Yara Liceaga
Estaba hojeando una revista de esas de carros, cuando a la sala de espera llegó la señora a dejar su auto para que le instalaran otro cristal en la puerta del pasajero. Coloqué la revista al terminarla en la mesita de donde agarré el periódico, pero la salita era tan pequeña que la voz de la señora me quitaba completamente la concentración de la lectura.Primero atendí porque la mujer sonaba indignada, por momentos se le quebraba la voz mientras su tono denunciaba que se armaría una trifulca, de la cual, como podrán imaginarse, no quería ser testigo. Mientras ella hablaba a través de la ventanilla con el muchacho que le averiguaba si tenían allí el cristal de su carro para instalárselo yo hacía que leía el periódico interesada y hasta cada cierto tiempo cambiaba las páginas.Pero inevitablemente fue creciéndome una solidaridad con aquella mujer, siguiendo, atenta, la narración de sus desventuras.En menos de cinco meses se le habían metido cuatro veces al carro a robarle. Primero, contaba ella con las manos que yo seguía con el rabillo del ojo, le rompen el cristal de la puerta de atrás del pasajero y se llevan unos discos, unas chanclas y unas gafas. Lo arregla.
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