Caimanera, Cuba - El punto más cercano entre Cuba y Estados Unidos no se encuentra a 90 millas en una zona entre el noroeste de la isla y los Cayos de Florida. En la provincia de Guantánamo existe, cara a cara, una frontera que recuerda que la presencia estadounidense está muy cerca, o como se dice en el Caribe, “en la sala de la casa”.

Esa zona, donde está localizada la base naval de Guantánamo, representa una espina clavada en el orgullo de los cubanos, quienes piden que los terrenos ocupados por la Marina de Estados Unidos, que se ubicó allí desde principios del siglo veinte y ha desistido de marcharse, sean devueltos a sus manos por ser parte del territorio nacional.

Estados Unidos posee 45 millas cuadradas de tierra en Cuba con una frontera que se extiende por una longitud de 17 millas. No es un cayo cercano a la costa del territorio principal, ni una isla aledaña del archipiélago, como fueron los casos de Vieques y Culebra en Puerto Rico. No, se trata de un enclave estadounidense en pleno suelo cubano, en los dos extremos de una de las mejores bahías de bolsa del mundo, perfecta, por ejemplo, para la construcción de un muelle de trasbordo o un punto vital para la industria pesquera.

Allí impera el estilo de vida típico de las bases militares estadounidenses, con sus tiendas libres de impuestos, establecimientos de comida rápida, dispensarios médicos, entre otras comodidades básicas. Unas 5,000 personas permanecen allí entre personal civil y militar.

Su estatus legal es confuso, pues técnicamente es territorio soberano de Cuba, pero con jurisdicción de Estados Unidos, lo cual crea un vacío legal que fue usado como excusa en su momento para establecer el centro de detención de personas calificadas como terroristas que todavía operan las autoridades estadounidenses.

Historia centenaria

La presencia de Estados Unidos en esta zona del oriente cubano tiene mucha historia y data de la invasión de 1898, provocada por la Guerra Hispanoamericana contra España. Lo que hoy es la base naval de Guantánamo comenzó a gestarse a través de un convenio en 1903, el cual se valió de la llamada Enmienda Platt, un recurso mediante el cual se reconocía la independencia de Cuba, pero que daba a Estados Unidos, tras su triunfo en la guerra contra España, la autoridad de intervenir en los asuntos de Cuba y controlar parte de su territorio.

Estados Unidos paga a Cuba la cantidad de $4,085 al año por concepto de arrendamiento, un dinero que, tras el triunfo de la Revolución de Fidel Castro Ruz, el gobierno cubano solo cobró “por error” en 1959 y que desde entonces el cheque, depositado a través de la Embajada de Suiza como mediador, nunca ha sido cambiado. Los fondos caducan al año y son devueltos a la cuenta de la Marina de Guerra de Estados Unidos, entidad que paga a nombre del Tesoro de Cuba, un organismo que ni siquiera existe en la isla.

La presencia estadounidense en esa zona de Cuba constituye, junto con el embargo o bloqueo económico, la principal fuente de resentimiento entre ambos vecinos. Si bien nunca se han registrado enfrentamientos oficiales entre tropas, en esas 17 millas de frontera se han registrado diversos hechos muy particulares.

Por ejemplo, Cuba decidió dejar una especie de espacio muerto entre ambos lados, algo parecido a la franja del paralelo que divide las dos Coreas, un territorio divisorio que por décadas, por ejemplo, estuvo repleto de minas.

Ya libre de peligro, ese espacio ha servido para escaramuzas entre soldados de los dos lados o bromas de mal gusto, como saltarse al lado del otro y dejar excremento, o enviar buzos a pasar las fronteras mutuas para dejarse “regalitos” que indiquen que estuvieron por allí sin ser detectados.

Por esos lares también se han registrado serios incidentes que Cuba imputa a los militares estadoundidenses.

Entre ellos está el lanzamientos de materiales inflamables desde aviones procedentes de la base; presuntas provocaciones de soldados norteamericanos, incluyendo insultos, lanzamientos de piedras, de latas con material inflamable y disparos con pistolas y armas automáticas; violaciones de las aguas jurisdiccionales de Cuba, y la muerte de ciudadanos cubanos a manos fuerzas de Estados Unidos.

Estados Unidos no ha esclarecido oficialmente los incidentes y Cuba aspira a que se haga justicia en algún momento.

Cordialidad pese a tensión

Las relaciones, sin embargo, han sido más de cordialidad que de hostilidad. Por ejemplo, por años, ciudadanos cubanos entraban a trabajar a la base a diario.

Allí llegaron a laborar 5,000 cubanos, los cuales fueron reducidos a 700 por Estados Unidos en 1964 tras triunfar la Revolución. Con el paso del tiempo, esos empleos, en su mayoría de mantenimiento, no se repusieron y los últimos dos cubanos empleados por la base naval se jubilaron en el 2013.

Algunos de ellos decidieron quedarse dentro de la base y 23 todavía viven retirados en las instalaciones militares. Cuba les ha permitido entrar a territorio nacional en varias ocasiones por “razones humanitarias”.

Esos trabajadores pasaban a la base naval a través de unos puntos fronterizos habilitados para esos fines. Esas postas todavía existen y son usadas para contactos periódicos que se dan entre ambos lados, pues hay temas logísticos que tratar y los encuentros entre las autoridades cubanas y las estadounidenses no son anormales.

A la base naval es imposible accesar desde suelo cubano. La zona está completamente militarizada. Solo dos pueblos están enclavados en el área de seguridad queCuba ha delimitado en torno a la instalación estadounidense, Boquerón y Caimanera.

Para llegar a ellos se requiere de un permiso especial muy complicado de obtener. Ambos pueblos son considerados zonas de seguridad nacional, por lo que para poder residir allí hay que pasar un proceso de verificación extremo, incluso para quien quiere establecer una relación marital o simplemente visitar la familia.

Visita a Caimanera

El Nuevo Día visitó Caimanera como parte de un grupo de periodistas internacionales a los cuales se les permitió acceso al municipio fronterizo con la base naval.

El pueblo recibe a sus visitantes con un control militar y un pancarta que lee: “Caimanera, primera trinchera antiimperialista”.

Ese mensaje no es casual. Caimanera, junto con Boquerón, está considerado como el primer punto de respuesta en el caso de que Estados Unidos decidiera intervenir militarmente en Cuba usando la base naval como centro de operaciones, por lo que no es casual que muchos de sus 9,000 residentes sean militares con sus familias.

La Caimanera, Cuba. (Benjamín Morales Meléndez / Especial ELNUEVODIA.COM)

Dentro de sus límites, el pueblito es pintoresco, muy a la cubana, con su plaza pública, tiendas estatales muy bien surtidas (mejor que muchas de La Habana) y calles repletas de transeúntes que van y vienen por la carretera central o la vía que bordea todo el pueblo de frente al mar, de cara a la bahía, desde donde pueden apreciarse las turbinas eólicas que Estados Unidos montó para alimentar de energía la base.

Desde Caimanera se ve poco de la base naval. En el muelle de los pescadores se aprecian las boyas anaranjadas y una barda flotante colocadas por el Ejército cubano para marcar el peligro y la cercanía al área controlada por los estadounidenses, que está a los dos lados de la boca de la bahía.

Los pescadores del pueblo, que son unos 60, solo pueden ejercer su oficio en la parte adentro de la bahía, ya que les está vetado usar la rica embocadura de zona o salir a mar abierto por el control estadounidense en la entrada del área.

Sus residentes viven orgullosos de encontrarse en la primera línea de fuego de lo que cada día es menos probable, un enfrentamiento militar entre los dos países.

“Hemos tenido que soportar una falta de respeto, es como soportar a un vecino indeseable, que te molesta con su himno, con su práctica militar. Sencillamente, han creado un sentimiento de rechazo, sentimos odio porque ellos están ahí. No hemos podido disfrutar de las bondades de nuestra bahía. Yo tengo 66 años y nunca he disfrutado de una acampada ahí, de sus playas”, dijo a El Nuevo Día el historiador del pueblo, Pedro Batista, quien es presidente de la dirección cultural José Martí en Caimanera y jubilado del sector de la Cultura.

Un rótulo en la Caimanera, Cuba en señal de protesta. (Especial para El Nuevo Día / Benjamín Morales Meléndez)

“El mejor coto de pesca está ahí, es la tercera bahía de bolsadel mundo y no hemos podido explotarla, ni desarrollar la industria de la pesca, el comercio de cabotaje. Caimanera y Guantánamo tuvieran un desarrollo socioeconómico más floreciente de contar con la bahía, y hubiera ayudado al desarrollo del país”, agregó.

Los cubanos reclaman que la ocupación estadounidense en ese territorio –el cual puede ser devuelto a Cuba de manera unilateral por Estados Unidos, mediante un pacto entre los dos países, siempre y cuando haya un gobierno reconocido como democrático en la isla– ha afectado severamente el desarrollo económico de Guantánamo.

“Que este territorio esté ocupado por una base norteamericana ilegal, exige un esfuerzo superior. Esta base naval ilegal provoca muchas limitaciones en el desarrollo económico y social de nuestro territorio, a partir de que Caimanera está ubicada en la parte interior de la bahía, zona cenagosa, y la base naval está ubicada en la parte de la entrada, donde están creadas las mejores condiciones de playa y económicas para el desarrollo de nuestro territorio”, explicó a El Nuevo Día el presidente de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Caimanera, José Ángel Calviño Pérez.

¿Qué quiere la gente de Caimanera, que los americanos se vayan?

—Que se vayan y que nos acaben de entregar nuestra tierra, que es nuestra, que es de los cubanos y que los cubanos la queremos, y la estamos guapeando, para seguir desarrollando nuestro territorio.

Más allá de los problemas económicos e ideológicos que causa la presencia militar estadounidense en la zona, los residentes de Caimanera sufren de temas prácticos que no se dan en otras partes de Cuba y que solo se configuran aquí por la particularidad de la necesidad de seguridad extrema.

Los residentes, que reciben trato especial en compensación y suministros por parte del Estado, se cantan felices de vivir en un pueblo costero, bello, tranquilo y libre de delincuencia, pero pagan un precio que llega a ser alto.

“¡Aquí somos felices!”, exclamó en voz alta la maestra Olga Pérez Guerra, quien, rodeada de sus alumnos, paseaba por la zona del muelle del pueblo.

“¿Somos felices aquí?”, preguntó a su alumnos, quienes a coro respondieron con un “¡sí!”, largo y sonoro.

Una de las calles de la Caimanera, en Cuba. (Especial para El Nuevo Día / Benjamín Morales Meléndez)

Pero no todo es color de rosa. La maestra adora el pueblo, por su calma, por su belleza natural, por el acceso a un mar tranquilo a cualquier hora. Reconoce, sin embargo, que hay limitaciones importantes por la presencia, al sur del pueblo, de soldados de Estados Unidos.

“Pudiéramos ser mejores. Si no tuviésemos limitaciones, cuánto pudiéramos aprovechar las bellezas naturales que tiene ese lado de nuestro suelo y recibir visitas a cualquier hora, de cualquier parte, como ocurre en otras partes del país, sin limitaciones por seguridad”, manifestó Pérez Guerra.

¿Nos puede hablar de esas limitaciones?

—Una limitación por seguridad es que yo, como joven, para tener una pareja no caimanerense tengo que pedir varios documentos para que pueda establecerse acá. Estamos privados de visitas de personas de otras provincias y países, eso no ocurre en ninguna otra parte del país. Del lado allá hay bellas playas, que no podemos disfrutar, que nos tocan a nosotros y hoy no podemos beneficiarnos de ellas. Nos afecta psicológicamente, socialmente, nos impide el desarrollo normal y las relaciones con jóvenes de todas las provincias y del mundo. Ellos solo buscan una justificación para provocar una agresión militar a nuestro suelo y en Cuba va a seguir ondeando la bandera bella y hermosa, y presente estará la sonrisa de nuestros niños.

La espera continuará

El deseo de los cubanos de recibir de vuelta los terrenos de la base naval de Guantánamo no se cumplirá a corto plazo. Ni siquiera los avances en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos dado bajo las administraciones de Barack Obama y Raúl Castro Ruz logró mover un ápice en el tema.

Mucho menos lo hará bajo la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca, sobre todo, porque la intención del mandatario es sostener el centro de detención para presuntos terroristas que opera en la base naval, que representa el único motivo determinante para que Estados Unidos mantenga en operaciones ese recinto militar.

Esa es la creencia del profesor del Centro de Estudios Caribeños de la Universidad de Puerto Rico (UPR) Don E. Walicek, quien recientemente presentó en la Universidad de Ciencias Médicas de Guantánamo su libro “Guantánamo y el imperio estadounidense: las humanidades responden”.

Estados Unidos mantiene la base como un símbolo para mantener su posición estratégica y poder en el mundo, para controlar varias poblaciones caribeñas, los cubanos, los haitianos, los jamaicanos, entre otros”, dijo Walicek, quien es estadounidense y lleva 15 años trabajando en la UPR, a El Nuevo Día en Guantánamo.

“Si se estudia la historia de la base, hay varias opciones a corto plazo para devolver los terrenos a Cuba. Un primer paso sería cerrar la prisión, que es ilegal, pues han ocurrido cosas que ni el gobierno federal de Estados Unidos puede controlar. Ese sería un paso bien útil para analizar cómo utilizar el espacio y después devolver el territorio a Cuba”, agregó.

En teoría, el proceso para devolver la base naval es complejo. Si Estados Unidos decide cerrar las operaciones militares allí, eso no significa que renunciará al control sobre el terreno. De hacerlo, tendría que acordar con Cuba qué pasará con las instalaciones allí construidas, como el aeropuerto, los muelles, las residencias, edificios de trabajo y la cárcel. El gobierno estadounidense podría destruirlos, venderlos a Cuba o simplemente cederlos.

Ese escenario, no obstante, pinta lejos de concretarse, por lo que la única certeza a corto plazo es que Caimanera seguirá de vecino de los marines de Estados Unidos, con las tensiones que un escenario como ese crea, sea para un lado o para el otro de la verja que hoy divide ambos mundos.


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