El equipo de La Marca busca la legitimación del oficio y garantizar, con el reconocimiento de la actividad, una mayor protección a la salud de las personas

La Habana, Cuba - En el corazón de La Habana Vieja, un pequeño espacio destinado al arte se abre espacio en el nuevo ordenamiento cubano de una forma muy peculiar. Su nombre es La Marca y entre sus paredes la mayor expresión artística se da en la piel humana, mediante la milenaria técnica del tatuaje.

Un taller de tatuajes no debería ser peculiar para nadie, pues suelen ser normales y en la mayoría de las ciudades se ven por cientos, pero en Cuba, como pasa con muchos otros aspectos de la vida diaria, este tipo de espacio no es completamente legal y en la actualidad operan en una suerte de vacío jurídico que ha permitido poco a poco su proliferación.

En términos técnicos el oficio del tatuador no está prohibido, pero tampoco se regula, lo cual hace que los talleres de este tipo estén expuestos constantemente a los vaivenes de ánimo en las autoridades, que, dependiendo las circunstancias, permiten su operación o, de imprevisto, las cancelan. 

En un Estado socialista como Cuba, donde todo se regula por el gobierno, el oficio de tatuador ni los talleres de tatuaje fueron reconocidos en la ley que creó los trabajos y negocios por cuenta propia. 

La práctica tampoco aparece tipificada como prohibida, por lo que en Cuba la gente siempre se ha tatuado, usualmente de forma discreta en la casa de los propios artistas, quienes contra viento y marea consiguen armar las condiciones para hacer su trabajo de manera segura para ellos y sus clientes.

El Estado ha tomado con laxitud este tema y no ha logrado emitir unas regulaciones definitivas que permitan a los tatuadores insertarse de manera normal al naciente panorama empresarial cubano.

Ese contexto, sin embargo, no ha intimidado a los emprendedores cubanos, quienes saben que en los negocios, el tiempo es oro. Es por eso que en el mundo del tatuaje se han puesto las pilas y algunos pocos han corrido el riesgo de aprovechar esas brechas legales para servir de ejemplo positivo y provocar un cambio.

Es ahí que el proyecto de La Marca toma protagonismo.

Además de consolidar su arte, el equipo de La Marca busca la legitimación del oficio y garantizar, con el reconocimiento de la actividad, una mayor protección a la salud de las personas. El tatuador no está reconocido en las organizaciones de artistas auspiciadas por el gobierno, ni tampoco en alguna de las 178 actividades autorizadas para los emprendimientos privados, lo cual pinta un panorama discriminatorio que el grupo busca cambiar.

La Marca es un Estudio-Galería donde se diseña el trabajo de un modo horizontal, pues en la estructura del equipo no hay un jefe y se discute de sobre arte, diseño, salud, ciudadanía y libertad.

Aquí no hay empleados fijos ni un jefe. Lo principal es que sean buenos artistas y tengan 'flow'”, dice Robertiko Ramos, fundador del estudio y diseñador.

Es el primer estudio profesional de tatuajes en la “Mayor de las Antillas” y se creó en una vivienda colonial de la calle Obrapía, entre Oficios y Mercaderes, en el casco histórico de La Habana Vieja. Allí proponen decorar el cuerpo desde la identidad y los propósitos de cada persona, y han logrado mejorar la imagen del llamado “arte dérmico” en un país donde poco a poco dibujarse la piel se vuelve una moda. 

En este espacio cultural para la convergencia artística, se apuesta por una estética original, el “tatuaje de autor”, una de las razones del éxito del proyecto. La sede del local es una mezcla de galería y boutique de diseño. Se podrían pasar horas mirando chistes visuales sobre íconos históricos, huellas de las más diversas religiones, cuadros abstractos y vitrales. No hay que ir a tatuarse para pasar un buen rato en La Marca.

Uno de los objetivos principales de este proyecto es generar una mayor deseo en los jóvenes cubanos de experimentar con tintes y dibujos, para derrotar así la teoría de generaciones anteriores que asocian la cultura del tatuaje con historias de marineros y convictos. 

Robertiko explica que cuando las autoridades cubanas descongelaron la compra y venta de casas entre las personas naturales, Leo Canosa -líder del proyecto y prestigioso tatuador cubano- adquirió el local junto a su esposa Ailed Duarte. La creación del Estudio-Galería fue posible por estar amparado por la Oficina del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, cuyo modelo de gestión para desarrollar el turismo en La Habana Vieja permite a los creadores tener una vivienda-taller y comercializar allí sus obras. 

Así, utilizando el espacio de la galería de arte como herramienta, los artistas comenzaron “a picar” juntos hace poco más de tres años. Es un grupo grande, itinerante, que entra y sale de La Marca con autonomía, una vez han sido admitidos en la comunidad. 

Mauro Coca, David Pérez (El Negro), Ángel Fernández, Daniel García (El Chino), Lyam Toledo, José Francisco Casanova, Ariel Sánchez, Enrique Hernández (El Kike) y Andy Paneke son algunos nombres actuales en el equipo.

No es raro toparse allí con algún artista internacional. Acuden a dar con sus obras apoyo a La Marca personajes como la mexicoamericana Débora Kuetzpal o el notable creador mexicano Dr. Lakra. Sobre el sillón de tatuar han estado algunos famosos como el exbajista de la mítica banda Los Ramones, CJ Ramone. 

Cuatro veces al año, en la sede, realizan muestras de diseño, fotografía o pintura, y durante las inauguraciones sortean tatuajes concebidos por reconocidos autores del país, y se baila con música “underground”. Entre quienes han expuestos en el lugar se incluyen el diseñador Nelson Ponce, el ilustrador Ramiro Sardoya y Edu Bayer, fotógrafo catalán residente en Nueva York, quién exhibió su retratos de ancianas birmanas que lucen en sus caras fascinantes dibujos que son, al mismo tiempo, huellas del patriarcado.

Tratamos de empoderarnos desde una zona alegal, donde los límites no están claros. No tiene sentido prohibir los estudios de tatuajes, porque en la cárcel, supuestamente el lugar más regulado, las personas se marcan. Y en un país donde la salud es gratuita, es ilógico que esté oficio no esté bien organizado y controlado”, sostiene Robertiko.

Desde el inicio de "La Marca", se previó la creación de un lugar que cumpla con todos los requerimientos para preservar la salud de los clientes. En un segundo piso, aislado de la recepción y con estrictas medidas de higiene, se guardan los instrumentos, materiales, tintas, y se tatúa. 

No sólo nos preocupa lo relacionado con lo estético, sino todo lo que tenga que ver con salud, la manipulación de los instrumentos y a dónde va la basura. Tenemos que ser responsables ciento por ciento con lo que generamos. El derecho de hacer lo que nos gusta, empieza por respetar el derecho del otro a no convertirse en víctima por alguna irresponsabilidad nuestra”, expresa el artista.

Este rigor es una de las garantías de recurrir a los servicios de La Marca, en un país donde no hay certificados de control de salud para quienes se dedican al “body-art”. 

“Defendemos la regulación, no la prohibición. Eso no lograría nada, aunque recojan las máquinas, las personas encontrarán la alternativa y seguirán tatuándose, cada vez expuestos a más riesgos: VIH, estafilococos, Hepatitis C, problemas serios. Nosotros estamos a primer nivel, ofrecemos seguridad y calidad, porque nos ayudan muchas personas de otros países, pero deberíamos estar certificados. Ahora que se realizan convenciones para socializar la actividad de tatuar en algunas provincias del país, incluso en La Habana, es peligroso, hay quienes manipulan mal, ni han aprendido la técnica, y no hay las condiciones de higiene”, sostiene Robertiko.

¿Cómo se han mantenido a flote si el "body-art" no tiene un respaldo legal en Cuba?

“Nunca hemos tenido ninguna persecución, creo que porque trabajamos con un nivel de transparencia que no es común en Cuba. En este país hay un oscurantismo en muchos emprendimientos o negocios particulares, se esconden los estados de cuentas, el acceso a las materias primas. Nosotros lo traemos todo de Estados Unidos o Canadá. Por suerte la mayoría de los que trabajan aquí pueden viajar, así que vamos a las convenciones de tatuajes, compramos material y lo importamos. Es un poco difícil, porque no podemos traer mucho por las regulaciones de la Aduana, entonces tenemos que dividirlo, en fin, hacemos magia. En este país no existe absolutamente nada de lo que necesitamos”.

La carencia de insumos provoca que un tatuaje en La Marca no sea precisamente barato, sobre todo, en un país donde la media salarial ronda la cifra de un dólar diario. El costo de grabarse una pieza puede superar los cien dólares, sin embargo los clientes extranjeros y no pocos cubanos tocan insistentemente a su puerta. 

Robertiko Ramos asegura que no les interesa crecer como negocio, sino “que la gente copie nuestro modelo”, y se replique la experiencia de La Marca, cuyo proyecto no dio la espalda a la comunidad de La Habana Vieja, ni a las distintas culturas alternativas de la ciudad. Vinculan el tatuaje con todas las manifestaciones artísticas que tengan al cuerpo como centro, una manera de enamorar a los neófitos, de limar recelos hacia quienes eligen tener la piel como lienzo. 

Entiende que es fundamental extender el activismo de La Marca a la comunidad. “Varias personas empezaron a comprar espacios en La Habana Vieja y establecer sus bares, tiendas de artesanías, todo tipo de negocios, pero en los vecinos no tienen ninguna incidencia. Aquí los niños tienen su casa, donde reciben talleres creativos sobre artes plásticas, ‘skating’, máscaras tradicionales”, explica. 

Él sostiene que esa es la herramienta perfecta para conseguir que el "body-art" en Cuba no sólo se considere como una representación de culturas antiguas, ni una moda pasajera, ni una alusión a la delincuencia, sino como lo que es, todo un arte. 

Pero aún falta camino para su total reconocimiento. Robertiko Ramos dice que aprovecharán el ambiente de consultas populares para reformar la constitución que se mantiene en Cuba actualmente para trabajar en “una propuesta para el Código de Trabajo: que nadie por tener tatuajes debe ser discriminado en un empleo. Hoy sucede en Cuba, sobre todo en los negocios particulares, y este no es un país de ‘barbies’ y ‘kents’, debe ser más inclusivo”.


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