SIGFREDO RODRÍGUEZ
Nuestro pueblo está saturado del comportamiento de nuestra clase política. Aparenta que las personas electas por los votantes, mientras son candidatos, son mansos corderos que buscan el bienestar de sus constituyentes. Al llegar al poder y encontrarse con el vellocino de oro de los altos salarios, las elevadas dietas, los autos lujosos, el prestigio de las escoltas y las prebendas de los compradores de influencias, se convierten en rugientes leones que se olvidan de sus orígenes de seres humildes que convivían con sus congéneres del salario mínimo, con la dieta del combo de 99 centavos, con el autobús de la AMA y su espera eterna, con la escolta del drogadicto que acecha para quitarte el dinero para su cura diaria, cuando se quedaba en la calle desempleado. Ahora sus niños van al colegio privado y los de sus electores siguen educándose en la escuela pública.
Echan al zafacón sus valores. La moral y sus virtudes desaparecen bajo el manto del prestigio político adquirido con su arribo al poder gubernamental.
La mentira, la traición y las componendas bajo la mesa se convierten en su rutina diaria. Amanecen esperando la llamada de un medio de comunicación para recibir su opinión sobre el asunto cotidiano del chisme político más reciente. De ciudadano humilde y sencillo sin mucha educación se convierte en consultor avezado sobre las acciones del adversario reflejando sus habilidades de payaso matutino para despertar y entretener a los usuarios del tapón mañanero.
Se han convertido, sin darse cuenta, en actores de sainetes que suplen material para llenar espacios en la radio, televisión y periódicos del país, haciendo posible la venta de anuncios.
Ya se inspiró sobre esta condición humana nuestro Luis Llorens Torres: “¡Ay!, la gloria es sueño vano/ y el placer tan sólo es viento/ y la riqueza, tormento/ y el poder, hosco gusano”.

El transporte escolar llevaba jóvenes de pie dentro del vehículo.