Bárbara Cepeda da instrucciones durante la clase de bomba y plena. (Carla D. Martínez / Especial GFR Media) (semisquare-x3)
Bárbara Cepeda da instrucciones durante la clase de bomba y plena. (Carla D. Martínez / Especial GFR Media)

Kissimmee, Florida – Cada miércoles en la noche, Carol Gómez aborda su auto en compañía de sus dos hijas y conduce durante una hora y quince minutos desde Melborne hasta Kissimmee. Hora y media después, emprende su rutina de regreso, ella con una amplia sonrisa y Diana y María Oyola con rostros de cansancio y sus frentes brillantes de sudor.

No le molesta el viaje de casi 120 millas de ida y vuelta. Carol dijo que vale la pena cada minuto recorrido y esto es algo que sólo es posible comprender al entrar a la escuela elemental Boggy Creek en Kissimmee, cada miércoles y sábados, cuando ya no hay clases y el plantel aparenta estar vacío y silencioso. Poco a poco, cuando uno se desplaza por los laberínticos pasillos, empieza a sentir una vibración que literalmente sube por los pies, hasta que el sonido se impone y obliga a quien camina a marcar cada paso con la clave.

¡Tum-pá…tum-pá. Tum-tum, pá, tum-tum,pá!

Allí abrió hace dos meses una escuela de bomba y plena dirigida por Bárbara Liz Cepeda quien carga un apellido que es sello de este género musical puertorriqueño originado por los esclavos africanos que llegaron a la isla de diferentes lugares del mundo como África, Haití y Holanda.

La escuela lleva el nombre de Tata Cepeda, la madre de Bárbara, y quien a sus 56 años se despliega con suma agilidad por cualquier pista de baile a la que sube a agitar su falta al ritmo de los tambores.

Hacía 15 años que Tata le venía insistiendo a Bárbara -quien vive en Florida hace más de 20 años- que abriera una escuela donde enseñara bomba y plena para mantener viva esta tradición entre los puertorriqueños que se han mudado en este estado.

“No lo hice. Pero al ver la gente que iba llegando aquí luego del huracán, me decidí. Fue lo que me dio el empuje”, dijo la bailadora, quien es maestra de profesión y actualmente trabaja como bibliotecaria.

Un grupo de estudiantes mueve sus faldas durante la clase.

Anoche, los termómetros en la Florida central marcaban los 40 grados Fahrenheit a causa de una tormenta invernal que afecta el noreste de Estados Unidos y que provocó alertas y aperturas de refugios en este estado. Pero en el auditorio de esta escuela, la temperatura era otra anoche porque era imposible resistirse al repiqueteo de tambores, ritmo que se asemeja al cardíaco, y la intensidad de momento obligó a dejar a un lado los abrigos y a arrollarse las mangas.

Un grupo de mujeres, entre las que había niñas, jóvenes y adultas, se pusieron sus faldas largas y se alinearon en una fila. Al frente, se colocó Bárbara y a un lado, un grupo de hombres con tambores anclados entre sus piernas. Luego, comenzó la percusión, y las mujeres inician con el paso básico: se mueven de un lado a otro. Cada mano sujeta una esquina de la falda.

Aunque hay un elemento de improvisación, bailar y tocar bomba es cosa seria. Tiene un orden y una estructura, y aún al momento de la improvisación hay reglas que seguir. Primero se canta acompañado de tambores, maracas y cuas, los palitos que golpean la caja de resonancia del tambor; luego se baila.

En un momento dado, un bailador o bailadora domina la escena, saluda a quien esté tocando el tambor primo y comienza una comunicación entre ambos. Quien toca el tambor primo, tiene que estar observando al bailador o bailadora. Su rol es repiquetear en el instrumento los movimientos que ejecute el bailador, casi de forma simultánea.

Al final, este hace una reverencia o saludo, sale del escenario o se integra al resto de los bailarines quien se mantienen moviéndose al ritmo de la percusión. Otro bailador repetirá el ritual y bailará según le dicte el alma y según la canción: podría hacerlo más lentamente si se toca un yubá; podría develar movimientos más jocosos si es una bomba cuembé, y mucho más si el ritmo es más rápido como una bomba holandé, así, sin la “s”.

Hay diversas manifestaciones de la bomba. La que enseña Bárbara es la que nació en Mayagüez y que recibió influencias de los esclavos que llegaron a esa zona desde Haití cuando allí ocurría una revolución de los negros oprimidos bajo el régimen esclavista. De Mayagüez, llegó a Santurce donde la familia Cepeda se convirtió en uno de sus principales exponentes.

“A diferencia de la que se baila en Loíza, la de Mayagüez y Santurce es más estilizada. No tiene movimientos bruscos de hombros ni caderas y se baila con zapatos, no descalzo”, explicó.

Un grupo de niñas son parte de las clases.

Aida Rodríguez es una de las estudiantes. Al igual que Carol – la que cada semana conduce desde Melborne- Aida es una “hija de María”, como se les llama a los boricuas que se mudaron a Florida luego del huracán que devastó Puerto Rico en el 2017.

Su hija Louise Camila Cruz padece una enfermedad que afecta sus músculos y en Puerto Rico tomaba clases de bomba como terapia. Pero tras el huracán, todas las rutinas se quebraron en la isla, y como los servicios médicos para la niña escaseaban, optó por mudarse a Kissimmee. A través de las redes sociales, se enteró que una de las Cepeda había abierto una escuela de bomba y plena y no dudó en matricular a la pequeña.

“Pero en la primera clase no me pude resistir y también me matriculé”, explicó. Su esposo, Juan Luis Cruz, se enlistó en la clase de percusión y mientras Aida agitaba su larga falda al ritmo de los tambores, Juan Luis aprendía cómo golpear con precisión la membrana de cuerpo que recibe los golpes.

Tum-tum, pá! Tum-tum, pá…y Aida movía los bordes de su falda como si fuera a levantar vuelo, como una mariposa. Allí se olvidó de todo, del ajoro del trabajo, del puntilloso frío, de la enfermedad de su hija.

“Esto se ha convertido en la actividad de nuestra familia. Aquí en Orlando se trabaja tanto y tanto que hay que buscar un espacio para compartir con la familia. Además, llegar aquí fue reencontrarme con la gente de mi país. Yo estaba pensando regresarme a Puerto Rico, pero ahora lo estoy reevaluando pues, con estas clases, me he reconectado con la isla, con mi familia extendida que tanto extrañaba”, dijo la mujer.

La intención de esta escuela no es, necesariamente, producir bailadores ni artistas. La meta es pasar a nuevas generaciones el conocimiento sobre las raíces puertorriqueñas, aprender por qué los esclavos bailaban bomba en las haciendas esclavistas y por qué lo continuaron haciendo como hombres y mujeres libres en Mayagüez, en Santurce y en cualquier espacio donde se congregaban.

Bárbara, quien baila desde los cuatro años, sueña con tener en un futuro cercano su propio local para ofrecer estas clases en otros horarios e incluir talleres para bailar plena. Por ahora, las clases son los sábados y los miércoles. Para un adulto, el costo de las clases por un semestre es de $300 y $200 por los niños. El curso se puede pagar a plazos.

Melanie Maldonado, historiadora del Dr. Phillips Center.

“Quise bautizar la escuela con el nombre de mami como un tributo a ella en vida”, dijo Bárbara en alusión a su progenitora a quien muchos llaman “la mariposa de la bomba”, porque cuando agita su falta al ritmo del tambor primo ejecuta un movimiento similar al vuelo de este hermoso insecto.

Cada encuentro en esta escuela no se limita solo al baile. Hay un espacio para hablar de historia y cultura. Anoche le tocó el turno a Melanie Maldonado, del Puerto Rico Conference, y quien en pocos minutos hizo un recorrido histórico magistral sobre este género y las influencias que tuvo de negros no sólo de África, sino de esclavos que tuvieron influencia holandesa y francesa.

Esta no es la única escuela de bomba y plena fuera de la isla. Hay una en California y otra en Massachussets dirigida por unos primos de Bárbara, según contó. Esta es la primera en Florida, y hasta ahora, la mayoría de los estudiantes han sido puertorriqueños, con excepción de una joven venezolana que quedó hechizada por la magia de los tambores.

“Lo que quiero es que la diáspora pueda tener aquí un pequeño Puerto Rico y lograr que nuestros hijos no olviden nuestras tradiciones”, explicó Bárbara.


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