como una plaga que anida en el corazón de quien no quiere ver el mal que hace. El fanático se pasa la vida denunciando el mal, pero nunca lo encuentra dentro de sí mismo porque evidentemente está sumergido en él.
El fanático pretende poner a los buenos a un lado y a los malos al otro, y situarse en el lado de los buenos, y decir que a los malos se les puede maltratar: ese errado maniqueísmo es su dialéctica.
El fanático olvida que el fin no justifica los medios, que no puede buscarse un fin bueno –y además, dudosamente bueno, en la mayoría de los casos– empleando medios inmorales. Hay que perseguir el mal, pero dentro de la ley y dentro de la moral, y teniendo en cuenta siempre los principios fundamentales de la tolerancia. Pero la tolerancia debe aplicarse correctamente y tiene unos límites, pues hay ocasiones en que es imposible describir o presenciar una injusticia sin protestar contra esa injusticia, y juzgaríamos una vileza cualquier empeño por parecer neutral. Es una falsa alternativa la que plantea una única alternativa entre fanatismo por un lado y relativismo o escepticismo por otro.
Como tantos extremos, la ceguera furiosa del fanático y la ceguera cínica del escéptico se tocan, cruzan y pactan entre sí.
Toda sociedad necesita de valores firmes, de convencimientos no hipotéticos. Esta necesidad resultaba evidente para los fundadores del estado de Derecho: la abolición de la tortura y la esclavitud no fue el resultado de una hipótesis, ni los derechos humanos fueron una propuesta, sino una proclamación.
La aparente terquedad con que se alzan determinados valores humanos innegociables responde a una profunda sabiduría.

El transporte escolar llevaba jóvenes de pie dentro del vehículo.