La casa de la familia puertorriqueña fue la más afectada entre todas las residencias del complejo en Panama City, Florida. (Suministrada) (semisquare-x3)
La casa de la familia puertorriqueña fue la más afectada entre todas las residencias del complejo en Panama City, Florida. (Suministrada)

Hace una semana, la puertorriqueña María Santos González tenía una casa donde vivir y dos trabajos a los que reportarse. Luego del paso del huracán Michael por Panama City, Florida, no le quedan ninguno de ellos. 

Pero el horror comenzó en plena carretera.

“Tenía un presentimiento de que el huracán venía fuerte, y decidimos irnos, pero nos movimos muy tarde”, relató a endi.com.

Cuando la joven de 28 años supo que Michael se dirigía a su casa cerca de la playa, entendió que su vida y la de su familia estaban en peligro.

Junto a su esposo y sus dos hijos menores de tres y dos años se montaron en el auto y viajaron rumbo al área de Kissimmee para alejarse de lo que prometía ser un desastre natural de grandes proporciones.

Pero se movieron muy tarde.

El huracán Michael los alcanzó en la madruga del miércoles, en plena carretera, con lluvias y vientos fuertes que dificultaban la visibilidad, a tres horas de viaje de su hogar.

Tratamos de seguir bajo la lluvia, estaba bien obscuro, pero teníamos que continuar porque estábamos con los niños. Tratamos de acelerar con precaución y no pensar para que los bebés estuvieran tranquilos, pero estábamos desesperados por llegar a un lugar seguro”, contó la joven madre.

Luego de pasar lo más intenso del huracán encerrados en el auto, lograron detenerse en un hotel, y finalmente, se percataron que no contaban con nada de comunicación.

Cuando se restableció, vino lo peor.

“Comencé a recibir llamadas. Un vecino con el que logré comunicarme me indicó que estaba todo bien con la casa, pero me quedé con la espina”, contó.

Santos González no quedó convencida con la información que le estaba ofreciendo su vecino, así que decidió colgar una publicación en una página en Facebook del área y finalmente le confirmaron lo que temía.

Lo siento, pero perdiste tu casa”, decía un mensaje que llegó acompañado de varias fotos en las que se veía el cuarto de los dos menores a la intemperie. Fue entonces cuando María se convenció de que tenía que enviar a sus hijos a Puerto Rico.

Dejarlos a salvo

Es la primera vez que me separo de mis hijos”, lamenta la joven. A los niños los envió el viernes pasado a casa de sus abuelos maternos, quienes al momento están haciendo todo lo posible por conseguirles ropa.

“Yo me preocupé por ellos primero. Necesitamos ropa, pero mi mamá está tratando de conseguirles juguetes porque ellos no entienden lo que está pasando”, mencionó.

Pese a que María es empleada del Panama City Airport y tiene acceso a viajes "stand-by", tuvo que pagar los pasajes de sus hijos de algunos ahorros que tenía porque en ninguno de los vuelos había espacio para montar a los niños. Por el contrario, su padre, sí pudo viajar a encontrarse con su hija y darle el apoyo que tanto necesitaba para viajar de vuelta a lo que era su hogar y enfrentar la realidad de que no tenían dónde vivir.

No quedó nada que rescatar

A pesar que ya iban con la idea de que su hogar quedó destruido, María y su esposo, Edgardo Padilla, no pudieron contener el llanto al ver cómo todo lo que habían conseguido con tanto sacrificio quedó deshecho en un instante.

Luego de estar día y medio tratando de llegar a su casa porque las carreteras estaban obstruidas o cerradas, finalmente vieron de primera mano “lo que queda de mi casa”.

La casa, ubicada en una esquina en un complejo de Panama City, no tenía techo, el agua y el lodo estaban por doquier: cocina, sala, cuartos, todos empapados de mugre. No quedó nada que no estuviese manchado o mojado.

Mi reacción fue llorar, con tanto esfuerzo y trabajo no pude salvar nada. El papá de mis hijos me dijo: ‘Como mismo obtuvimos todo, lo vamos a recuperar’. Pero cuando salí afuera detrás de él, estaba llorando”, recuerda.

El esfuerzo al que hacen referencia Edgardo y María es a los cinco años que llevaban viviendo en los Estados Unidos, y a través de los cuales han trabajado para conseguir lo que hasta hace unos días atrás tenían en su poder.

Edgardo trabaja como barbero, mientras María tiene dos empleos. Durante el día trabajaba en la escuela Parker Elementary School como mediadora entre los padres y los maestros, y en las noches en el Panama City Airport como agente de rampa.

Al momento, ninguno de los dos está recibiendo paga. 

La escuela donde trabaja María quedó afectada por el embate del huracán y no han podido estimar cuando estarán reabriendo, mientras que en el aeropuerto por lo pronto están empleando a personas de otros estados porque entienden que sus trabajadores del área necesitan necesitan tiempo para recuperarse. Es decir, ambos tienen empleo, pero no tienen trabajo. De todos modos, el aeropuerto queda a 45 minutos de la casa de María y no hay gasolina disponible para ella poder llegar diariamente hasta allá.

Donde me estoy quedando no hay luz ni agua. No hay gasolina ni repelente ni baterías ni abanicos, no hay nada aquí. Prendemos fogatas para que los mosquitos se vayan”, asegura.

La pareja se está quedando en “en un rinconcito de la casa de una amiga” que los refugió, pero allí también están viviendo otros damnificados del huracán y a pesar de tener un techo dónde asearse, están durmiendo en el único carro que sobrevivió al ciclón porque el otro, a pesar de estar bien por afuera, no prende porque se inundó.

Cuando ya no podía empeorar: “Tienen una semana para irse, vamos a demoler”.

Cuando la pareja se comunicó con la administración del complejo donde vivían, les indicaron que “tienen que irse, vamos a demoler” porque los daños a la propiedad son irreparables.

“Pensé que no ayudarían a mudarnos a otro lado, pero nos dijeron que no”, dijo.

La pareja espera tener una respuesta de una reclamación levantada ante la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, y reciben ayuda de personas de otros estados que están viajando a la Florida con comida, agua y hielo para alimentar a los damnificados.

“No sé qué voy hacer”, dice María, quien quiere quedarse en la Florida porque allí está su vida, pero está dolida, ya que después de cinco años, volvieron al día uno.

De lo que quedó en la propiedad no pudieron salvar nada, ni tan siquiera la comida que estaba en la alacena porque estaba todo mojado. Toda la ropa estaba llena de partículas del techo y humedad, aunque las gavetas de los juegos de cuarto estaban cerradas.

“Es fuerte, no tengo más fuerzas, pero nada es imposible. Por mis hijos lo hacemos todo”, asegura María, quien precisamente hoy cumple años lejos de sus hijos y sin nada que celebrar. 

Según las autoridades de Florida, el huracán Michael ocasionó al menos 16 muertes.


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