Manolo Núñez Negrón
Es la golosina favorita de los comentaristas y de los políticos de oficio, el manjar de los moderadores radiales en ayuna, el confite de los publicistas. A la menor incitación esgrimen su memoria con juiciosa, lúbrica solemnidad. Cualquier excusa es buena para traer a colación su poderosa influencia: un escándalo, una gesta, un accidente. Es frase que no pasa de moda, alusión sagrada: la opinión pública. El reportero sale al asfalto, ya con micrófono o libreta en mano, a recoger el sentir de la calle, a recopilar el clamor de las muchedumbres por el momento, enajenadas, dentro de poco, rabiosas, en cuestión de horas, deleitadas. Désele espacio a lo pintoresco, déjesele expresarse con llaneza, permítasele la espontaneidad: a la señora en bata que busca los nietos en la escuela, al conserje sin caja de dientes, al ama de casa que pasa el mapo en rolos, al lotero y la florista. ¿Podría decirnos qué piensa usted del romance entre Melín y Melambe? ¿Será verdad que les gusta la morcilla? Silencio, por favor, la aldea habla.
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