ROGELIO ESCUDERO VALENTÍN
Ha vuelto a la palestra pública, como ejemplo de la noria colonial, una medida gubernamental que pretende hacernos bilingües a la trágala al imponer el inglés como vehículo central de enseñanza.
Esa iniciativa burdamente ideológica, rechazada por nuestros educadores y por la sociedad civil puertorriqueña en la primera mitad del siglo XX, vende la idea de que el uso del inglés se convertirá en una especie de ábrete sésamo hacia el mercado laboral. El resultado de esa miopía educativa es, sin embargo, contraproducente desde una doble vertiente. Por un lado se agravan las crecientes deficiencias en el uso del español; mientras que, por el otro, se empobrece la formación en las materias de estudio.
Que existen problemas con el uso de nuestro idioma es innegable. El estudiante puertorriqueño se siente cada vez más inseguro al usar el vernáculo tanto en la dimensión oral como en la escrita. Su espíritu se resiste a transitar por la ciénaga de una lengua de tartamudeos e incoherencias. De ahí que sea tan penoso leer los exámenes de universitarios que no logran articular sus ideas. Son emisores que transitan como fantasmas por los puentes rotos de una “comunicación” que los deja “con las manos extendidas hacia más”, como diría un hablante lírico del exquisito poeta español Miguel Hernández. Pero no se piense que esta situación ocurre sólo entre nuestros alumnos. Sucede lo mismo con muchos “profesionales” del país.
La metáfora de los puentes rotos se aplica igualmente al idioma inglés. Al convertir la lengua materna en un híbrido que no conduce a parte alguna, se pierde una base firme que le permitiría al estudiante adentrarse con seguridad en el terreno de la otra lengua. Al final, camina por la epidermis de ambas lenguas pensando que el inglés es el idioma del triunfo (degradándolo, sin saberlo, al considerarlo como un simple instrumento económico), mientras percibe el español como una limitación tercermundista que nos ha impuesto la naturaleza.
Ahora bien, si esa es la situación actual, es fácil imaginar lo que le depara el futuro a nuestro medio de expresión a medida que se adentre en un ambiente “educativo” que le será cada día más hostil.
Esto, sobre todo, cuando el sistema educativo se encuentra en manos de eunucos de espíritu, ansiosos de asimilarse a otra nación cueste lo que cueste, aunque para ello deban convertir nuestra antigua, rica y hermosa lengua española en una simple moneda de cambio. Le corresponde a la sociedad civil revivir la gesta hermosa del siglo pasado, cuando defendió el idioma con amor, perseverancia y plena confianza en nuestra capacidad nacional.