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6 de octubre de 2012

La otra cara del plagio

JOSÉ CURETESCRITOR“-Congo, habrás querido decirme plajiario (sic) y no has acertado… El plagio tiene su filosofía por un autor que tú no conoces… Has querido decirme una cosa mala, y por el contrario es muy buena (la imitación)… ¿Qué autor trágico no se daría… en los pechos para poder decir, yo imito a Shakespeare? ¿Qué poeta no ha imitado a Lord Byron?... ¿Ariosto ha inventado el Orlando Furioso que le ha dado inmortalidad? ¿Miguel Ángel inventó estatuas antes que Fhidias y Praxiteles?... Todo se imita y cuando no hay ejemplos del arte se busca la naturaleza. El célebre Canova se pasaba horas contemplando un fragmento de estatuas… para poder imitar, y no temió copiar una obra maestra… Cómo podré persuadirte que no he tratado de plagiar”.

Así trataba de enseñarle un amo (de oficio periodista) a un esclavo (de oficio aprendiz) en unos curiosos diálogos aparecidos en El Ponceño, el primer periódico local publicado en el País del 1852 al 1853. Aunque no menciona la música, de haberlo hecho hubiera encontrado allí aún más ejemplos abundantes sobre el mismo asunto.

Durante el período del Barroco, era prácticamente común tomar prestados pasajes, cuando no partituras casi completas, para hacerle arreglos o transcribirlas, obviando mencionar su procedencia o autoría. Así hay piezas de aquella época donde todavía los críticos dudan si atribuirlas a Bach o Vivaldi. Y no solo la composición, también la interpretación corría la misma suerte de caer en manos ajenas. Son conocidas las anécdotas del célebre virtuoso Paganini, quien se ufanaba de haber pactado con el diablo, pero aún así a la hora de salir a escena se contorsionaba para evitar que otros músicos copiaran su digitación en el violín. Y en pleno siglo pasado, el compositor Aaron Copland, al leer unos esbozos tempranos de Leonard Bernstein, le advirtió que parecían tomados directamente de Stravinski.

Y así llegamos, por esos “senderos que se bifurcan”, a la literatura. Nadie como Jorge Luis Borges ha encarnado la cúspide de las letras en el siglo 20. Y sin embargo, ya en su madurez, Borges no tuvo reparos en admitir cómo fueron aquellos primeros pasos en su carrera de escritor. “Desde sus primeros ensayos importantes -refiere el estudioso Emir Rodríguez Monegal en Borges por el mismo- Georgie (como lo llamaban sus amigos íntimos) empezó a citar y aludir y hasta plagiar, según él mismo confiesa, a Macedonio Fernández, con tal vigor que obligó al viejo bohemio (Macedonio) a recoger algunos de sus manuscritos y publicarlos en un libro metafísico y casero”. (p.22) Incluso, ya en su madurez, algunos han visto en su cuento Pierre Menard, autor del Quijote, donde un autor de otra época y otro contexto decide escribir una obra maestra y acaba redactando literalmente El Quijote, una apología al plagio. Si bien algunos críticos han dudado de tal apología, al señalar se trata de una metáfora, “que todo libro escrito correspondería a un único y omnisciente productor”. (Avellanal, “Borges, ¿apologista del plagio?” blog, Vagabundeo Resplandeciente).

Y más recientemente, el escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, autor del afamado “Un mundo para Julius”, también confrontó acusaciones de plagio en alguna de su producción de “no-ficción” (no en la literaria). Aunque se le impuso una multa, luego eliminada, su justificación, “había sido su secretaria” (tal cual si hubiera sido un “ghost writer”), y sus comentarios nos muestran su inconfundible humor sardónico: “el plagio, como decía Borges, es incluso un homenaje. Borges le plagió a medio mundo. Yo no siento haber plagiado a nadie”, (Andrés Haz, “¿Premio a un plagiador?”, en Revista de Cultura, Clarín.com, 03/09/12).

Y como una sombra que traspasa tiempo y espacio, cual si fuera otro “ghost writers”, uno de esos escritores anónimos y de espíritu anodino que se adentran y apropian de textos ajenos, las noticias sobre plagios han ocupado en días recientes portadas y comentarios en nuestros periódicos. Pero si en vez de volver sobre esos hechos, ampliamente reseñados y comentados, intentáramos copiar, o hasta “plagiar” , si cabe la palabra, uno de aquellos “Diálogos” entre un periodista y un aprendiz aparecidos en El Ponceño, quizá pudiera reproducirse aquí y ahora la siguiente conversación.

“-Sabrás ya, querido escritor, que el plagio tiene su filosofía y también su historia. Y si antes podía pasar sin pena y dando gloria ajena, en estos días cuando todo lo escrito, visto y hasta lo inimaginable se cuela por entre las redes sociales, ya no hay autor anónimo que valga, ni texto que no reclame paternidad. Fíjate cómo recientemente hasta un aprendiz de cineasta, por más que quiso escudarse tras nombres falsos, no fue menos inocente que ese Mahoma a quien representó y colgó en las redes; y allí él mismo se enredó, no sin antes dejar a su paso una estela de muertes. Sirva entonces toda esta columna de lección, y procura que en todo lo que produzcas o escribas de ahora en adelante se refleje un estilo único, individual e irrepetible, donde pueda casi hasta escucharse tu propia voz. ¿Cómo lograrlo? Fácil, aguzando tu oído interno, mirando desde adentro hacia fuera y plagiándote a ti mismo. Esa sería, no cabe duda, la otra cara del plagio”.

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