JAVIER CANCEL GUERRA
El Puerto Rico de hoy presenta un panorama en el que predomina la desesperanza colectiva, la desconfianza manifiesta hacia nuestros líderes y una insensibilidad hacia el dolor de nuestro prójimo. Ante este cuadro tétrico y doloroso, existen rayos de esperanza entre nuestros ciudadanos que nos brindan optimismo y nos levanta la fe de que sí es posible un Puerto Rico mejor.
Tenemos una población adicta a sustancias que va en un aumento acelerado y no presenta señales de disminuir, ya ésta no se ha atendido de la forma correcta y se ha decidido criminalizar y condenar tanto al enfermo como a la enfermedad.
Existen ciudadanos que han logrado rehabilitarse y transformar sus vidas, convirtiéndose en vivos ejemplos de que el cambio es posible. Muchos entregan su vida a ayudar a aquéllos que comienzan su proceso de rehabilitación. Conocen su dolor, ya que lo han vivido en carne propia. Con su trabajo ayudan a sanar las heridas de los que comienzan a rehabilitarse, como también a sanar las suyas, fortaleciendo su sobriedad personal. A éstos se les conoce como sanadores heridos. En Puerto Rico tenemos grupos de autoayuda, como también programas residenciales y comunidades terapéuticas para el tratamiento contra la adicción que utilizan a estos individuos como piezas clave de ayuda, ya que reconocen su aportación valiosa a otros adictos y el efecto sanador que pueden tener sobre la adicción.
Estas personas poseen un conocimiento sobre fisiología, psicología y la cultura de la adicción, la cual se deriva de su propia experiencia, como también una capacidad y apertura a la identificación emocional con el adicto. Muestran una ausencia de condescendencia y de desprecio derivado de la similitud de experiencias y de su propia vulnerabilidad. Disfrutan de un llamado para ayudar a sanar a otros y utilizan su propia historia para traer esperanza, al igual que servir como modelo para aquél que se recupera. La sociedad no ve esto, ya que para ella el adicto es invisible. Son héroes invisibles porque se les ha robado su rostro e identidad.
No andan dándose golpes en el pecho, ni tampoco piden un “ay bendito” de su prójimo. Han vivido el infierno de la adicción, pero por más dolorosa que haya sido su realidad, se mantienen desde el anonimato realizando una labor fantástica y heroica, rescatando a los desprotegidos y más débiles que sufren de la adicción.
Tenemos que devolverles el rostro y la identidad a estas personas. Hay tanto que aprender de las lecciones que la vida le ha dado a estos hermanos. Cuando decidamos preocuparnos por su historia y sentir su dolor, ese será el día en que la sensibilidad comenzará arropar a esta bella isla.

El transporte escolar llevaba jóvenes de pie dentro del vehículo.